¿Pacientes o penitentes?
Una suposición frecuente sobre la tarea de los
psiquiatras nos recuerda nuestra disfrazada condición de
confesores. Quien nos lo imputa, que acompaña generalmente su
atribución de cierta sonrisita, sabe bien que si no acierta
del todo tampoco dice ninguna tontería.
Si
tomamos en serio este criterio popular, deberíamos detener de
una vez nuestras cábalas acerca de la multitudinaria
concurrencia que satura hoy las consultas. Pues estamos perdiendo el
tiempo con conjeturas epidemiológicas por no tener en cuenta
el factor confesional que nos insinúan. Si atendemos en cambio
a la mordaz comparación, podremos ya dirigirnos al gerente del
recién estrenado Sacyl y decirle respetuosamente: «Don
Antonio María, sepa usted que no vamos a resolver los
problemas de salud mental mientras se confiese tan poco en esta
Autonomía».
Resulta
que muchos de nosotros nos hemos buscado la vida en una profesión
que nos parecía laica, e incluso provista de cierta dosis de
anticlerecía, y hete aquí que acabamos convertidos en
indulgentes confesores. Porque buena parte de las consultas que
recibimos, descartada la cada vez más minoritaria presencia en
nuestros dispensarios de la locura, la componen los problemas
cotidianos con la culpa. Muchos malestares de los ciudadanos, aunque
comparezcan bajo la apariencia de depresiones, miedos o angustias,
son pequeñas indigestiones de culpa. Dispepsias morales que
antes se resolvían con una confesión rutinaria, o
mediante confesión general si la gravedad lo exigía,
pero que actualmente no tienen dónde acudir si no es a un
especialista, bien dispuesto, eso sí, a aceptar como enfermos
a simples penitentes ávidos de excusa.
Sin
saberlo del todo, aunque secretamente lo presuman, las gentes acuden
a consulta buscando absolución antes que cura. Vienen a que
les traten, sin duda, pero sobre todo a que les eximan. Y para este
fin nada es tan eficaz como la confesión sacramental. Porque
en su seno uno examina la conciencia, propone la enmienda, cuenta lo
que puede y se libera después de la mórbida carga con
una agridulce penitencia. Es decir, que pasada su pequeña
contrición, el pecador se puede marchar tranquilo, exento ya
de responsabilidad y dispuesto a seguir confesando la misma falta
cuantas veces la tentación le persiga. La clínica, por
contra, no alcanza esta sublime perfección, aunque lo intente
con porfía. Con nosotros, estos consumidores crónicos
de comprensión y consejo también encuentran fácil
disculpa, dado que pueden atribuir sus males a algún defecto
de aprendizaje o a cualquier hipótesis bioquímica.
Igualmente, nuestras buenas palabras van a intentar animarles sin
censura y hacerles ver que los sufrimientos son universales, que la
depresión es producto del estrés social y que
cualquiera tiene malos días. Para penitencia disponemos de
halagüeños ejercicios de autoayuda y, si es necesario, de
alguna píldora. Pero debemos desengañarnos. Ni podemos
proteger el futuro como la religión ni lavar la culpa como la
confesión.
A la vista de las circunstancias, lo más
sensato será renunciar al poder que la sociedad nos ha
confiado y devolver a los confesores la dirección de
conciencia que a la chita callando les hemos usurpado. La confesión,
que durante siglos fue el instrumento más poderoso de control
y normalización de la sociedad, debe volver por sus fueros,
mientras nosotros prestamos de nuevo toda nuestra distraída
atención a los psicóticos que, por su parte, son
auténticos maestros a la hora de despojarse de la culpa.
Fernando Colina
Director del Hospital Psiquiátrico de Valladolid
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