La fe se prueba con obras
Si uno cree en la democracia, cree que un gobierno constitucional de ciudadanos
libres es el mejor y, al mismo tiempo, no votara, ni pagara sus impuestos, ni
respetara las leyes de su país, sería puesto en evidencia por
sus propias acciones, que le condenarían por mentiroso e hipócrita.
También resulta evidente que cualquiera que
manifieste creer las verdades reveladas por Dios sería absolutamente
insincero si no pusiera empeño en observar las leyes de Dios. Es muy
fácil decir “Creo”; pero nuestras obras deben ser la prueba
irrefutable de la fortaleza de nuestra fe. “No todo el que dice: ¡Señor,
Señor!, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la
voluntad de mi Padre, que está en los cielos” (Mt 7,21). No
puede decirse más claramente: Si creemos en Dios tenemos que hacer lo
que Dios nos pide.
Dios no ha establecido sus mandamientos no como
el que pone obstáculos en una carrera. Muy al contrario, la ley de Dios
es expresión de su amor y sabiduría infinitos. Si tenemos sentido
común, confiaremos en que Dios conoce mejor qué es lo más
apropiado para nuestra felicidad personal y de la humanidad. La ley de Dios
es la expresión de la divina sabiduría dirigida al hombre para
que éste alcance su fin y su perfección.
Los hombres estamos hechos para amar a Dios, aquí
y en la eternidad. Este es el fin de nuestro existir, en esto encontramos
nuestra felicidad. Y Jesús nos da las instrucciones para conseguir esa
felicidad con sencillez absoluta “Si me amáis, guardad mis mandamientos”
(Io 14,15).
La ley de Dios que rige la conducta humana se llama
ley moral del latín <<mores>> que significa <<modo
de actuar>>. Actúa dentro del marco del libre albedrío.
No debemos desobedecer la ley moral, pero podemos hacerlo. Por
ello decimos que la ley moral obliga moralmente, pero no físicamente.
Si no fueramos físicamente libres, no podríamos merecer. Si no
tuviéramos libertad, no podría ser un acto de amor nuestra obediencia.
Al considerar la ley divina, los moralistas distinguen
entre ley natural y ley positiva. La reverencia de los hijos a
los padres, la fidelidad matrimonial, el respeto a la persona y propiedad ajena,
pertenecen a la misma naturaleza del hombre. Esta conducta, que la conciencia
del hombre (su juicio guiado por la justa razón) aplaude, se llama ley
natural. Una violación de esta ley es mala intrínsicamente,
es decir, mala por su misma naturaleza.
La ley divina positiva, que agrupa todas aquellas
acciones que son buenas porque Dios las ha mandado, y malas porque Él
las ha prohibido. Ha sido impuesta por Dios para perfeccionar al hombre según
sus designios. Un ejemplo sencillo de la ley divina positiva es la obligación
que tenemos de recibir la Sagrada Eucaristía por el mandado explícito
de Cristo.
Tanto si consideramos una u otra ley, nuestra felicidad
depende de la obediencia a Dios. Amar significa no tener en cuenta el costo.
Amor y sacrificio son términos casi sinónimos. Por esta razón,
obedecer a la ley de Dios no es un sacrificio para el que le ama. Jesús,
entonces, resumió toda la ley de Dios en dos grandes mandamientos.
“Y le preguntó uno de ellos, doctor,
tentándole: Maestro, ¿cuál es el mandamiento más
grande de la ley? El le dijo: Amarás al Señor, tu Dios, con todo
tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el más
grande y el primer mandamiento. El segundo, semejante a este , es: Amarás
al prójimo como a ti mismo. De estos dos preceptos penden toda la Ley
y los Profetas” (Mt. 22, 35-40).
En realidad, el segundo mandamiento se contiene
en el primero, porque si amamos a Dios con todo nuestro corazón y con
toda nuestra alma, amaremos a los demás, y querremos para ellos lo que
Dios quiere. Es decir, desearemos para nuestro prójimo lo que para nosotros
deseamos. Esto significa también, que tendremos que odiar cualquier cosa
que aparte al prójimo de Dios.
Los primeros tres mandamientos declaran nuestros
deberes con Dios; los otros siete indican los principales deberes con nuestro
prójimo.
Es importante subrayar lo positivo
Es una pena que para mucha gente, llevar una vida cristiana no signifique más
que <<guardarse del pecado>>. Quizá esta visión negativa
de la religión, a la que se contempla como una serie de prohibiciones,
explique la falta de alegría en muchas almas bien intencionadas. Guardarse
del pecado es el comienzo básico, pero el amor a Dios y al prójimo
van mucho más lejos.