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¿Por qué mortificarse?


¿Miedo a la mortificación?


Es cierto que existe el miedo a la mortificación y si buscamos la raíz de ese miedo acabaremos por encontrarla en una especie de desconfianza en Dios. Es como si pensáramos que nadie como nosotros para saber lo que nos conviene y dónde vamos a encontrar la felicidad. Es una cuestión de la que no somos conscientes del todo hasta que la consideramos en la oración, que es donde se aclaran las ideas, y acabamos de darnos cuenta de que efectivamente existe algo así dentro de nosotros.

Hay unas palabras del Señor que, aunque no se pueden aplicar al pie de la letra a cuanto venimos diciendo, pueden darnos luz suficiente para entenderlo mejor. Después de haber hablado Jesús de las dificultades que tienen para salvarse los que han puesto su corazón en las riquezas, San Pedro toma la palabra y le dice: nosotros hemos dejado todas las cosas y te hemos seguido, ¿cuál será nuestra recompensa? Y Cristo le responde: cualquiera que haya dejado casa o hermano o hermana o padre o madre o esposa o hijos o heredades, por causa de mi nombre, recibirá cien veces más y poseerá la vida eterna (Mt 19, 29-30).

¿Cuántos son los que entienden esto? Y si cosas de tanta importancia no somos capaces de convertirlas en realidad, ¿qué nos ocurrirá en lo pequeño, en la mortificación, que al fin y al cabo no es más que una manera de renunciar por amor de Dios a algo concreto?

Tenemos miedo a la mortificación, porque nos parece que es un camino de renuncia en el que no se encuentra recompensa. Y es porque apenas conocemos al Señor y no hemos probado hasta qué punto compensa ser generosos con Él. Solamente se puede dar un consejo: probad y veréis que la mortificación no defrauda; la senda por la que nos lleva es más corta y hacedera de lo que imaginamos y además, en ella, nos encontraremos pronto con Jesús. Confiad y perseverad.

La mortificación de los sentidos


La mortificación es necesaria y su necesidad se manifiesta en la fragilidad de la naturaleza humana, de la que posiblemente tengamos sobrada experiencia. Sin ella difícilmente estaremos cerca de Dios y difícilmente podremos vencer las dificultades que se oponen a su amor. Pero no debemos detenernos ahora en consideraciones teóricas, sino que hemos de descender al terreno de la realidad de la vida. Dar el paso que va desde el pensamiento a la voluntad, a la acción.

La mayor dificultad para vivir la vida de la gracia --esa participación de la naturaleza divina, que nos hace hijos de Dios--, en una buena parte de los casos está en los sentidos; por eso vamos a empezar por ahí. Los pecados de sensualidad que tanto daño hacen al alma comienzan, casi siempre, por los sentidos o por la imaginación. Dios ha puesto para guardar la santa pureza dos mandamientos --esto ya nos da una cierta idea de su importancia--, uno que mira al cuerpo y otro que mira al espíritu. En el sexto --No cometerás actos impuros-- se nos pide la pureza del cuerpo; y en el noveno, la del espíritu, en la mente y en el corazón, en la voluntad --No consentirás pensamientos ni deseos impuros--.

Algunos piensan que todo lo que se refiere al sexo es rechazado de plano por la doctrina de Jesucristo, pero andan lejos de la verdad, pues esto es absolutamente falso, porque Dios es el autor de la naturaleza humana y, por tanto, de la sexualidad, y ha instituido un sacramento, el Matrimonio, en el que el ejercicio de la sexualidad según la naturaleza se bendice y santifica.

Pero nótese bien que se dice en el matrimonio, porque fuera de él Dios lo reprueba como un mal. De modo que, delante de Dios, pretender quitarle importancia a la impureza diciendo que se trata de cosas naturales, de nada vale. Hay muchas cosas naturales que si no se usan adecuadamente se convierten en un mal por el desorden que suponen y por los daños que acarrean. Piénsese en la muerte o en la enfermedad, que no pueden ser más naturales y sin embargo la ciencia y los hombres nos empeñamos en combatirlas. Lo mismo puede decirse de la energía nuclear y de tantos adelantos de la técnica moderna que pueden utilizarse para el bien o para el mal. La distinción no es cuestión académica sino algo profundamente real que tiene su fundamento en la palabra de Dios y nos indica dónde está el bien y dónde el mal, con tanta claridad que basta acudir a los Mandamientos del Decálogo para disipar las dudas que pudieran surgir.

El ejercicio de la mortificación no lleva consigo la condenación de la carne que el Hijo de Dios se dignó asumir; al contrario, la mortificación mira por la «liberación del hombre» que con frecuencia se encuentra, por causa de la concupiscencia, casi encadenado, por la parte sensitiva de su ser (Pablo VI, Const. Apost. Poenitemini). Por eso conviene entender bien que la mortificación no tiene como campo exclusivo el terreno de la pureza. Donde quiera que el enemigo pretenda esclavizarnos hemos de presentarle la batalla.


Así, por ejemplo, convendrá mortificar la imaginación para que, por lo menos, no nos haga perder el tiempo. La pereza pretende hacernos abandonar el cumplimiento del deber: una buena mortificación es vencerla. Otro tanto se puede decir de la comida y de la bebida en las que con frecuencia nos dejamos llevar exclusivamente del gusto, sin darnos cuenta que con esa actitud nos olvidamos de Dios que ha de ser el objeto de nuestras preferencias. La Iglesia lo ha entendido siempre así, por eso en su tercer Mandamiento no se limita a aconsejar sino que ordena ayunar y abstenerse de comer carne determinados días del año. Su Santidad Juan Pablo II subraya además que, aunque mitigada desde hace algún tiempo «la disciplina penitencial de la Iglesia» no puede abandonarse sin grave daño (Exhort. Apost. sobre Reconciliación y penitencia, n.º 26. Publicada en esta misma Colección en los núms. 394-395) .

Hemos de acostumbrarnos a dominar los sentidos con la mortificación, no sólo para ser personas cabales sino también para amar más a Dios con el que deseamos compartir nuestra vida y con el que esperamos vivir en el Cielo.


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Texto de Francisco Luca de Tena
Gentileza de Encuentra.com
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