El equilibrio de las pasiones «moderadas»
Dios ha dotado al hombre de las pasiones como energías vitales; pero también le ha dado la razón para regularlas e impedir que se conviertan en fuerzas salvajes que lo llevan a la ruina. La virtud que le otorga al hombre el poder sobre sus pasiones es la templanza.
Generalmente, las pasiones deben ser moderadas, porque se manifiestan con una intensidad que absorbe a todo el hombre y le impide razonar; a veces, en cambio, deben ser estimuladas, porque el ser humano sería más pobre si le viniesen a faltar. Lo vemos en los perezosos, en los anoréxicos, en los deprimidos, en los decepcionados, en los que no perciben más el estímulo de vivir y de actuar.
También lo notamos observando la diferencia existente entre el que estudia con pasión y quien lo hace sólo por deber; entre quien ejerce una profesión con pasión y quien lo hace por simples motivos de lucro; entre quien vive su relación con Dios con amor y quien la vive solamente por rutina y tradición.
La templanza es la virtud cuya función es equilibrar las pasiones, para que estén presentes en la vida del hombre como energías positivas. No siempre es fácil, porque las pasiones tienen el poder de prometer y procurar placeres fáciles, intensos, inmediatos; y el hombre, en la mayoría de los casos, tiende a favorecerlas, olvidando las indicaciones de la razón.
Esto se da particularmente con las pasiones relacionadas con la conservación de la vida personal (como el comer y el beber, que son reguladas por las virtudes de la templanza y la sobriedad), o cuando se trata de pasiones que conciernen a la vida de relación, y en particular las conexas a la sexualidad (que deben ser moderadas por las virtudes sociales y por la castidad).
Cuando se habla de sexualidad casi siempre se piensa enseguida en el placer físico que nace de la unión de los cuerpos.
Es claro que se trata de una concepción restrictiva que la Iglesia intenta corregir. Ser sexuado no significa poseer un cuerpo diferente de otro que promete un placer intenso, fácil, inmediato; sino que es un modo de ser persona humana, que está al origen de una relación interpersonal, alegre y fecunda de vida.
Llenar la soledad del otro
El elemento central de la sexualidad es la relación interpersonal (no solo intercorporal), dentro de la cual se dan la unión de dos vidas y el milagro de la procreación. Por lo mismo, la educación sexual debe preocuparse sobre todo de preparar al hombre y a la mujer a mirarse como personas, capaces de llenar con su vida el vacío de la soledad de su pareja, y de colaborar con Dios en la procreación de la vida. Incluso, pueden llegar a ser creadores de cultura y de civilización armonizando sus diferencias de masculinidad y feminidad («pueblen la tierra y domínenla»).
Toda esta riqueza de vida, que mana de la diferencia sexual, puede ser estropeada y hasta destruida cuando el hombre y la mujer ya no saben mirarse como personas que reflejan la belleza y el poder de Dios, sino sólo como un cuerpo que promete y produce placer. La persona es «cosificada», es decir, reducida a una cosa.
Por esto, la sexualidad debe ser repensada y sobre todo moderada por una forma particular de templanza que es la castidad. Sabemos que hoy esta palabra ha perdido todo su sentido humano y humanizante. Pero, más allá de las palabras, queda el hecho de que el hombre tiene que asumir esta energía con toda su responsabilidad y convertirla en un instrumento de crecimiento para sí mismo, para su pareja, para el hijo y para la entera sociedad.
Existen muchos otros ámbitos en los cuales la templanza ejerce su influjo de virtud moderadora. Recordemos en particular la mansedumbre, que modera la cólera y ayuda a evitar la violencia; la clemencia que, moderando siempre la cólera, ayuda a evitar aquella dureza que hace perder a la pena su carácter correctivo; la humildad que modera la tendencia a afirmarse sobre los demás y ayuda a evitar la soberbia; la modestia en el vestir, en el comportamiento, en las diversiones, que hacen evitar el refinamiento, la grosería, la pérdida de control.
Una ayuda contra los excesos
Un ámbito particular se da en la moderación del deseo de saber, que es fundamental en la vida del hombre, pero puede volverse dañino cuando no se quieren reconocer los límites de la razón y se pretende superarlos con medios ilusorios e ilícitos, como la magia, la cartomancia y prácticas parecidas, con las que se cree poder conocer el futuro y doblegarlo a los propios deseos. La templanza trae equilibrio y armonía en la vida del hombre, ayudándolo a evitar aquellos excesos que lo desfiguran. Por esto es la virtud que permite al hombre expresar en sus gestos, en sus comportamientos, en sus elecciones esa belleza que es el reflejo de la belleza de Dios en la corporeidad humana.