La santidad es obra del Espíritu
La ilusión generalizada es la de creer que la santificación es obra del hombre: se trata de trazar un programa de perfección bien claro, y de ponerse, manos a la obra, con valor y paciencia, para llevarlo a cabo de forma progresiva. Y eso es todo.
Desgraciadamente (o por suerte) eso no es todo… Es indudable que son necesarios el valor y la paciencia. Pero, ciertamente, la santidad no consiste en el cumplimiento de un programa de vida que nos hemos fijado de antemano
1. La tarea es superior a nuestras fuerzas
Es imposible acceder a la santidad por nuestras propias fuerzas. Toda la Escritura nos enseña que solamente puede ser fruto de la gracia de Dios. Jesús nos dice: separados de mí, nada pueden hacer (Jn 15,5). Y San Pablo expresa: El deseo de hacer el bien está a mi alcance, pero no el realizarlo (Rom 7,18). Los mismos santos lo atestiguan. Veamos cómo se expresa Grignon de Monfort, hablando de esta santificación que es el plan que Dios tiene preparado para nosotros:
«¡Oh cambio maravilloso! ¡El polvo se trueca en oro, la tiniebla en luz, el pecado en santidad, la criatura en su Creador y el hombre en Dios! ¡Obra admirable! Pero difícil. Más aún, imposible al hombre abandonado a sí mismo. Nadie sino Dios con su gracia, y gracia abundante y extraordinaria, puede realizarla: la creación del universo no es obra tan grande como ésta» (1)
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NOTAS
(1) El secreto de María, 2004. Buenos Aires, San Pablo, p. 17
Por Jacques Philippe
Extraído de «En la escuela del Espíritu Santo»
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