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¿Por qué mortificarse?


La mortificación voluntaria


Mucho podemos ganar con las contrariedades que la vida lleva consigo, pero esto no dejará de ser una bonita teoría, que no tendrá efecto en la realidad si no nos ejercitamos en la mortificación voluntaria.

La llamamos así porque no se trata de aceptar las dificultades que salen al paso, sino más bien de salirles al encuentro, buscando la ocasión de ofrecerle algo al Señor. Con esta práctica, además, nos disponemos de buen grado a aceptar cuanto nos viene de su parte a lo largo de la jornada.

Si de verdad tenemos interés en la práctica de estas mortificaciones, bastará abrir los ojos y mirar. Es suficiente recorrer el día y fijarse en algunos detalles entresacando los que nos puedan resultar de mayor interés (cfr. Camino, cap. Mortificación).

Levantarnos a la hora fijada, ser puntuales en el cumplimiento de nuestros deberes, cuidar los pequeños detalles en cualquier actividad que desempeñemos, hacer con intensidad el trabajo --con horas de sesenta minutos y minutos de sesenta segundos--, practicar la caridad y la delicadeza en la vida de familia y en el trato con los demás, vencer la pereza que nos invita a dejar las cosas para después o para mañana, hacer con amor las prácticas de piedad que forman parte de nuestra vida espiritual y no omitirlas sin verdadera causa, cuidar la ropa, tener siempre ordenada la habitación y el armario, dejar las cosas en su sitio, hacer una pequeña mortificación en las comidas, y mil y mil detalles más que cada uno sabrá descubrir de acuerdo con su interés y con su amor a Dios.

De entre estas cosas u otras parecidas, que sin duda podremos encontrar, se seleccionan unas cuantas y se toma buena nota de ellas para practicarlas diariamente. Si no lo hacemos así, a diario, será lo normal que pronto caigan en el olvido. Nos pasaría lo mismo que a los que han de seguir un régimen de comidas; toda la eficacia depende de la constancia que hace que se acumulen los esfuerzos cotidianos hasta que se consigue el resultado apetecido.

En nuestro caso será crear el hábito de pequeñas renuncias que purifican el alma y nos acercan a Jesús, porque estas pequeñas molestias sufridas y abrazadas con amor, son agradabilísimas a la divina Bondad, que por sólo un vaso de agua ha prometido a sus fieles el mar inagotable de una bienaventuranza cumplida (San Francisco de Sales, Introducción a Ia vida devota, III, 35).

La imitación de Nuestro Señor Jesucristo


La meta de la vida cristiana consiste en parecernos cada vez más a Jesucristo. San Juan Bautista expresa con claridad el programa que debemos desarrollar cuando dice: conviene que El crezca y que yo mengüe (Io 3, 30). No se trata de destruir la propia personalidad, que eso no lo quiere Dios, sino de desarraigar con la mortificación aquellas cosas que no nos permiten alcanzar el desarrollo que como hombres y como cristianos nos corresponde.

La mayor dificultad para alcanzar esta meta, contra lo que se podría pensar, no está en la pereza o en la comodidad o en la sensualidad, sino en la soberbia. El demonio se empeña en convencernos que ésta consiste exclusivamente en algo externo, en las actitudes frente a los demás, en el mal genio o en el mal talante con que se les trata, y hará lo posible y lo imposible para que no nos demos cuenta de que el mal está dentro de nosotros, en el fondo del corazón.

Se habla de las soberbias de quienes fría e intelectualmente niegan la existencia de Dios, pero son pocos los que actúan de ese modo tan cerebral y sin sentido y sin razón. La soberbia a la que nos referimos no es de ese tipo y por eso resulta más difícil de reconocer. Consiste en que poco a poco Dios queda desplazado de nuestra vida. El propio yo se adueña de todo lo que queda a su alcance: pensamos, trabajamos, nos divertimos y amamos como si Dios no existiera y así Llega un momento en el que no cuenta para nada o para casi nada en nuestra vida. De este modo queda marginado y el hombre se erige en dueño y señor de todos sus actos: la soberbia en este caso es perfecta. Yo soy Dios, y me quiero y me amo y me adoro por encima de todas las cosas. ¿No es eso la soberbia?

Esta actitud generalmente procede de un exceso de confianza en los propios criterios que suelen tomarse como norma de conducta que Llevan al soberbio a creer que siempre tiene razón y difícilmente admitirá la posibilidad o la realidad de los errores y pecados personales porque encontrará una razón que le justifique y le permita seguir actuando de la misma manera. Casi sin darse cuenta juzga de lo divino y de lo humano. Todo lo pone en tela de juicio, y ya pueden hablar el Papa o los Obispos, que sus enseñanzas pasarán por el tamiz del criterio del soberbio. Con el pretexto de no poder aceptar lo que no entiende hará de ellas su propia interpretación, olvidando que para ser fieles a Jesucristo no hace falta tanto talento --el talento en estas cuestiones lo pone Dios con la asistencia del Espíritu Santo a la Iglesia--, sino un poco más de humildad en la inteligencia para aceptar como niños lo que nos viene de Dios a través del Magisterio Eclesiástico: en verdad os digo que si no os volvéis y os hacéis semejantes a los niños no entraréis en el reino de Ios cielos (Mt 18, 3).

Debemos examinar la conciencia para descubrir si la seguridad que mostramos en criterios de fe y de moral proceden más de los propios juicios que de las enseñanzas de Cristo y de la Iglesia, porque en semejante caso habrá que combatir esa soberbia como el peor de los males.

No desaproveches Ia ocasión de rendir tu propio juicio. --Cuesta..., pero ¡qué agradable es a los ojos de Dios! (Camino, n.º 177). Hemos de aprender a mortificar la inteligencia; no se trata de negarla, sino de mortificarla. La vida ordinaria nos presenta la ocasión de hacerlo en los distintos campos de la actividad humana. El primero de todos aceptando de buen grado cuanto nos viene de Dios a través de la Iglesia; ahí no caben opiniones sino la humilde aceptación de la doctrina. En el terreno profesional, en el familiar, en los estudios, y donde quiera que tengamos que relacionarnos con alguien que desempeñe el cargo de superior --y siempre que no se trate de algo que suponga ofensa a Dios--, podemos y debemos aceptar lo que nos venga de él sin chistar, sin murmurar y sin dejarnos Llevar del espíritu crítico que tan afilado suele mostrarse en estas situaciones. Se trata de una buena mortificación de la inteligencia y de un bonito esfuerzo de la voluntad por parecernos también en estas cosas a Jesucristo, que se hizo obediente hasta la muerte y muerte de Cruz (Phil 2, 8) y así por lo menos en eso habremos empezado a imitarle que es la única manera de llegar a parecerse a Él.


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Texto de Francisco Luca de Tena
Gentileza de Encuentra.com
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