La grandeza del amor
Lolek, como lo solían llamar en Polonia, pasó a mejor vida. El Papa se
murió. Sabido es que tuvo una familia común y corriente, como la del vecino,
la del verdulero o como la de cualquiera de nosotros.
Juan Pablo II no fue, aunque a veces lo dudemos, un superhombre.
El mundo interrumpió su vertiginoso recorrido y millones de lágrimas, desde
los más remotos rincones de los cinco continentes, cayeron al saber que el
Papa, que este Papa, que Lolek, partía hacia el cielo.
Muchas reflexiones surgen de este acontecimiento. Pero hay una que vale la
pena explorar. Los hombres vamos por la vida, como hormigas verticales, con
las percepciones amodorradas por la costumbre de ver y sentir siempre lo
mismo, en sus mismas cantidades e intensidades. Al enfocar la mirada vemos
que Juan Pablo II alcanzó magnitudes inimaginables para un ser humano.
Analizando la grandeza del Papa advertimos que la naturaleza humana está
diseñada para que nosotros seamos mejores de lo que somos. Nos llenamos de
consternación, ante el ejemplo latente del corazón de Juan Pablo II, al
contemplar la mediocridad en la que estamos acostumbrados a vivir y ante las
minúsculas ambiciones que ostentamos. Quizás el mayor ejemplo que nos dejó
es que necesitamos -el mundo necesita- que seamos mejores. No todos estamos
llamados a ser tan grandes como él, pero ¡cuánto podríamos acercarnos a sus
dimensiones y acortar un poco la brecha!
Si nos ponemos a pensar, el Papa no hizo nada extraordinario: no hizo
milagros ni cosas que superen las capacidades humanas. Lo que hizo, fue
hacer todo con amor. Esa es la diferencia: ir por el mundo, haciendo lo que
nos haga bien, pero con el amor entre las cejas, para darlo y recibirlo.
Somos lo que tenemos para dar y eso es lo que determinará nuestra grandeza.
Ahora bien: junto al privilegio de haber vivido bajo el pontificado de Karol
Wojtyla nos es dada una responsabilidad ineluctable. Un necesario análisis
con su respectivo balance nos obliga a considerar una inminente toma de
conciencia que nos lleve a realizar un cambio, o al menos, una alineación
entre nuestros objetivos y nuestros actos.
Los objetivos deben ser los de siempre, los únicos verdaderos e importantes:
ser felices, dar felicidad.
Cometeríamos un error si pretendiéramos tan sólo acercarnos a lo que hizo el
Papa. Desde nuestro insignificante lugar podemos empezar a hacer pequeñas
cosas con el único fin de estar mejor, más alegres, con más paz,
sintiéndonos útiles y amados.