Por Juan de Bonilla - franciscano español del siglo XVI
Autor de un espléndido pequeño Tratado de la Paz del alma
La experiencia les mostrará cómo la paz, que difundirá en sus almas la caridad, el amor de Dios y del prójimo, es el camino más recto hacia la vida eterna.
Tengan solamente cuidado de no dejar nunca que sus corazones se inquieten, se entristezcan, se emocionen ni se impliquen con aquello que pudiera preocuparles. Más bien, trabajen siempre para mantenerlos tranquilos, porque el Señor dijo: “Bienaventurados los pacíficos”. Hagan eso y el Señor edificará en sus almas la ciudad de la paz, y hará de ustedes la Mansión de las delicias. Lo que Él quiere de parte de ustedes es que, cada vez que se preocupen, recobren la calma, la paz en ustedes mismos, en sus obras, en sus pensamientos y movimientos, sin excepción.
Lo mismo que una ciudad no se construye en un día, no crean poder alcanzar, en un día, esa paz, ese apaciguamiento interior, porque se trata de edificar una morada para Dios y convertirse, ustedes mismos, en un templo. Y es el Señor mismo quien debe construirlo: sin lo cual el trabajo de ustedes será inexistente.
Consideren, también, por otra parte, que este edificio tendrá por fundamento la humildad.
Tener el alma libre y desprendida
Que la voluntad de ustedes esté siempre lista para cualquier eventualidad, y los corazones no se encuentren sometidos a nada. Cuando deseen algo, que sea de manera que no sientan pena en caso de fracaso; mejor, conserven el espíritu tan tranquilo como si no hubiesen deseado nada. La verdadera libertad consiste en no atarse a nada. Es así, desprendida de todo, como Dios busca nuestras almas para operar allí sus grandiosas maravillas.
Extraído de "Busca la Paz y consérvala", Jacques Phillipe
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