Luz del mundo
San Francisco Javier, en una carta a San Ignacio, advierte de la responsabilidad apostólica que tenemos los cristianos: «Muchos cristianos se dejan de hacer en estas partes por no haber muchas personas que se ocupen. Muchas veces me mueven pensamientos de ir a los estudios de esos lugares, dando voces, como hombre que ha perdido el juicio, y principalmente a la universidad (...) diciendo a los que tienen más letras que voluntad para sacar fruto de ellas: ¡cuántas almas dejan de ir a la gloria y van al infierno por la negligencia de ellos! Y así como van estudiando en letras, si estudiasen la cuenta que Dios les pedirá por ellas, y del talento que les ha dado, muchos de ellos se moverían poniendo medios y ejercicios espirituales para conocer y sentir dentro de sus almas la voluntad divina, adecuándose más con ella que con sus propios gustos, diciendo: aquí estoy Señor, ¿qué debo hacer?»
Esto vale para la vocación sacerdotal, para la vocación religiosa y para la llamada misionera; pero también para los cristianos corrientes. Cristo nos llama porque quiere necesitarnos para continuar su misión en el mundo y nos ha confiado a cada uno un sitio concreto para hacerse presente ahí. Ser un cristiano normal no es un dato estadístico: no significa que soy un cristiano corriente porque Dios no tiene nada especial que encargarme, sino que estoy en medio del mundo porque Dios me ha llamado a realizar la misión de Cristo en el mundo, siendo este mi modo de ser cristiano. Ser un cristiano corriente es la forma de ser cristiano de aquel que ha de ser santo en las circunstancias corrientes. Si en algún sitio te parece que no tiene sentido dar testimonio cristiano, que Cristo no pinta nada ahí, que está fuera de lugar, es que tú, como cristiano, tampoco tienes nada que hacer ahí...
Las palabras de Jesús tienen hoy la misma fuerza y novedad que hace dos mil años: «Vosotros sois la sal de la tierra (...) vosotros sois la luz del mundo (...) Que vuestra luz brille ante los hombres para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos» (Mt 5, 13-16).
Es impresionante pensar que podemos ser necesarios a Dios para ayudarle a que todos los hombres se salven, sean felices eternamente. El Papa Juan Pablo II lo recordaba así a los jóvenes: «(Cristo) Hoy os llama para ser sal y luz del mundo, para escoger el bien, vivir en la justicia, para convertiros en instrumentos de amor y paz. Su llamada siempre ha exigido una elección entre lo bueno y lo malo, entre la luz y las tinieblas, entre la vida y la muerte (...) ¿Qué llamada seguirán los centinelas de la mañana? Creer en Jesús es aceptar lo que él dice, aunque esté en contra de lo que otros digan. Significa rechazar las solicitudes del pecado, por más atractivas que parezcan, siguiendo la exigente senda de las virtudes del Evangelio. Jóvenes que me escucháis: ¡contestad al Señor con corazones fuertes y generosos! Él cuenta con vosotros. Nunca lo olvidéis: ¡Cristo os necesita para llevar a cabo su plan de salvación! Cristo tiene necesidad de vuestra juventud y de vuestro generoso entusiasmo para hacer resonar su proclamación de alegría en el nuevo milenio. ¡Responded a su llamada poniendo vuestras vidas al servicio de vuestros hermanos y hermanas! Confiad en Cristo, porque él confía en vosotros» (Jornada Mundial de la Juventud, Toronto, julio de 2002).
La conversión del mundo pasa necesariamente por la unidad con Cristo, por nuestra santidad, por nuestra conversión. Es San Marcos el que relata: «y eligió a doce para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar» (Mc 3, 14); y el mismo evangelista narra al final de su Evangelio: «ellos partieron y predicaron por todas partes mientras el Señor obraba junto a ellos y confirmaba la palabra con los prodigios que la acompañaban» (Mc 16, 20): estar con Él y ser enviado son dos dimensiones de la vida cristiana, del apostolado, que se dan siempre simultáneamente. « Los cristianos -decía Juan Pablo II en otro momento de esa misma Jornada- no pueden dejar de sentir en sus corazones el orgullo y la responsabilidad de su llamada a ser testigos de la luz del Evangelio. Precisamente por este motivo, os digo esta tarde: ¡que la luz de Cristo brille en vuestras vidas! ¡No esperéis a tener más años para adentraros en el camino de la santidad! La santidad siempre es juvenil, de la misma manera que la juventud de Dios es eterna. Comunicad a todas las personas la belleza del encuentro con Dios que da sentido a vuestra vida».
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