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Ofrecemos, por su enorme interés, el prólogo que escribió don José María Pemán a la obra de André Frossard Dios existe, yo me lo encontré, en la que este político y académico francés, ya fallecido, relata su conversión.

***


Las conversiones al catolicismo han ocurrido, desde hace unos setenta años, en un porcentaje absolutamente minoritario dentro del sistema asistemático de la intuición súbita. Caído metafóricamente de su caballo, el desmontado jinete reconoce la intervención de un núcleo de luz, en torno del cual se irá organizando luego la claridad creciente de una conversión que se desarrollará ya en historia, como pensamiento y conducta. «Fue un momento de estupor que dura todavía»: con esa sinceridad tranquila, André Frossard nos da razón de su caso. No puede desconocerse que un suceso así, que puede conmemorarse en tiempo y espacio, pertenece del todo al ambiente existencial que sella y califica al último medio siglo.

André Frossard se incluye totalmente en ese tipo de conversos. La parte central, nuclear, opera espectacularmente sobre el muchacho que un día se acuesta insolente y rebelde, y al día siguiente se levanta alegre, dulce y asombrado: «Un cardo que, inopinadamente, florece en rosas». Tan visible es el cambiazo, que el padre, educado en el más tópico y francés jacobinismo laico, lo lleva a un psiquiatra. El psiquiatra es competente, leal y ateo. Y le dice al padre que no se preocupe; es la Gracia. El psiquiatra tenía catalogada la Gracia entre los fenómenos diagnosticables en su clientela de neurópatas, y no tiene más terapéutica que el ya pasará…

Pero Frossard sabe perfectamente que aquello que está en él es todo lo contrario de algo que pasa. Una iluminación fugaz es una anécdota que no tiene biografía, itinerario. Pero ocurre que estos golpes de la Gracia, por aquello de que ésta no sustituye nunca a la naturaleza, no concluyen en su propia subitaneidad, sino que tiene desarrollo, precedentes y consecuentes. Dios es tan respetuoso con la libertad, que sus golpes luminosos no los regala nunca a los pasivos, sino que los inserta en los itinerarios dialécticos de los activos y entusiastas. Por eso, casi todas las conversiones tienen posible relato y análisis.

Por eso, a cuenta de su proceso cultural y religioso, tiene apasionante lectura el libro: Dios existe, yo me lo encontré. Quizá el mismo converso no valora suficientemente ese proceso que podría hacer valedero también el título: Dios existe: yo lo he buscado. Ése es el itinerario antecedente, lleno de interés filosófico-histórico. Cada converso significa la victoria sobre un trozo de historia cultural y social. Frossard vence sobre el laicismo jacobino de su casa. La parte intelectual que, al margen del núcleo luminoso y gratuito, se desarrolla en Frossard, corre a cuenta de su observación de que los socialistas amigotes de su padre leen a Marx mucho menos que los católicos leen la Biblia; y también del encuentro con el libro de Berdaieff La nueva Edad Media, que vino a ser para él como un trauma cultural que adecentaba sus intuiciones un tanto irracionalistas.

Pero queda todavía el proceso posterior al relámpago. La mayor parte de los conversos anotan que gran parte de su modo de vivir y de pensar anterior al golpe de la Gracia permanece inalterable, y se va retocando poco a poco. Hasta tal punto, que estas acciones negativas que tratan de entorpecer la acción positiva de Dios, han servido muchas veces de denuncia frente a imperfeciones que vienen arrastrándose en la rutina de la Iglesia. Son los conversos los que muchas veces perciben más finamente que Dios está peleando con su propia religión. Es esto lo que lleva a decir a Frossard, tan bellamente, que mucho más de lo que le costó estar seguro de que Dios existía, le costó acostumbrarse a la experiencia de Dios.

Pero lo más sugestivo es que toda idea sólo es plenamente eficaz cuando se la convierte en ideal. El ideal se fabrica pronto, fulgurantemente; pero no ahorra ideas, sino que, al contrario, las aumenta y multiplica. En la prosa de cristal de Frossard se ve muy bien que las iniciativas de Dios no cancelan las iniciativas del hombre. El encuentro no es un episodio de salida ni de llegada: es un episodio que ocurre nel mezzo del camin di nostra vita (en mitad del camino de nuestra vida).

 

Por José María Pemán
Gentileza de www.alfayomega.es
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