Los currículos

Hablar de la muerte siempre significa hablar de uno mismo, de esa pequeña muerte que todos llevamos encima, que nos acaricia el oído cada noche y se nos insinúa en un pequeño dolor inesperado, en un cansancio extraño o en un simple cómputo del tiempo que se va acelerando.
El caso es que hace unos días tuve una interesante conversación sobre el tema. Mi interlocutor era un hombre relativamente joven que iba a someterse a unas pruebas diagnósticas «para descartar» –siempre emplean este verbo– la presencia de un tumor maligno. Estaba aparentemente tranquilo, pero no podía dejar de pensar que tal vez el final estaba más próximo de lo previsto. Citó en inglés aquellas palabras de Hamlet: «¡morir, dormir, tal vez soñar! y se preguntaba lo mismo que el célebre personaje de Shakespeare: «¿qué sueños pueden sobrevenir en el sueño de la muerte?…»
Nuestra conversación no fue precisamente literaria, a pesar de que hablamos de Calderón y hasta de Jorge Manrique. Luego, con aire de resignación, concluyó:
—No sabe la cantidad de currículos que tuve que repartir hasta conseguir mi primer empleo. A cada empresa le contaba lo que querían oír. Todo bien compuesto con pequeñas mentiras. Ahora, si me toca cambiar de casa, ¿qué curriculum puedo presentar?
En el fondo, la cuestión es que no tenemos tanto miedo a la muerte como a lo que viene después. «Morir sólo es morir; morir se acaba»? escribió un poeta? Pasar esa puerta es sencillo y rápido; todos morimos «de repente». La incógnita está al otro lado. ¿Nos pedirán un curriculum intachable? ¿Cómo lo adornaremos?
Conocemos la respuesta: el Cielo es gratis; la limosna de la vida eterna no se da en razón de unos méritos pasados, sino por la cantidad de amor que llevemos en presente al cruzar ese último umbral de la vida. No hay en la Gloria un registro de antecedentes penales ni un archivo histórico de batallas ganadas gloriosamente. El pasado condiciona el presente, por supuesto: la historia de cada uno va modelando la personalidad, ensancha el corazón o lo envilece; nos capacita para el Cielo o nos aboca a una eternidad de soledad y desamor.
Pero el curriculum no basta. Un solo instante de amor de Dios, de ese Dios que perdona y olvida, puede quemar toda la basura del pasado y, con él, nuestro pobre curriculum lleno de mentiras.
No presumamos de lo que hicimos ayer. El verbo amar sólo se conjuga en presente de indicativo.
Por Enrique Monasterio
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