La fidelidad: teología y cine.
«Nada
más doloroso y devastador que el divorcio»
En esta serie de artículos, a través del
recorrido de diversas películas, el autor expone cómo
el séptimo arte está siendo un instrumento privilegiado
para recuperar la cordura y mostrar del mejor de los modos cómo
tras la muerte de Dios y de la fidelidad conyugal se advierte un
movimiento cultural muy significativo que aboga por la «resurrección»
de Dios y de la fidelidad en la cultura contemporánea.
Hace unos años, en un curso de
perfeccionamiento de la lengua inglesa en el que participaba, tuve la
ocasión de presenciar y de intervenir en la siguiente escena.
El profesor –siguiendo un sistema de enseñanza basado
principalmente en la conversación– abrió la
sesión dirigiéndonos a los alumnos la siguiente
pregunta: ¿qué pensáis acerca del divorcio? El
primero en responder fue un distinguido periodista, quien afirmó
con cierta soltura: «el divorcio es progreso». A partir
de allí los restantes alumnos confirmaron la opinión
del primero, hasta que llegó mi turno. Mi escaso nivel de
inglés y mi condición de sacerdote no me ponían
en las mejores condiciones para expresar eficazmente mi opinión
acerca del divorcio: hice lo que pude, intentando mostrar la falsedad
que encerraba la afirmación de mi compañero de clase.
Ciertamente, hubiera podido explicar –si las circunstancias
hubiesen sido otras– cómo el divorcio no es precisamente
una institución moderna: pertenece a la historia más
antigua del hombre y tiene su origen en lo que Jesús calificó
como «dureza de los corazones». Un cierto tipo de
divorcio ha existido en todos los tiempos y en todas las culturas.
Pero eso no significa que sea algo natural, como tampoco son
naturales la prostitución y el pecado, es decir, toda ofensa a
la dignidad de la persona. Una consideración de este estilo
hubiese podido convencer a algunos de ellos de que el divorcio no
puede considerarse como un paso adelante en el progreso, por lo menos
en un sentido absoluto. Si esa escena se hubiera producido hoy, me
hubiera resultado mucho más fácil limitarme a citar las
palabras de Ingmar Bergman con las que se abre la película
«Infiel»: «Nada más doloroso y devastador
que el divorcio».
¿Qué ha podido suceder en Europa
para que personas instruidas y culturalmente relevantes consideren
como signo de progreso lo que sólo es una desgracia con
efectos dolorosos y devastadores? Lógicamente, no pretendemos
responder exhaustivamente a esta pregunta en unas pocas lineas, pero
nos parece que –entre los diversos factores a tener en cuenta:
una idea reducida de la persona y de la libertad, el hedonismo
reinante, etc.– cabe destacar la ausencia de un correcto
concepto de fidelidad no ya en los círculos liberales que han
dominado la cultura occidental durante los últimos siglos sino
también en los diversos ámbitos de la cultura católica.
(...)