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La oración de Jesús y de la Iglesia Primitiva


«Yo te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra» (Mt 11,25). «Perseveraban asiduamente en las oraciones» (Hch 2,42).

Un estudio vivencial de la Liturgia de las Horas tiene su punto de partida en la oración misma de Jesús, que contemplaremos en este capítulo. Pero reconoce también su punto de origen en la oración comunitaria de la Iglesia primitiva, dirigida por aquellos discípulos a los que Cristo enseñó a orar.

1. La oración en la época de Jesús

«Jesús nació en un pueblo que sabía orar», decía el famoso escriturista protestante Joaquín Jeremías. Y es verdad. En un mundo pagano y politeísta, que no sólo despreciaba la oración como absurda e inútil, sino que además la había ahogado y profanado, reduciendo la religión a un conjunto de ritos sangrientos y obscenos, «Jesús nació en un pueblo que sabía orar», que había sido enseñado para ello por el mismo Dios. La oración es sin duda lo más puro y noble del Judaísmo, y sabemos que Jesús nació y fue educado en el seno de una familia judía piadosa, que guardaba con todo amor y fidelidad las normas religiosas dadas por Yavé (+Lc 2,21.22-24.27.41.51-52).

Disponemos de datos bastante seguros y numerosos para conocer las prácticas judías de la oración en tiempos de Jesús. La documentación más completa nos la ofrece la Mishná, código rabínico compilado hacia el año 200 de la era cristiana. En el tratado de las bendiciones, concretamente, se enseña que hay tres momentos de plegaria al día: el amanecer, el mediodía y la tarde (Berakhot IV). De estas tres horas, dos se producían al mismo tiempo que los sacrificios llamados perpetuos, que todos los días se ofrecían en el Templo (Núm 28,2-8). Mientras los sacerdotes, ante la asamblea asistente, oficiaban en Jerusalén el rito sagrado, todos los judíos piadosos se unían a él por la oración desde el lugar en que se hallasen. Así se asociaban la oración y el sacrificio litúrgico. Así la oración quedaba unida al sacrificio, participando de él y, al mismo tiempo, dándole espíritu y sentido. «Tres veces al día» (Dan 6,10), «por la tarde, en la mañana y al medio día» (Sal 54,18), se levantaban en Israel los corazones hacia el Señor, bendiciéndole e invocándole.

Aunque los textos aludidos no nos dicen nada del contenido de esas horas de oración, conocemos por tradiciones muy antiguas la costumbre piadosa judía de recitar dos veces al día el Shemá Yisrael (Escucha, Israel), al acostarse y al levantarse. Esta profesión de fe, en la que se bendice al Dios Único, era la oración más querida y frecuente entre los fieles judíos, y formaba parte tanto de la liturgia del Templo y de la sinagoga, como de la oración familiar y privada: «Escucha, Israel, Yavé nuestro Dios es el único Yavé. Amarás a Yavé tu Dios con todo tu corazón», etc. El Shemá, el credo israelita, consiste en la recitación del texto de Dt 6,4-9, al que se une, al menos desde el siglo II antes de Cristo, Dt 11,13-21 y Núm 15,37-41. Esta bellísima plegaria había de ser repetida a los hijos, «lo mismo en casa que de camino, cuando te acuestes y cuando te levantes» (Dt 6,7; 11,19). Y Cristo mismo la da como respuesta a aquel doctor que le preguntaba acerca del mandamiento principal (Mc 12,29-30).

Si el Shemá era sobre todo oración matutina y vespertina, la Thephillah era la oración del mediodía. Esta oración pertenecía al culto de la sinagoga, donde se recitaba primero en voz baja por todos, y era después semitonada por un salmista, mientras que la comunidad respondía con el Amén a cada una de sus dieciocho solemnísimas bendiciones. Entresacamos de esa grandiosa oración algunas frases: «1. Bendito seas, Yavé, Dios nuestro y Dios de nuestros padres... 2. Tú eres un héroe, que abates a los que está elevados... 3. Tú eres santo, y tu nombre es terrible, y no hay Dios fuera de ti. 4. Concédenos, Padre nuestro, una ciencia emanada de Ti... 5. Vuélvenos, Yavé, a ti y volveremos... 6. Perdónanos, Padre nuestro... 7. Mira nuestra aflicción... 8. Cúranos, Yavé, de la herida de nuestro corazón... 9. Bendice para nosotros, Yavé, Dios nuestro, este año... 10. Suena una gran trompeta para nuestra libertad... 11. Vuélvenos nuestros Jueces como al comienzo... 12. No haya más esperanza para los apóstatas... 13. Que tus misericordias se enciendan sobre los prosélitos de la justicia... 14. Haz con nosotros misericordia, Yavé, Dios nuestro... 15. Escucha, Yavé, Dios nuestro, la voz de nuestra oración... 16. Ten tus complacencias, Yavé, Dios nuestro, y habita en Sión... 17. Nosotros te alabamos, Yavé, nuestro Dios... 18. Establece tu paz sobre Israel, tu pueblo...»

La liturgia judía, con todas las fiestas del calendario hebreo, con las peregrinaciones al Templo o la celebración de la Cena pascual, contenía una amplia variedad de himnos, salmos y oraciones. Pues bien, este fue el mundo judío de oración en el que nació y vivió Jesús, y así hemos podido contemplar «la alabanza a Dios resonando en el corazón de Cristo con palabras humanas de adoración, propiciación e intercesión» (OGLH 3).


Por Julián López Martín
Gentileza de Encuentra.com
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