Pensar la moda
La moda es medio de expresión cultural. Las modas nacen de la cultura y la conforman hasta el punto de incidir decisivamente en el modo en que las sociedades se comprenden.
«La moda -dice Montserrat Herrero- ya no es algo meramente relativo al vestir. La moda es, según la conocida tesis, un fenómeno social total. Por eso, esforzarse por comprenderla supone ampliar la reflexión al contexto sociocultural y antropológico.» Con esas palabras comienza un artículo que concluye con estas otras: «Se hace necesario a comienzos del nuevo siglo volverla a pensar [la moda] integrándola dentro del sentido global de una vida humana plena. Sólo entonces encontrará la verdadera fuerza que permita para ella un despliegue auténticamente creador.»
Una experta en el mundo de la moda es Covadonga O Shea que, como es bien sabido, fundó y fue su directora durante más de cinco lustros. Desde el año 2001 hasta la actualidad es presidenta del ISEM (Instituto Superior de Empresa y Moda) . En una entrevista a La Nueva España, de Oviedo, explica lo que es el Instituto y hace otros interesantes comentarios
sobre el mundo de la moda. Entresacamos algunas ideas:
* Es una escuela de negocios para formar empresarios en moda. El Instituto cuenta con el único máster que se imparte en España en empresas de moda.
*El centro nació como respuesta académica a una necesidad creciente de tejido industrial en torno a la empresa de moda y el textil. Es algo muy nuevo. Tratamos de unir la poesía de la creación con la prosa de que la moda salga adelante es necesario conjugar talento y gestión empresarial.
*Han triunfado modelos de negocio que han llenado las calles de moda a buenos precios. Es el caso de Zara, Mango o Pronovias. En España hay talento, pero falta gestión.
*La evolución es impresionante. Buena prueba de ello es que las noticias sobre el mundo de la moda vienen en los diarios económicos. Se da todo un entramado industrial y social.
*Se lleva todo y todo lo contrario. Aunque suene paradójico, cada vez más, la moda no sigue uno pone su personalidad.
*La gente no tiene tiempo ni dinero para comprar todo lo que se le pone ante los ojos. La oferta es inmensa. A la hora de comprar hace falta sentido común, inteligencia y buen humor. A nadie le cambia llevar un logo determinado.
*La falta de valores está clara. Los padres deben dar argumentos inteligentes. Hay que educar. Un padre simpático y listo que tenga confianza con su hija sabrá cómo hacer ver a la niña que no puede salir a la calle pareciendo una cualquiera.
También la Universidad de Navarra investiga desde 1992 sobre el fenómeno de la moda a través de diferentes actividades, entre las que se encuentra la organización periódica de Congresos.
Este año, en noviembre, se ha celebrado el VI Congreso de Moda bajo el título Comunicar moda, hacer cultura. Han asistido más de 300 personas y se presentaron 30 comunicaciones procedentes de Inglaterra, Italia, Portugal, Filipinas y México, además de España. Entre otros, participaron Elena Silva, de Elizabeth Arden; Ayna Estrany, diseñadora de Philippe Laporte, Mercedes Moral, de Llongueras; Elena Teindas, de Tous; y Diego Valisi, de Uomo Vogue.
En palabras de la profesora Mónica Codina, directora del Comité organizador, los Congresos constituyen «una gran ocasión para el intercambio de ideas, líneas de estudio y contactos con profesionales que trabajan los mismos temas desde diferentes perspectivas». Académicos y profesionales del diseño, la arquitectura, la comunicación y la empresa reflexionaron sobre creatividad y tendencias sociales de consumo.
Reproducimos la comunicación de apertura de ese Congreso que lleva por título Pensar la Moda, del arquitecto Juan Miguel Otxotorena, Director de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Navarra y de su Departamento de Proyectos, desde 1994. Además de una densa trayectoria en el ámbito del ejercicio libre de la profesión, con un buen número de primeros premios ganados en concursos de proyectos, ha publicado numerosos artículos en revistas y varios libros, entre otros: El discurso clásico en arquitectura: arquitectura y razón práctica (1989), Arquitectura y proyecto moderno. La pregunta por la modernidad (1991), La lógica del post. Arquitectura y cultura de la crisis (1992), Sobre dibujo y diseño: a propósito de la proyectividad de la representación de la arquitectura (1996), y La construcción de la forma: para una aproximación contemporánea al análisis de la arquitectura (1999). Tiene también una profunda cultura humanística y le interesan todos los asuntos de calado intelectual que se debaten en la calle. Buena prueba de ellos es su libro «Permiso para creer», que lleva como subtítulo «La ofensiva laicista y el futuro de la religión». Y buena prueba es también esta colaboración.
Constituye para mí un honor esta oportunidad de dirigirles la palabra, abriendo este VI Congreso sobre la moda. No oculto que la tesitura me abruma. Me siento como un bardo que se apresta a improvisar sobre el estrado unos esforzados ripios acerca de un tema elegido al azar. Supone para mí un compromiso, y no sé si estaré a la altura. Por eso aprovecho desde ahora para endosar parte de la responsabilidad correspondiente a quienes me llamaron.
He de reconocer que el tema me interesa. Y me he visto movido a abordar la cuestión con una perspectiva general.
En realidad, la cuestión vendría a ser: ¿qué hacemos aquí? ¿Por qué la Universidad promueve hoy unos encuentros sobre moda? ¿A qué se debe la consiguiente persuasión de que la moda merece una atención monográfica, y exige un esfuerzo de reflexión del tipo del que propicia el entorno académico? Parece, en fin, que la pregunta por la moda sensibiliza algunos de los aspectos más visibles de nuestro momento cultural. Y acaso la cuestión esté en si no es una de las preguntas más directas sobre él.
Lógicamente, no aspiro ahora sino a esbozar una composición de lugar impresionista que nos permita intuir la entidad de las reflexiones que suscita. Esperemos que los debates de estos días permitan ahondar en ellas.
I. LA ESCENA CONTEMPORÁNEA
La moda ha venido siendo estudiada últimamente con progresivo interés. y hay que enmarcar la cuestión en la atención a la configuración de nuestra denominada sociedad de consumo.
La conocida cadena de grandes almacenes El Corte Inglés acaba de abrir un nuevo centro en una ciudad como Pamplona, cuya cuenca suma no más de 250.000 habitantes. La provincia (Navarra) apenas pasa de los 500.000. Sin embargo, la previsión de afluencia de público que la empresa manejó de cara a su implantación fue la de una media diaria de entre 15.000 y 18.000 personas. Y acaso el cálculo no parezca tan iluso si se tiene en cuenta que el día en que abrió sus puertas acudieron al establecimiento más de 40.000.
La empresa gallega Inditex constituye uno de los exponentes más vistosos y espectaculares de los nuevos derroteros de la industria del vestido. Ha crecido enormemente en poco tiempo, hasta convertirse en una de las de mayor facturación mundial. Su cifra de ventas fue de 2.820 millones de euros en 2004. Agrupa varias marcas, lideradas por la célebre Zara. Y presenta una estructura operativa con varios elementos originales. Como es sabido, se basa en la combinación de un sistema de precios muy ajustado, un programa de crecimiento vertiginoso, una esmerada definición del producto, un sistema logístico revolucionario y altamente informatizado, y una filosofía comercial que consigue introducir al público en sus tiendas de manera casi constante.
Les invito a adivinar el número de veces que las mujeres españolas visitan a lo largo del año una tienda de Zara, compren o no. Según los datos que proporciona la propia firma, el promedio es de 22. Y he podido corroborar la verosimilitud del dato: conozco gente que dice ir todas las semanas, e incluso cada vez que llega el camión con el género (en Pamplona, los lunes y miércoles). «El cliente de Zara —se nos asegura— va a darse una vuelta por allí de vez en cuando, aunque no vaya a comprar, pero acaba haciéndolo por la variedad de la oferta». Su constante renovación es un elemento esencial del modelo: las colecciones son muy cortas para evitar repeticiones y estancamientos, los escaparates cambian cada tres semanas y el 40% de los productos está rotando continuamente en las tiendas, de modo que siempre hay cosas nuevas que ver. Entre todas sus secciones, Zara presenta cada año más de 12.000 productos diferentes. Busca llevar la moda al gran público, y tiene ya más de 2.500 tiendas distribuidas en todos los continentes. Un joven equipo de más de trescientos diseñadores estudia con el rabillo del ojo las innovaciones de las firmas más pujantes y exclusivas; y sigue en tiempo real las oscilaciones del gusto del público, pulsando sus tendencias en los diversos puntos de venta. Se trata de asegurar al máximo la eficacia, la agilidad y la capacidad de reacción del sistema productivo.
El caso de Zara ejemplifica a la perfección el modo en que la gestión de las industrias del entorno de la moda se ve impelida a renovarse en profundidad, en una loca carrera en la que sólo se sobrevive a base de esfuerzos supletorios de imaginación y autoexigencia. La enorme competitividad del sector las fuerza a apurar cada uno de los márgenes de espacio y tiempo asignados a sus complejos procesos. Han de pulirlos una y otra vez, arañando pequeñas diferencias llamadas a convertirse en bazas decisivas para el éxito, en una trayectoria aferrada al filo de la continua huida hacia adelante.
Los nuevos modelos empresariales, en fin, hacen que la relación del público con el vestido cambie de manera radical. Así, la moda se ha vuelto mucho más indispensable, cambiante, significativa, ágil y asequible que nunca, aunque también mucho más comprometedora.
Vivimos el hábito de «ir de tiendas» como una necesidad insaciable. En lugar de un placer, representa más bien la expresión de un desesperado empeño ligado a interminables inseguridades y zozobras, a riesgos y sufrimientos incontables. Nunca estaremos satisfechos con nuestra imagen externa, y tampoco suficientemente al día en relación con «lo que se lleva»; y tener los armarios a rebosar es compatible con el frenético grito de guerra de quien exclama cada mañana, al menos en su interior: «¡no tengo nada que ponerme!».
Con estos ingredientes, tanto la moda como nuestras actitudes hacia ella entran en una nueva dimensión. La pregunta por sus consecuencias se asocia a algunas inquietudes de nuevo cuño que explican su urgencia. Y podrían resumirse en la idea de que la moda tiene hoy una fuerza incontenible y nos arrastra tras de sí hasta extremos inéditos, obviamente alarmantes.
La épica de la alta costura
Nuestra contemporánea visión de la moda vive aún del recuerdo idealizado de las venerables firmas familiares nacidas en el siglo XIX, y en los umbrales del XX, en torno a la marroquinería y la alta costura. Tal es el caso de Vuitton, Hermès, Loewe, Gucci, Chanel o Dior. Pero ya apenas queda algo de su imagen clásica.
Como es sabido, la alta costura es un fenómeno relativamente reciente, y se debe a una iniciativa de Charles Frédéric Worth, del año 1858. Hasta entonces, las mujeres encargaban vestidos según sus gustos y necesidades; pero él propuso el esquema inverso, basado en la exposición de una serie de modelos ya diseñados que se adaptaban después a las medidas de las compradoras. La alta costura trajo consigo la aparición del diseñador creativo. Y se convirtió en un gran negocio para Francia: en 1925 suponía el 15% de sus exportaciones globales y empleaba a 35.000 personas. En 1953 todavía se producían unas 90.000 piezas en los talleres de las diversas casas de moda parisinas. Pero enseguida empezó el ocaso: los agitados años 60 llegarían a asfixiar tan boyante industria. Son varios los factores que menoscabaron su éxito comercial; entre ellos, la llegada de las clases medias a la moda, el avance de la industrialización y la producción seriada, y la nueva generación de diseñadores que afrontó con nueva ambición el género de la ropa prèt-à-porter. El declive fue inexorable: en 1947 la alta costura tenía unos 15.000 clientes; en 1974, sólo 3.000. Una década después, 1.500. Y lo mismo sucedió con las marcas: según la Cámara Sindical, de las 106 que existían en 1946 apenas quedaban 19 en 1967.
La decadencia de la alta costura se atajó en los años 90 gracias a la inyección económica de los grandes conglomerados del lujo que pasaron a verla como interesante en tanto laboratorio creativo e inversión publicitaria. Y el cambio de registro parece haber funcionado.
Seguramente hayamos de concluir que el proceso no podía ser más lógico. Quizá no cabía otro destino para unos trajes imposibles que exigen entre 100 y 1.000 horas de trabajo manual, no bajan de los 20.000 euros de coste, y en el caso de un vestido de noche pueden alcanzar los 75.000.
Democratización del lujo
El éxito de los profundos cambios experimentados por el sector, en todo caso, se asocia a la alteración de nuestra relación con él. Su conexión con el gran público ha trascendido el plano de la mera fascinación curiosa.
Decía hace muy poco Martina Klein que la moda «… tiene siempre que rayar el límite de lo rico y lo prohibido». Pero su intensiva explotación publicitaria, unida a la redefinición de sus productos, opera tendiendo puentes, tímidos pero efectivos, para la verificación de un contacto más vivo de su oferta con las masas. Y este fenómeno da pie a la idea de la «democratización del lujo», que quiere dar cuenta de una realidad presuntamente característica de nuestra nueva coyuntura social.
Acaso sea Gilles Lipovetsky el intelectual contemporáneo que se ha interesado de manera más directa e incisiva por la moda. Profesor de filosofía en Grenoble, destaca por su activa insistencia en las tentativas de interpretación de nuestra difusa postmodernidad. E intuye que uno de los rasgos que identifican nuestra época es la progresiva conversión del consumo suntuario y estético en la ocasión de un goce íntimo y privado, unida a su difusión. Estaríamos asistiendo a la paulatina sustitución de buena parte de los fines tradicionales de los artículos de lujo por su aptitud para dar lugar al tipo de disfrute personal e intransferible que proporciona su posesión. Esta es la tesis a cuyo desarrollo ha dedicado sus célebres libros El imperio de lo efímero y El lujo eterno; e identifica un cambio de coordenadas que se complementa con el que representa su popularización.
En el año 2002, la proporción de los europeos que compró algún producto de los considerados aún como de lujo superó el 50%. La moda alcanza ya hasta al más profano; e incluso es valorada y experimentada sobre todo por éste, que empieza a atreverse a elegir por sí mismo. No es que toda la esfera del lujo se haya vuelto accesible a todo el mundo, sino que habría un sector del lujo que se ha democratizado: el de aquellos que cabe llamar «productos de acceso». No se han democratizado los Rolls-Royce, los jets y los yates, sino que se ha extendido un consumo de calidad cargado de la mitología de las marcas más exquisitas.
Espectáculo e irreverencia
La reflexión relativa a los nuevos horizontes de la alta costura, a su vez, enlaza con la que atiende al choque entre las tendencias sujetas a los paradigmas respectivos de lo chic francés y lo fashion anglosajón, presuntamente más frívolo, casual y descomprometido.
Yves Saint Laurent se despedía recientemente de su profesión y de su público convencido de que su venerada alta costura «... se ha convertido en un espectáculo circense». Hablar hoy de la moda con mayúscula es hablar de Pinault-Printemps-Redoute y Louis Vuiton-Moët-Hennessy, los dos grandes conglomerados del ramo que pelean por monopolizar el negocio del diseño de lujo. En sus últimos años, el mítico diseñador galo ha pasado por ambas megaempresas, protagonizando un intenso culebrón adobado de litigios en los tribunales, cruces de participaciones empresariales, vanidades enfrentadas y variados desplantes. Y tal es el marco en que le fue arrebatada la marca que lleva su propio nombre, confiada a Tom Ford, un joven creador estadounidense de acreditada vocación comercial.
Suele verse en el gibraltareño John Galliano al pionero y líder de la nueva moda-espectáculo en que parece desembocar el ejercicio de ese tipo de vocación. A ella tiende a endosarse la responsabilidad de la actual afición de las escuderías más fuertes a un intercambio de talentos que emula la fiebre de los fichajes multimillonarios de la elite del fútbol. Al ser nombrado jefe de diseño de Givenchy en 1995, Galliano se convirtió en el primer británico reclutado como estrella de referencia por una firma francesa, aunque la abandonó enseguida para pasarse a Christian Dior. Críticos y admiradores le consideran el precusor de todo un nuevo modo de entender la moda, relacionado con la provocación y el escándalo. Pasa por ser un peculiar agente «antisistema» situado en el centro mismo del sistema, y en consecuencia un perfecto cínico. Pero este calificativo no tiene en el mundillo un significado meramente descalificador sino más bien algo así como «específicamente contemporáneo».
Tal cinismo parece ser visto como un ingrediente de lo más «in» para muchas caras conocidas del fashion world, como la lánguida maniquí Kate Moss —hoy en el candelero por haber sido fotografiada consumiendo drogas—, capaz de renunciar a su astronómico caché para pasearse gratuitamente en los desfiles de su amigo. Los «megaejecutivos» de la moda también aplauden cada irreverencia del extravagante y perturbador modisto como algo semejante a una nueva muestra de arte reivindicativo. Sin embargo, para los mendigos de París, su colección Dior 2000, inspirada íntegramente en la estética de los «sin techo» parisinos, representa la esencia de la más brillante, insensible y depurada depravación. Harapos, trajes aderezados con desperdicios, suéteres agujereados, pantalones extra-anchos, kits de supervivencia con vasos y cubiertos emergiendo de la ropa, o latas vacías colgando de la cintura, fueron algunas de sus provocativas propuestas. Lo que para Galliano aparecía como defendible en tanto «muestra del refinado glamour de la pobreza y metáfora de la decadencia de la Alta Costura», para los mendigos significó la más sarcástica e insufrible de las faltas de respeto. Indignados y dolidos, se manifestaron a las puertas de la boutique de la firma en París con pancartas que rezaban «El cinismo no es cool».
Quizá haya aún creadores como La Croix o Valentino que «… optan por lo bello, con lo que no piden ser permanentemente interpretados». Pero el proceso de reconversión de la alta costura parece favorecer la consolidación de un perfil especialmente histriónico para las encarnaciones más visibles de la figura del diseñador. Se caracterizan por vivir del espectáculo que ofrecen con sus poses desafiantes, enfáticas e insumisas. Y éste colma las expectativas de las firmas que lo patrocinan, en la medida en que rinde indudables beneficios en forma de resultados publicitarios añadidos.
Tal espectáculo presenta, sin duda, un sesgo fuertemente paradójico. Pero se impone advertir que forma parte de los usos característicos de nuestro clima cultural. No está lejos, incluso, del que protagonizan ciertos programas de televisión; o del que ofrecen algunos deportes que se sostienen a través de los contratos publicitarios, directos e indirectos, o de los meros derechos de retransmisión. De ahí que la constatación de esa deriva no pueda terminar en sí misma, ni pueda redundar por sí sola en posicionamientos solventes. Ha de completarse con la observación de los procesos en los que se enmarca y, en definitiva, del dinamismo global de nuestra sociedad de la información, que es también la del llamado mercado evolucionado.
De todos modos, la cosa no acaba ahí. La peculiar siembra de «destellos de futuro» de los rutilantes astros del ramo ejerce aún su confusa pero indudable influencia en los usos indumentarios dominantes, predispuestos para reaccionar con oleadas de invariable fervor. El ciclo se cierra con un ingrediente de gravedad añadida, que trasciende con mucho la calificación moral del orgulloso autismo, las ironías vacuas, las insensibles bromas, las poses banales y las eventuales interpelaciones insultantes de un mero carrusel de varietés. Resulta pasmosa la facilidad con que la marea nos maneja a su antojo y nos lleva a asumir dócilmente sus peregrinos dictados, a menudo ni razonables ni inocuos, ni por supuesto inocentes.
II. UNA DENUNCIA EN TRES FASES
III. REACCIONES EN MARCHA
IV. APOCALÍPTICOS O INTEGRADOS