La oración
La oración con Cristo Orante
Se mantenían constantes
en la enseñanza de los apóstoles y en la comunión,
en la fracción del pan y en las oraciones (Hch 2, 42)
“Orad constantemente. En todo dad gracias, pues esto es lo
que Dios, en Cristo Jesús, quiere de vosotros” (1 Ts 5,
17s). En este célebre precepto del Apóstol aparecen
profundamente relacionadas la oración con el agradecimiento;
las oraciones con la Eucaristía.
Desde los comienzos de la Iglesia los crisitanos sintieron la
necesidad de orar continuamente, siguiendo el ejemplo y el mandato
del Señor, de que es “preciso orar siempre sin
desfallecer” (Lc 18, 1; cf Rm 1, 10; 12, 12). En orden a esa
continuidad de la oración –contemplación- hay que
dedicar determinados tiempos a la oración. Esto son las
oraciones.
Oraciones (antigüedad)
Desde los comienzos de la Iglesia los cristianos sintieron la
necesidad de orar continuamente, siguiendo el ejemplo y el mandato
del Señor, de que es "preciso orar siempre sin
desfallecer" (Lc 18, 1). En orden a esa continuidad de la
oración –contemplación– hay que tener
algunos momentos dedicados exclusivamente al trato filial con Dios
Padre. Esto son las oraciones.
Se ha tratado siempre de oraciones vocales; es
decir, de oraciones con texto fijo. Por consiguiente, no hay que
confundirlas con la meditación, es decir aquella oración
llamada mental, ya expuesta en la primera parte de este libro, y que
procede en forma de diálogo con palabras propias y
espontáneas.
No tenemos mayores indicaciones acerca de cómo practicasen
las oraciones en la primitiva Iglesia de Jerusalén. Rezarían
seguramente el Padrenuestro, oración del Señor, y casi
con toda seguridad los Salmos del Antiguo Testamento (ver Catecismo
de la Iglesia Católica, n. 1096). Se trataba de cristianos
israelitas y, por tanto, es lógico que continuaran con toda
normalidad las formas de oración que habían cultivado
desde la infancia. Pero fuera de esto no tenemos más detalles
concretos.
Pronto fue cristalizando la costumbre de rezar por la mañana
al salir el sol, lo mismo que por la tarde al ocultarse. Es algo casi
espontáneo. Lo conocemos actualmente por las llamadas
"oraciones de la mañana" y las "oraciones de la
noche". El movimiento del sol ritma la existencia del hombre,
sobre todo en la antigüedad, en la que la ausencia de luz
eléctrica hacía depender la propia forma de vida de los
tiempos de luz.
Estas oraciones fueron llamadas "Laudes
matutinas" y "Vísperas" (en latín,
Laudes matutinae y Vesperae respectivamente). Los Salmos han sido
siempre el contenido fundamental de estas oraciones. Donde toda la
familia era cristiana, su recitación constituía una
reunión familiar.
Las Laudes eran rezadas a primera hora del día,
generalmente antes de hacer cualquier otra cosa; su contenido versaba
sobre la tarea que los cristianos se disponían a emprender.
Las Vísperas tenían lugar a la caída del sol, en
el momento de encender las lámparas de la casa; esto daba la
idea de la luz de Cristo que no conoce el ocaso.
La luz ha sido siempre un símbolo de Cristo, porque lo dijo
El mismo: "Yo soy la luz del mundo" (Jn 8, 12). Por eso no
es extraño que el curso del sol estuviese asociado a la acción
salvífica del Señor en el tiempo. (Sobre el significado
cristiano del sol en la antigüedad, ver Juan Pablo II, carta ap.
Dies Domini, n. 27). La luz de Cristo –su vida de
Resucitado, como la simboliza también el cirio pascual–
alumbra la vida del cristiano, invitándolo a profundizar la
conciencia de que Dios es su Padre y él su hijo en todas las
circunstancias de su existir. Es necesario entonces activar la fe:
"Mientras tenéis la luz, creed en la luz, para que seáis
hijos de luz" (Jn 12, 36).
Sobre esta base se desarrolló la oración oficial de
la Iglesia, llamada Liturgia de las Horas. (Cf Catecismo de la
Iglesia Católica, nn. 1174-1178). Laudes y Vísperas
fueron el quicio (cardo en latín, gozne) de esta oración
canónica (oficial) de la Iglesia. Con el tiempo se agregaron
otras Horas (el Oficio de Lecturas, la Hora media y las Completas).
En el curso de todas estas Horas se rezan los 150 Salmos del Salterio
davídico.
Los Salmos son oraciones de tipos muy variados. Sus tres grandes
géneros son los himnos, las súplicas y las acciones de
gracias. Existen también los llamados salmos reales, entre los
cuales destaca el Salmo 2.
Para comprender el contenido de los salmos es
necesario tener presente que no se expresan de modo abstracto, sino
que su lenguaje es concreto; es decir, hace referencia a lugares y
escenas bien precisas.
Por ejemplo, el Salmo 150 con el que se concluye
el entero Libro de los Salmos, al mencionar "su santuario"
–de Dios– (v. 1) se está refiriendo concretamente
al Templo de Jerusalén. Este era además "su
poderoso firmamento" (ibidem) en el sentido que allí
permanecería Yahvé de manera firme, para siempre (cf 1
R 9, 3). La sucesiva referencia a los músicos alude a los
instrumentos utilizados en el Templo de Jerusalén: el cuerno,
el arpa, la cítara, los tambores, las cuerdas, las flautas y
címbalos (vv. 3-5).
Incluso cuando se trata del Salmo 2, el cual
parece la descripción simbólica de una epopeya
grandiosa, en su intención originaria se está
refiriendo a una ceremonia de entronización.
Por eso es que al recitar los Salmos en la Iglesia hay que
traducirlos, por así decirlo, a su significado cristiano. Para
ilustrar este principio desde los ejemplos mencionados, el
"santuario" de Dios, su Templo, no es ya un edificio
material, sino la Iglesia, formada con las piedras vivientes que son
los fieles (cf 1 Pd 2, 5). Por consiguiente, la invitación a
alabar a Dios es dirigida a la entera Iglesia de Cristo. Después,
por lo que se refiere al Salmo 2, la mencionada entronización
hay que referirla a la crucifixión del Señor (ver Hch
4, 25-28); la Cruz del Señor es trono de su reinado (ver Is
49, 7).
Durante el medioevo estas oraciones quedaron reservadas de hecho a
los clérigos y a los monjes. Y es que se las siguió
rezando en latín cuando esta lengua ya no era la que se
hablaba comúnmente. Esto provocó un alejamiento de las
Horas canónicas respecto de la piedad popular. Después
del tiempo largo en que las Laudes y las Vísperas no formaron
parte de la religiosidad popular, últimamente –después
de la reforma litúrgica posconciliar– han sido puestas
en condiciones de ser recitadas por los laicos. Existe la forma
variable para cada día; también hay fórmulas
fijas para ser recitadas de manera invariable todos los días.
Oraciones (actualidad)
En la Edad Media surge el Rosario como forma de oración en
que cristalizó la devoción de los fieles sencillos,
desprovistos como estaban de aquellas oraciones oficiales de la
mañana y de la noche. (Cf Catecismo de la Iglesia Católica,
n. 2678). Originariamente se lo llamó Salterio (Psalterium en
latín) y estaba compuesto por la recitación de 150
Avemarías, conforme al número de 150 Salmos que se
rezaban en las Horas canónicas. Con sus tres partes, que
corresponden a los diversos misterios: gozosos, dolorosos y gloriosos
(cada parte está compuesta por cinco misterios), el Rosario
venía a cumplir la misma función de las oraciones
matutinas y vesperales, recitadas como eran al comienzo y al final
del día.
Si hoy no es posible rezar las tres partes con sus 150 Avemarías,
puede ser rezado de manera abreviada: la parte del día (5
misterios, 50 Avemarías) es rezada íntegramente; y en
las otras dos partes se sustituye por una breve oración el
rezo del Padrenuestro, de las Avemarías y del Gloria.
Los misterios gozosos se rezan los lunes y los jueves; los misterios
dolorosos, los martes y los viernes; los misterios gloriosos, los
miércoles, los sábados y los domingos.
Para vivir el espíritu de esta oración,
ligada como está a los diferentes momentos del día, es
oportuno reservar para la mañana una de estas partes que no se
rezan íntegramente, y la otra para la tarde.
En el curso de cada misterio se rezan un Padrenuestro, 10
Avemarías y un Gloria al final. El rezo del Padrenuestro
responde a la intención fundamental de esta oración,
que es la de profundizar la conciencia de la filiación divina,
para ser un contemplativo durante toda la jornada. Las Avemarías
están en continuidad con lo anterior, ya que llevan a la
consideración del misterio del Hijo de Dios en el corazón
de su Madre. El Gloria final se corresponde con el que cierra el rezo
de cada Salmo en la Liturgia de las Horas. La recitación
dialogada del Padrenuestro, de las Avemarías y el Gloria
evocan de algún modo la recitación alternada de los
Salmos en las Horas.
El Rosario está dotado de una honda significación
teológica y espiritual. Es el entero misterio de Cristo, luz
del mundo, lo que se contempla en él a través de sus
momentos más significativos. Pablo VI llamó al Rosario
"breviario de todo el Evangelio" (exh. ap. Marialis cultus,
n. 42). Excepto la asunción y la coronación de Santa
María, todo los demás misterios están relatados
en los Evangelios.
Vale la pena destacar que esa contemplación
es la de Cristo como prueba del amor del Padre. En efecto, la
contemplación, antes que sobre el amor del hombre a Dios,
versa sobre el amor de Dios al hombre. Enseñaba San Juan en
este sentido que "en esto se manifestó entre nosotros el
amor de Dios; en que Dios envió al mundo a su Hijo único
para que vivamos por medio de él" (1 Jn 4, 9). Por eso
decía San Pablo que "la prueba de que Dios nos ama es que
Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por
nosotros" (Rm 5, 8). Por consiguiente, "el que no perdonó
ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros,
¿cómo no nos dará con él graciosamente
todas las cosas?" (Rm 8, 32).
La "luz de Cristo" que es su vida
–aquella por la cual vivimos nosotros–, es manifestación
y prueba del amor del Padre hacia nosotros. Toda la existencia humana
del Señor nos revela el amor del Padre. Como enseña el
Catecismo de la Iglesia Católica (n. 516), "Nuestro
Señor, al haberse hecho hombre para cumplir la voluntad del
Padre (cf Hb 10, 5-7), nos manifestó el amor que nos tiene (cf
1 Jn 4, 9) con los menores rasgos de sus misterios".
En conclusión, al meditar los misterios
de Cristo en el Santo Rosario lo hacemos desde esa perspectiva
particular de contemplarlos como prueba del amor que el Padre nos
tiene.
Todo esto tiene lugar dentro de una actitud profundamente mariana:
es mirar a Jesús en el Corazón de María. En los
gozos de la Madre, en sus dolores y en su gloria percibimos los
misterios del Hijo de Dios. En cierto sentido, el Rosario se
reconecta con las finalidades de la primera de las prácticas
esenciales, la meditación orante del Evangelio; y es bueno que
sea así, ya que se cuenta con un elemento más que
refuerza lo aprendido en la oración mental.
El Rosario es además experiencia de infancia espiritual,
conciencia de ser necesitados, pobres, desprovistos de grandes
cualidades. En el Rosario hay que hacerse chicos; es decir, darnos
cuenta de nuestra profunda necesidad de ser enseñados por
María. Se trata entonces de creer como creen los niños,
esperar y amar como ellos, abandonarnos confiadamente como se
abandonan los chicos.
Los misterios contemplados son los de la encarnación y vida
oculta (gozosos) y los del misterio pascual (dolorosos y gloriosos).
Se subrayan los sentimientos prevalentes (gozo, dolor, exaltación)
que acompañan la consideración de estos misterios,
conforme a la sensibilidad medieval en la que tuvo origen el Rosario.
Es muy oportuna esta indicación. Si bien
hay que rechazar ese sentimentalismo que no está fundado en la
verdad de los hechos; en cambio, es del todo pertinente esa
repercusión emotiva que brota del captar el significado
profundo de los hechos contemplados. Una piedad fría y
cerebral –si existe– es señal de inconsciencia o
de poco compromiso personal. Por otra parte, la alegría, el
sufrimiento y el júbilo pascual son afectos esenciales. Los
relativos textos bíblicos y litúrgicos no dejan de
ponerlos de relieve. Ciertamente, el Rosario constituye una auténtica
escuela del corazón.
Oraciones (sentido)
"Orad constantemente. En todo dad gracias, pues esto es lo
que Dios, en Cristo Jesús, quiere de vosotros" (1 Ts 5,
17s). En este célebre precepto del Apóstol aparecen
profundamente relacionadas la oración con el agradecimiento;
las oraciones con la Eucaristía.
Es muy significativo ese inciso "en Cristo
Jesús" del texto paulino. Quien tiene en sí la
vida de Cristo resucitado, no puede dejar de rezar como El.
Identificado con el amor de Cristo al Padre al comulgar con su
Cuerpo, el cristiano también establece una relación de
trato filial con Dios Padre.
En el amor de Cristo hay un orden; en primer lugar está su
Padre Dios. Lo que más desea el amante es estar siempre con
quien ama. Surge así el deseo de convivir constantemente con
nuestro Padre Dios, estando en su presencia y transformando todo el
propio quehacer en agradecimiento y alabanza a El, en desagravio y
petición. (Cf Catecismo de la Iglesia Católica, n.
2745).
"Es necesario acordarse de Dios más a menudo que de
respirar" (San Gregorio Nacianceno; Cf Catecismo de la Iglesia
Católica, nn. 2599-2615). No se trata de rezar solamente,
dejando las actividades habituales: "Ora continuamente el que
une la oración a las obras y las obras a la oración.
Solo así podemos encontrar realizable el principio de la
oración continua" (Orígenes, De oratione).
Para contemplar adecuadamente el amor del Padre hay que tener en
cuenta, en primer lugar, que el hombre es la "única
criatura de la tierra a la que Dios ha amado por sí misma".
(Concilio Vaticano II). Esto significa que Dios no ama al hombre como
medio o instrumento de nada, ya que, siendo todopoderoso, su amor es
absolutamente desinteresado. Por eso, Dios ama al hombre como fin de
su afecto y de su ternura.
Sucede al mismo tiempo que Dios es perfectamente consciente de que
el hombre "no puede encontrar su propia plenitud si no es en la
entrega sincera de sí mismo a los demás" (Concilio
Vaticano II). Es importante captar –y no sucede frecuentemente
en la cultura más divulgada– que la realización
del hombre no está en ese interés por completarse a sí
mismo con bienes y cualidades; sino que la realización del
hombre está en el olvido de sí mismo y en "la
entrega de sí mismo a los demás". Cuando esto se
entiende debidamente, entonces es posible percibir que la entrega que
Dios nos pide no pretende ninguna utilización de nuestra
persona, sino que intenta nuestra plenitud, nuestra realización
personal.
La entrega a los demás no constituye ninguna
despersonalización, sino que es profundamente personalizante.
Si la persona creada es un esse in se o un esse ad alium es algo que
está todavía en discusión. Lo que en cambio no
se discute es que el hombre desarrolla su persona moviéndose
hacia lo que es la Persona divina, es decir, relación, esse ad
alium, ser para los demás.
Por eso las pruebas y dolores que Dios Padre
pueda enviar o permitir son prueba de su amor, porque nos invitan a
la mayor entrega de nosotros mismos.
Esta vida ante la mirada misericordiosa de Dios no se consigue de
manera inmediata. Requiere el esfuerzo de ir insertando las diversas
actividades de la vida cotidiana en el horizonte del amor de Cristo
al Padre. Las oraciones (de la mañana o de la noche) son
momentos dedicados exclusivamente a Dios, con el objeto de enlazar la
propia vida con sus planes y designios. Se tiene así en las
oraciones como un impulso que conduce a esa permanente convivencia
con el Padre en la vida diaria. (Cf Catecismo de la Iglesia Católica,
n. 2697; Juan Pablo II, carta ap. Dies Domini, n. 15).
Las oraciones no pueden ser consideradas como un
punto de llegada. A veces se imagina que la vida del cristiano está
como perdida entre afanes puramente materialistas. Las oraciones
vendrían a ser como un paréntesis en esa vida
extraviada, con el objeto de evitar que los males se acentúen
ulteriormente. En realidad, la vida de trabajo y de familia, cuando
responde al querer de Dios, no constituye ningún extravío,
sino que está llamada a ser vivida ante el Padre, gozando con
El en su presencia. Las oraciones, por tanto, son más bien un
punto de partida; son algo que hace posible la vida contemplativa.
En Cristo, la contemplación es conciencia del Padre y de Sí
mismo, de la humanidad y del mundo. La verdadera contemplación
no conduce a un mundo irreal; al contrario, nos hace captar la verdad
última de todo lo que existe; es un principio de auténtica
sabiduría.
Mucho menos significa una huida de las propias
obligaciones: quien tiene esta conciencia delante de Dios capta con
particular claridad lo que ha de ser el proceder de un verdadero hijo
suyo; y, junto con esto, advierte la gran responsabilidad que tiene
de comportarse como tal.
La contemplación no es sólo
conciencia, sino también experiencia. Identificándose
con la vida de Cristo, el cristiano prueba en su vida de trabajo y de
familia el peso de la Cruz del Señor. De este modo, la
contemplación no está solamente en consideraciones
intelectuales o en emociones más o menos pasajeras. La fatiga
y el cansancio –originados en el trabajar por amor– son
experiencia de la presencia de la Cruz en la propia carne.
El dolor y el sufrimiento son las pruebas más
fehacientes de que somos hijos de Dios y de que nos estamos
comportando como tales. Esta tan-gibilidad de la propia filiación
divina es el motivo de la más grande de nuestras alegrías,
porque palpamos la verdad última de nosotros mismos: la de ser
hijos de tan buen Padre.
Todo ello es la anticipación de aquella contemplación
imperecedera al fin de los tiempos. En ella "no habrá
maldición alguna; el trono de Dios y del Cordero estará
en la ciudad y los siervos de Dios le darán culto. Verán
su rostro y llevarán su nombre en la frente. Noche ya no
habrá; no tienen necesidad de luz de lámpara ni de luz
del sol, porque el Señor Dios los alumbrará y reinarán
por los siglos de los siglos" (Ap 22, 3-5).
Pbro.
Dr. Raúl Lanzetti
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