Homilía del Papa a los universitarios de Roma
Durante las Vísperas de preparación a la Navidad (17-12-10)
«Tened paciencia, hermanos, hasta que llegue el Señor» (Santiago 5,7).
Con estas palabras el apóstol Santiago nos ha introducido en el camino de preparación inmediata a la Santa Navidad, que en esta Liturgia vespertina, tengo la alegría de empezar con vosotros, queridos estudiantes e ilustres docentes de las universidades de Roma. Dirijo a todos mi saludo cordial, en particular al consistente grupo de aquellos que se preparan a recibir la Confirmación, y expreso mi vivo aprecio por el empeño que ponéis en la animación cristiana de la cultura de nuestra ciudad (…).
La invitación del apóstol nos indica el camino que lleva a Belén liberando nuestro corazón de todo fermento de impaciencia y de falsa espera, que puede anidarse siempre en nosotros, si olvidamos que Dios ya ha venido, está ya actuando en nuestra historia personal y comunitaria y pide ser acogido. El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob se ha revelado, ha mostrado su rostro y ha tomado morada en nuestra carne, en Jesús, hijo de María - verdadero Dios y verdadero hombre - a quien encontraremos en la Gruta de Belén. Volver allí, a ese lugar humilde y estrecho, no es un simple itinerario ideal: es el camino que estamos llamados a recorrer experimentando en el hoy la cercanía de Dios y su acción que renueva y sostiene nuestra existencia. La paciencia y la constancia cristiana - de la que habla Santiago - no son sinónimo de apatía o de resignación, sino que son virtudes de quien sabe que puede y debe construir no sobre arena, sino sobre roca; virtud de quien sabe respetar los tiempos y las formas de la condición humana y, por ello, evita ofuscar las expectativas más profundas del alma con esperanzas utópicas o fugaces, que luego decepcionan.
«Mirad cómo el sembrador espera el fruto precioso de la tierra» (Santiago 5,7). Queridos amigos, a nosotros, inmersos en una sociedad cada vez más dinámica, puede sonar sorprendente esta invitación que hace referencia al mundo rural, al ritmo de los tiempos de la naturaleza. Pero la comparación elegida por el Apóstol nos llama a dirigir la mirada al verdadero y único «agricultor», el Dios de Jesucristo, a su misterio más profundo que se ha revelado en la Encarnación del Hijo. De hecho, el Creador de todas las cosas no es un déspota que ordena e interviene con poder en la historia, sino más bien es como el agricultor que siembra, hace crecer y dar fruto. También el hombre puede ser, con Él, un buen agricultor, que ama la historia y la construye en profundidad, reconociendo y contribuyendo a hacer crecer las semillas del bien que el Señor ha dado. Vayamos por tanto también nosotros hacia Belén con la mirada dirigida al Dios paciente y fiel que sabe esperar, que sabe pararse, que sabe respetar los tiempos de nuestra existencia. Ese Niño que encontraremos es la manifestación plena del misterio del amor de Dios que ama dando la vida, que ama de modo desinteresado, que nos enseña a amar y sólo pide ser amado.
«Reanimad vuestros corazones». El camino hacia la Gruta de Belén es un itinerario de liberación interior, una experiencia de libertad profunda, pues nos lleva a salir de nosotros mismos y a encaminarnos hacia Dios, que se acercó a nosotros, que reanima nuestros corazones con su presencia y con su amor gratuito, que nos precede y nos acompaña en nuestras opciones diarias, que nos habla en lo secreto del corazón y en las Sagradas Escrituras. Él quiere infundir valentía a nuestra vida, especialmente en los momentos en los que nos sentimos cansados y agobiados y en los que tenemos necesidad de volver a encontrar la serenidad en el camino y de sentirnos con alegría peregrinos hacia la eternidad.
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