La promesa de Dios y el empeño del hombre hacia la vida
El filósofo Inmanuel Kant, al final de 1700, apelando a la experiencia de cada uno de nosotros, que, no deja de interrogarse sobre el destino de su vida y de lo que vendrá cuando ésta se acabe, se planteaba la pregunta: ¿Qué podemos esperar?
El hombre de la antigüedad, se hallaba en tensión entre el deseo intenso de una beatitud plena y perdurable y su desilusionada constatación del retorno de lo siempre igual y el chocar de las empresas y esperas humanas contra el muro insuperable de un oscuro destino.
El hombre, moderno ha sido hechizado por el mito del progreso con el logro de la felicidad y el bienestar ya aquí sobre la tierra, pero los resultados, a menudo, han sido catastróficos: las guerras mundiales, los genocidios, el peligro de un desastre ecológico, la amenaza del terrorismo, la pérdida del sentido de la vida. Hoy, la pregunta, casi siempre muda y hasta inconsciente, ya no versa sobre el contenido de lo que podemos esperar, sino más bien sobre este punto: ¿somos de veras aún capaces de esperar?
La persona humana, sin embargo, se siente llamada, por su misma naturaleza, a esperar algo que la transciende. La existencia está de por sí abierta y atravesada por la esperanza. Porque, finalmente, ha sido creada para buscar y hallarse más allá de sí misma: en las relaciones que establece con los otros y con el mundo en que está inserta y que de distintas formas administra y planifica, y en la relación con la meta última hacia la cual se dirige.
La fe cristiana parte de un hecho tan inesperado como resolutivo: Jesucristo resucitado, "nuestra esperanza" (Tm 1,1). En él se cumple la promesa hecha por Dios a Israel: "Yo seré su Dios, ustedes serán mi pueblo" (Lev 26,12).
La esperanza cristiana se halla anclada en el cumplimiento de esa promesa en el evento de la resurrección de Jesús. Es una esperanza que, desde ya, se puede, tocar con la mano, y gustar en la existencia cotidiana, aunque su cumplimiento definitivo todavía no se ha concretado. Como explica el apóstol Pablo, "la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado"(Rom 8 5,5).
La esperanza se halla fundada en el amor incondicional de Dios que se ha hecho acontecimiento por nosotros, "una vez por todas", en el don de su Hijo: "Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todo nosotros, ¿cómo no nos concederá con él toda clase de favores?" (Rom 8, 31-32). La espera no es, por lo tanto, un simple e ineficaz anhelo o una vaga confianza en algo mejor que siempre puede ocurrir.
Es una actitud arraigada en el amor de Dios que es Padre, testimoniado en la muerte y resurrección de Jesús. Es la actitud de quien se sabe hijo y, como tal, heredero de la promesa ya anticipada en la fe en Jesucristo y en el amor por él enseñado y comunicado, y que se cumplirá en la comunión plena con Dios y con todos, más allá de la historia.
El contenido de la esperanza cristiana es lo que la fe profesa en los artículos conclusivos del Credo: la resurrección de los muertos y la vida del mundo que vendrá. Pero, precisamente por esto, no designa un hecho individual y, menos aún, el "pase" para desentenderse de las responsabilidades sociales e históricas.
La resurrección de Jesús, en efecto, es la del "primogénito" entre muchos hermanos. En él, por la fe y el bautismo, también nosotros vivimos como Iglesia, de la vida nueva que mana de su pascua. Gabriel Marcel expresa así su sentido, dirigiéndose al Señor de la vida: "Yo espero en ti por todos nosotros".
La esperanza cristiana - activa ya en la historia, en Jesús resucitado, la novedad y la fuerza del amor de Dios vencedor de todo - es principio de transformación del mundo presente, lucha por la justicia y la paz y por la construcción de un mundo nuevo y fraterno.
Esta esperanza exige a seguir un estilo de vida que nazca del seguimiento incondicional de Jesucristo, es decir, de la gracia y de la decisión de vivir en el amor hasta el final, en cada situación y circunstancia, cueste lo que cueste, confiando en la promesa de Dios que se ha hecho evento por nosotros en el Hijo crucificado y resucitado.
De aquí la invitación a los discípulos: "Glorifiquen en sus corazones, a Cristo, el Señor. Estén siempre dispuestos a dar razón a quienquiera les pida cuentas de la esperanza que está en ustedes" (1Pt 3, 15).
Si el cristiano y la Iglesia viven realmente de esta esperanza, también el mundo puede volver a esperar. Porque "la creación vive en la esperanza de ser ella también liberada de la esclavitud de la corrupción, para participar de la gloriosa libertad de los hijos de Dios" (Rom 8, 20-21).
Piero Coda
(En revista Famiglia cristiana, Milán (Italia), n. 47; traducción: Jesús Álvarez, ssp y Benito D. Spoletini, ssp)
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