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No endurecer el corazón


Hay unas palabras del Salmista que siempre remueven el alma cuando se escuchan con atención: «Ojalá escuchéis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón» (Sal 94, 8).

Cuando Dios pide a una persona que renuncie a lo que sea para estar totalmente disponible a su servicio, le invita a descubrir un panorama nuevo de Amor, con mayúscula. Para entregarse del todo hay que saber amar, hay que tener corazón, porque la respuesta a la llamada es algo tan hermoso y tan sencillo como enamorarse y establecer por eso una alianza, un compromiso que exige la fidelidad del amor. La llamada de Dios es un don inefable, y para escucharla se necesita sensibilidad para las cosas de Dios, una purificación del corazón, como hemos visto en la segunda parte del capítulo anterior, en un epígrafe titulado: «No veo». Es una necesidad tan imprescindible que debemos insistir en ella una vez más.

La llamada es una voz sin palabras, pero que se entiende; es un sentimiento que no siempre va acompañado de emoción, pero que está ahí, en el fondo del alma. Es como el rumor de un manantial que no cesa y nos empuja a tomar la decisión de seguir el sonido hasta encontrar el agua clara y fresca que sacie nuestra sed. Hacen falta unas disposiciones interiores de generosidad y seguimiento. Es imposible seguir la voluntad de Dios de un modo condicional, es decir, sólo con la condición de que no me pida esto o lo otro.

Para esto es necesario mantener el corazón joven y no resistirse al impulso generoso del amor. Hubo una vez un anciano que subió a la cima del Himalaya. Le entrevistaron para saber cómo había sido capaz, y respondió: «mi corazón llegó primero y al resto de mi persona le ha sido fácil seguirle».

El gran obstáculo a la fe no es la razón, es la dureza de corazón, la sordera y la ceguera voluntarias que nacen de una actitud defensiva y calculadora, egoísta. El materialismo pragmático, tan extendido, narcotiza el corazón, haciéndolo insensible para las aventuras divinas: ¡cuánto daño ha hecho a los corazones jóvenes la imagen, que ha estado de moda, del antihéroe cínico e inmune a cualquier tentación de grandeza generosa! Y es que la sensibilidad para las cosas de Dios se anula con más facilidad por medio del egoísmo y de la lógica consumista del bienestar, que por medio de la violencia: «El hombre no espiritual no percibe las cosas del Espíritu de Dios» (1 Co 2, 14).


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Por Juan Manuel Roca
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