La visita
a los monumentos
Después de la misa del Jueves Santo el Santísimo se reserva en
lugares especiales para la Comunión del Viernes Santo, día en
que se conmemora la Pasión y muerte del Señor. Dichos lugares,
que son distintos a los habituales, se llaman monumentos. El Viernes y el Sábado
Santo son los únicos días del año que no se celebra la
Santa Misa.
La tradicional visita a los siete monumentos se realiza en la tarde y noche
del Jueves Santo y durante el día del Viernes Santo, antes de la celebración
de la Pasión. Es una manera de acompañar a Jesús la noche
en que fue juguete de los hombres.
Además, el acto piadoso, tiene como objetivos dar gracias a Jesús
por la institución de la Eucaristía y desagraviar, con homenajes,
los ultrajes que El recibió.
Proponemos una reflexión para cada ocasión.
Para cada estación
o monumento:
Por la señal de la Santa
Cruz, de nuestros enemigos líbranos Señor, Dios nuestro. En el
nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén
Jaculatoria inicial.
¡Alabado y ensalzado sea en este Monumento, el Santísimo y
Divino Sacramento!
Oración preparatoria
Oh Dios!, que
en este tan admirable Sacramento nos dejaste un memorial de tu Pasión:
dános, Señor, la gracia de venerar los sagrados misterios de tu
Cuerpo y Sangre tan devotamente, que merezcamos experimentar en nosotros perpetuamente
el fruto de tu Redención. Por el mismo Jesucristo, Nuestro Señor.
Así sea.
Después
de cada visita se reza un Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria.
Primera Visita
Huerto
Jesús se dirige confiadamente
al Padre. Muestra en su oración el deseo de hacer su voluntad y lo mucho
que le cuesta aceptarla. Padre mío, si no es posible que ésto
pase sin que yo lo beba, hágase tu voluntad (Mt.). Se enfrenta a la muerte,
al desprecio, a la traición, al dolor físico. Pero, sobre todo,
se encuentra solo ante todos los pecados del mundo: engaños, delitos,
impurezas, robos, abandono, olvido, blasfemias, imprudencias, vicios, traiciones,
falsedades, desatinos, complicidades... Esto es lo que realmente le pesa y lo
abruma.
Se podría
pensar que Jesús sufre y expía la pena de los pecados pero permaneciendo
intacto, alejado de esa escoria; por el contrario, la relación entre
el Señor y el pecado es cercana y real. Los pecados, en cierto modo,
estaban sobre El, los llevaba sobre sus espaldas: subió al madero, llevando
él mismo nuestros pecados en su cuerpo (1 Pe. 2, 24) ¡Qué
carga de miseria de nuestra miseria- hechó sobre sí!
Es posible que
en medio de aquella tristeza pudiera contemplar los frutos de su sacrificio:
la fidelidad de tantos discípulos a través de los tiempos, las
conversaciones, los que recomenzarían después de una caída,
los actos heroicos de tantos hombres y mujeres, la entrega incondicional de
muchos que vendrían después... Y, sobre todo, la alegría
de su Padre al ser llamado así, Padre, por tantos que llegarían
a ser hijos en el Hijo, hermanos suyos. Quizá todos estos frutos de su
dolor ayudaron a su Santa Humanidad a repetir una y otra vez: hágase
tu voluntad.
Segunda Visita
Judas
Jesús estaba aún
hablando con sus discípulos cuando se presentó este grupo armado,
con el traidor a la cabeza.
Nos parece imposible
que un hombre que ha mirado tantas veces a Cristo, que lo ha conocido tan de
cerca, pueda ser capaz de entregarlo. Porque Judas estuvo presente en muchos
milagros y había experimentado la bondad del corazón de Jesús,
y se sintió atraído por su palabra, y, sobre todo, recibió
un trato de predilección por parte de Jesús: ¡había
llegado a ser uno de sus doce más íntimos! Quizá él
mismo realizó algún milagro en aquellas horas de lealtad al Maestro.
Ser entregado
por uno de los suyos fue especialmente doloroso para Jesús. Aquel beso
fue el primer golpe, durísimo, con el que se iniciaba su Pasión.
Jesús sintió enseguida como una quemadura en el rostro.
En algunos lugares
de México existen Cristos de talla, cubiertos de heridas, que llevan
en la mejilla una llaga especialmente honda, llena de sangre, a la que llaman
el beso de Judas. Es el beso traidor del amigo, las negaciones de quienes debíamos
estar más cerca... Entonces le preguntarán: ¿qué
heridas son esas...? Y responderá: Son las que recibí en la casa
de mis amigos (Zac. 13, 6)
Tercera visita
Abandono
Jesús se queda solo. El Señor fue flagelado, y nadie le
ayudó; fue afeado con salivas y nadie le amparó; fue coronado
de espinas y nadie le protegió; fue crucificado y nadie le desclavó;
clama diciendo: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me
has abandonado? y nadie le socorre (San Agustín, Comentario al
Salmo 21, 2-8). Se encuentra solo ante los pecados y bajezas de todos los hombres
de todos los tiempos.
Sólo
Pedro lo sigue de lejos. Y de lejos, como comprendería enseguida, no
se puede seguir a Jesús, pues de una forma u otra se acaba negándolo.
O se lo sigue de cerca o se lo abandona. Es la experiencia de todos los días.
Lo dejaron
y huyeron. Soledad de Jesús. También ahora en nuestros días,
en nuestras ciudades.
No lo dejemos
abandonado en nuestros sagrarios. ¡Qué solo estás a veces,
Señor! ¡Qué pocos te visitan y te agradecen que te hayas
quedado en nuestras iglesias! ¡Qué prisas tenemos a veces para
tantas cosas de tan poco valor! ¡Qué prisas para nada!
Jesús
está allí, en el sagrario cercano. Quizá a pocos kilómetros,
o a pocos metros de distancia. ¿Cómo no vamos a ir a verlo, a
amarlo? Allí el Maestro nos espera desde hace veinte siglos.
Cuarta visita
Tribunales religiosos
Anás
pudo darse cuenta enseguida de que estaba ante un hombre sereno y sin miedo.
No sería nada fácil condenarlo en un juicio improvisado. El anciano
lo interrogó brevemente acerca de su doctrina y de sus discípulos.
¿Qué enseñaba? ¿Qué pretendía?
Yo he hablado
abiertamente al mundo... ¿Por qué me preguntas? Interroga a los
que me oyeron..., contestó Jesús.
Entonces, un
celoso servidor le dio una bofetada, mientras le advertía: ¿Así
respondes al pontífice? No era el pontífice pero, como lo había
sido, lo llamaban aún así. Era la primera vez que la mano de un
hombre golpeaba el rostro de Jesús. Los presentes no lo vieron, pero
el Cielo entero se conmovió. El Señor recibió con paz esa
violencia física inesperada. Era realmente algo bajo e indigno pegar
a un hombre maniatado.
En la sábana
santa ha quedado el testimonio de un golpe grande en el pómulo derecho,
como el producido por una estaca o un puñetazo muy fuerte; la mejilla
se halla tan inflamada que el ojo casi desaparece bajo la hinchazón.
¿Por
qué me pegas?
No olvidemos que nuestras faltas y pecados fueron como los instrumentos de
la Pasión (CIC N° 548): las espinas, los clavos, la mano que lo hiere...
¿Cuántas espinas, cuántos clavos han sido los nuestros...
?
Quinta visita
Mofas y burlas
Entonces los mismos miembros del Sanedrín, como escribe San Mateo,
o al menos alguno de ellos, como insinúa San Marcos, se dedicaron a maltratar
al Señor: comenzaron a escupirlo en la cara y a darle bofetadas. Cae
la saliva sobre aquel rostro que, como escribirá San Pedro, deseaban
mirar los mismos ángeles (cf. 1 Pe. 1, 12). Lo había anunciado
Isaías: Ofrecí mi cuerpo a los que me herían... y
no aparté mi cara de los que me escupían y me insultaban
(Is. 50, 6).
Hemos leído
y meditado en muchas ocasiones esta escena, pero realmente siempre es difícil
imaginarla: lo escupían en la cara, le daban patadas, bofetones, empujones...
La degradación de aquellos hombres, los guías del pueblo, era
muy grande en esos momentos. El ejemplo de los maestros lo siguieron con facilidad
los servidores del Templo, a quienes encomendaron su custodia durante lo que
restaba de la noche. Para burlarse de su fama de profeta, le vendaron los ojos
y lo golpeaban, mientras le preguntaban: Adivina, Cristo, ¿quién
te ha pegado? San Lucas añade que proferían contra él otras
muchas injurias.
Hacemos el
propósito de no quejarnos y de ofrecer las pequeñas humillaciones
de la convivencia ordinaria. También ahí, en esos detalles que
parecen de poca importancia, imitamos al Señor.
Comenzaron
a escupirlo... Señor, ¿cómo es posible? ¡A Ti!
Sexta visita
Pedro
El Señor
convirtió a Pedro -que lo había negado tres veces- sin dirigirle
ni siquiera un reproche: con una mirada de Amor.
Con esos mismo
ojos nos mira Jesús, después de nuestras caídas. Ojalá
podamos decirle, como Pedro: ¡Señor, Tú lo sabes todo;
Tú sabes que te amo!, y cambiemos de vida.
¡Cómo
recordaría entonces la parábola del buen pastor, del hijo pródigo,
de la oveja perdida! Pedro salió fuera. Para evitar posibles recaídas,
se separó de aquella situación en la que imprudentemente se había
metido. Comprendió que aquel no era su sitio. Se acordó de su
Maesti y lloró lleno de dolor.
El Señor
no tendrá inconveniente en edificar su Iglesia sobre un hombre que lo
negó en un momento de flaqueza, porque El cuenta también con los
instrumentos débiles para realizar sus empresas grandes: la salvación
de los hombres.
Este suceso
es narrado por los cuatro evangelistas, cosa que ocurre pocas veces. No quisieron
omitir este pasaje en el que la roca de la Iglesia se presentaba con tantas
grietas. Desde un punto de vista exclusivamente humano, hubieran tenido muchas
razones para excluirlo, pero su ejemplo de contrición y de humildad fue
mucho más provechoso para los primeros cristianos y para todos.
Séptima visita
Flagelación
Pilato mandó
flagelar a Jesús con el fin de mover a compasión a las turbas
en un último intento de librarlo de la muerte.
Era tan brutal
este castigo que estaba prohibido por ley aplicarlo a los ciudadanos romanos.
Los judíos no daban más de cuarenta golpes, pero Jesús
fue azotado por romanos o mercenarios y éstos no tenían límite.
A veces la flagelación
causaba la muerte del desgraciado.
En la sábana
santa se puede apreciar que las huellas de la flagelación de Jesús
se hallan ditribuidas por todo el cuerpo y no solamente por la espalda.
Si alguna vez estamos tristes o padecemos una gran contrariedad, miremos a
Jesús en estas escenas de la Pasión, lleno de dolores, todas
sus carnes hechas pedazos por lo mucho que os ama: tanto padecer, perseguido
de unos, escupido de otros, negado de sus amigos, desamparado de ellos, sin
nadie que vuelva por El, helado de frío, puesto en tanta soledad, que
el uno con el otro os podéis consolar (Santa Teresa de Jesús,
Camino de perfección, 26, 5). No es mala compañía.
Jaculatoria final
Bendita y alabada sea la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo
y los dolores y la soledad de la Santísima Virgen. Así sea.
Jaculatorias
y oración preparatoria del Misal diario para América