Paz interior y fecundidad apostólica

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Esta búsqueda de la paz interior podría parecer a algunos muy egoísta: ¿cómo proponer éste como uno de los fines principales de nuestros esfuerzos, cuando hay tanto sufrimiento y miseria en el mundo?

A esto debemos en primer lugar responder que la paz interior a la cual nos referimos es la del Evangelio, que no tiene nada que ver con una especie de impasibilidad, de extinción de la sensibilidad, de fría indiferencia cerrada sobre sí misma – de la cual las estatuas de Buda, o ciertas actitudes de los yoguis parecen darnos una imagen. Por el contrario, como veremos a continuación, ella es el corolario necesario de un amor, de una sensibilidad real por los sufrimientos del prójimo, y de una auténtica compasión. Porque sólo esta paz del corazón nos libera de nosotros mismos, aumenta nuestra sensibilidad por el otro y nos vuelve disponibles para el prójimo.

Debemos agregar que sólo el hombre que goza de esta paz interior puede ayudar eficazmente a su hermano. ¿Cómo comunicar mi paz a los otros si yo no la tengo? ¿Cómo habrá paz en las familias, en las sociedades, entre las personas, si no hay primeramente paz en los corazones?

«Adquiere la paz interior, y una multitud encontrará su salvación junto a ti», decía San Serafín de Sarov. Para adquirir esta paz interior, el santo se esforzó por vivir, durante muchos años, en la conversión del corazón y la plegaria incesante. Dieciséis años monje, dieciséis años ermitaño más dieciséis años recluido en una celda, sólo comenzó a tener una proyección visible cuarenta y ocho años después de haber consagrado su vida al Señor. Pero entonces... ¡qué frutos! Miles de peregrinos venían a él y se alejaban reconfortados, libres de todas sus dudas e inquietudes, esclarecidos respecto de su vocación, sanados en sus cuerpos o en sus almas.

La frase de san Serafín no hace más que testimoniar su experiencia personal, idéntica a la de tantos otros santos. La adquisición y la conservación de la paz interior, imposible sin la oración, debería entonces ser considerada como una prioridad por toda persona, sobre todo por aquéllos que pretenden hacer algún bien a su prójimo. Sin esto, no harán, a menudo, más que comunicar al otro sus propias inquietudes y su propia agitación.


Por Jacques Philippe
Extraído de «Busca la paz y consérvala – Pequeño tratado sobre la paz del corazón»
www.iglesia.org
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