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¿Por qué mortificarse?


Lo que falta a la Pasión de Cristo


San Pablo en su Epístola a los Colosenses ha escrito unas palabras que no dejarán de sorprender a más de uno: sufro en mi carne lo que falta a la Pasión de Cristo (Col 1, 24). ¿Es que la obra de la Redención no es completa y perfecta? ¿Es que Cristo no ha pagado sobreabundantemente por todos nosotros con su Encarnación, con su vida de trabajo y con su muerte en la Cruz ? ¿Es que no es suficiente tanta solicitud y tanto amor por parte de Dios?

Amó Dios tanto al mundo que no paró hasta dar a su Hijo Unigénito a fin de que todos los que creen en El no perezcan, sino que vivan la vida eterna (Io 3. 6). La muerte de Jesús es nuestra salvación, un tesoro infinito de gracias que nos están esperando; pero convendrá recordar con San Agustín que Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti; es decir, que en la obra de la Redención, el Señor cuenta con la correspondencia personal. Para salvarse hace falta la gracia de Dios y la cooperación del hombre. Por parte de Dios todo está admirablemente dispuesto para vencer al pecado y alcanzar la vida eterna: todo está cumplido (Io 19, 30), y sin embargo por par te del hombre todavía falta algo: nuestra cooperación personal y libre, nuestra mortificación; eso es lo que falta a la Pasión de Cristo.

No nos engañemos con razones más o menos convincentes; el Señor en el Calvario nos muestra la senda de la salvación y de la vida. No existe otro camino; si queremos acompañarle habrá que aprender a renunciar con alegría a determinados bienes sensibles, porque la mortificación cristiana no es la simple moderación en el uso de los bienes temporales que nos hace contemplar el mundo y sus riquezas con frialdad e indiferencia, sino una verdadera participación sobrenatural en la Pasión y en la Muerte de Cristo.

Participar en la Pasión de Cristo


El amor a Jesucristo no es una cuestión de sentimientos. Quiere decirse con esto que para participar en su Pasión no basta tener un corazón sensible que se conmueva al meditar los sufrimientos que padeció por nosotros. Si Dios nos ha concedido la gracia de emocionarnos al considerar tanta generosidad por su parte, debemos agradecerlo, pero no deberíamos caer en el error de considerar que con esa compasión o con esas lágrimas ya hemos hecho bastante y estamos participando verdaderamente en su cruz. «Amor con amor se paga ». Pero la certeza del cariño la da el sacrificio. De modo que ¡ánimo niégate y toma su cruz. Entonces estarás seguro de devolverle amor por Amor (J. Escrivá de Balaguer, Vía Crucis, Madrid, Rialp 1981, V Estación, punto l).

La mortificación, la negación de nosotros mismos, pero especialmente el afán de gozar, de no perder ninguna de las oportunidades de disfrutar que la vida nos ofrece, será el medio más directo y eficaz, la forma más segura de acompañar al Señor, de consolarle y de ayudarle a Llevar el peso del madero y a soportar los dolores de la crucifixión.

Si de verdad queremos participar de la Pasión de Cristo, que se dio a sí mismo en rescate por todos (1 Tim 2,6), hemos de estar dispuestos a aceptar la mortificación y a sobrellevar con perseverancia esas pequeñas o grandes cosas que nos hacen sufrir, con el pensamiento puesto en Jesús que padeció por nosotros, dándonos ejemplo pava que sigamos sus pisadas (1 Pet 2, 21).

Para actuar de este modo es preciso mirar las cosas con fe. Solamente la fe nos hace ver que en medio del dolor cabe la alegría. Ha habido santos que sufrieron mucho en esta vida, pero siempre se les veía alegres. La fe nos hace comprender que todo lo que nos ocurre tiene sentido a los ojos de Dios y que nada, absolutamente nada, sucede sin que El lo permita o lo quiera. Por eso, la enfermedad, el dolor en cualquiera de las formas en que pueda presentarse, la contradicción, la muerte misma, para un cristiano, no son más que una muestra del amor que Dios nos tiene y que, de esta manera, nos deja participar de su dulce Cruz y nos bendice con ella, pues como dice Santa Teresa: más se gana en un día con las aflicciones que vienen de Dios o de los hombres, que en diez años de mortificación de elección propia.

Las contrariedades de la jornada


No faltan almas enamoradas de Dios que están dispuestas a darlo todo por Él. Pero a la mayoría de las personas no les pide el Señor la entrega de su vida de una vez y en un instante, sino en la mortificación constante y generosa en los detalles de cada día.

Tal vez pueda parecer algo sin importancia, pero ahí queda por si puede servir de ejemplo. En una reunión se comentaba la actitud de una persona respecto a otra: una de esas actuaciones que hacen subir la sangre a la cabeza, que la vista se nuble, y que las palabras se agolpen en los labios --supongo que muchos lo entenderán--. Pues bien, el interesado escuchó lo que tenían que decirle y cuando todos esperaban su reacción en un estallido de cólera, se limitó a sonreír y a cambiar el tema de la conversación.

No es fácil llevar con una sonrisa en los labios y sin perder la compostura eso que se ha dado en llamar las contrariedades de la jornada; sucesos en apariencia insignificantes, pero capaces de alterar la pacífica convivencia con los demás: con la familia o con los compañeros de trabajo. Son tantas, a veces, las ocasiones que se nos presentan de perder el buen humor y con él la presencia de Dios, que sería una verdadera pena desperdiciar la oportunidad de ofrecérselas al Señor (cfr. Camino, N.º 173).

La mortificación no consistirá de ordinario en grandes renuncias, que tampoco son frecuentes. Estará compuesta de pequeños vencimientos: sonreír a quien nos importuna, negar al cuerpo caprichos de bienes superfluos, acostumbramos a escuchar a los demás, hacer rendir el tiempo que Dios pone a nuestra disposición... Y tantos detalles más, insignificantes en apariencia, que surgen sin que Ios busquemos --contrariedades, dificultades, sinsabores--, a lo largo de cada día (J. Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa, Madrid, Rialp 1973, n.º 37).

En la vida ordinaria


Llevemos a nuestra vida ordinaria el espíritu de mortificación que nos invita a ser generosos con Dios, ofreciéndole esas cosas que la mayoría de las personas pasan por alto sin darse cuenta de que en realidad son un tesoro de mortificaciones inesperadas con el que podemos enriquecernos. ¡Cuántos que se dejarían enclavaren una cruz, ante la mirada atónita de millares de espectadores, no saben sufrir cristianamente los alfilerazos de cada día! --Piensa, entonces, qué es Io más heroico (Camino, n.º 204). Las impertinencias, un fracaso profesional, la tarde de paseo que se va al traste, la comida fría o mal condimentada, el cambio de horario debido al desorden o a la arbitrariedad de quién sabe quién, nuestro equipo que está a punto de descender de la división de honor, el niño que ha sacado malas notas, la niña mayor que no da más que quebraderos de cabeza, el botón que se desprende en el momento más inoportuno, las gafas que no aparecen, el autobús que no Llega y nosotros que llegaremos tarde por su culpa, los propios errores o los de los demás, y tantos y tantos imponderables que nos brindan la ocasión de tener algo que ofrecer con paciencia y alegría, al no desperdiciar esas pequeñas cosas que se ponen delante de nosotros dispuestas a amargarnos el día.

Es cuestión de empezar y de seguir, que aunque se trate de cosas pequeñas, su valor estará en hacerlas con amor. Hacedlo todo por Amor. --Así no hay cosas pequeñas: todo es grande.-- La perseverancia en las cosas pequeñas, por Amor, es heroísmo (Ibídem, N.º 813). Mucho amor de Dios supone la aceptación incondicional de esas dificultades en las que de alguna manera se manifiesta la divina Voluntad. Recordemos que la prueba de ese amor está en la alegría, en esa alegría que cuando falta hace que se pierda parte del mérito que tienen las buenas obras. Es el mismo Jesús quien nos lo dice: Cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu cara, para que los hombres no conozcan que ayunas, sino únicamente tu Padre que está presente a todo (Mt 6, 9).

Los sufrimientos de la vida no hay que sobrellevarlos de mala manera, sino como algo que nos viene del Señor, que puede servirnos para desagraviarle por nuestros pecados y, además, con el convencimiento de que si se hace así estamos realmente participando de su Pasión . Quizá no nos habíamos percatado de que podemos unir a su sacrificio reparador nuestras pequeñas renuncias: por nuestros pecados, por los pecados de los hombres en todas las épocas, por esa labor malvada de Lucifer que continúa oponiendo a Dios su non serviam! ¿Cómo nos atreveremos a clamar sin hipocresía: Señor, me duelen las ofensas que hieren tu Corazón amabilísimo, si no nos decidimos a privarnos de una nimiedad o a ofrecer un sacrificio minúsculo en alabanza de su Amor? (J. Escrivá de Balaguer, Amigos de Dios, Madrid, Rialp 1977, N.º 140).


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Texto de Francisco Luca de Tena
Gentileza de Encuentra.com
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