HOME
Quiénes somos
Directorio
Artículos
Reflexiones
Oraciones
Sacramentos
Biblia
Evangelios leídos
Magisterio
Catecismo
Código Derecho Canónico
Doctrina Social de la Iglesia
Liturgia de las Horas
Red Oración
Consultas
Al Sacerdote
Colaborar
Contacto
Curso de Teología
Curso de Catequesis

El insomnio de Jesús ante la muerte


Ese día cuando María fue a despertarlo, Jesús no se levantó como siempre: estaba cansado y su rostro transmitía hoy una paz diferente, una paz que parecía haber sido parida en esa noche.

- Hijo, ¿qué tienes?

- Es imposible ¿verdad?, nunca podría mentirte porque nunca podrías no darte cuenta -eres mi madre después de todo- aún así estaba pensando como evitar esa pregunta: mi Padre no me ha regalado el don de la actuación y tú no eres parienta de la indiferencia.

Jesús que hasta ese momento seguía recostado, se incorporó.

- Madre, no he dormido en toda la noche, he estado rezando -hoy les anunciaré- hoy les hablaré de mi muerte, y ellos no entenderán, y algunos si querrán hacerlo, pero es demasiado duro para ellos. Y va a serlo más aún. ¡Es tan distinto el Amor con que mi Padre y yo les amamos que el amor que entre ellos se tienen! ¡Es tan distinto!

Jesús se abrazó a su madre que lo abrazó con más ternura esta vez.
Y empezó a llorar y María, aún sosteniéndolo lloraba con él -¡era su hijo el que iba a morir- su hijo!

- Hijo, sabes que no estás solo, aunque José ya no está con nosotros sabes que él, yo y tu Padre te estamos acompañando.

Tus amigos entenderán, sabes que es cuestión de tiempo. No es fácil, tú lo has dicho, para nadie.

La voz de María se partió, todo su cuerpo aunque tranquilo temblaba dolorosamente. Se acercaba la hora y más que nunca (ella lo sabía) debía y quería acompañar a Jesús, el que para ella nunca había dejado de ser su hijo, a pesar de ser su Señor.

- Madre, -dijo Jesús separándose del pecho de María-, Madre -repitió- mi Padre que me envió me sostendrá, hasta hoy nada lo he hecho solo y Él sabe que ahora por ser hombre me siento débil y frágil, y que lo necesito más que nunca. No dudo de Él.

María sonrió y volvió a abrazarlo. Quedaron largo rato así.

Los dos tenían miedo. Los dos confiaban.
Los dos amaban la voluntad del Padre.
Los dos caminaban, juntos, hacia la cruz.

 

Sor María Magdalena de Jesús o.p.
Monasterio Inmaculada del Valle, Catamarca.
www.iglesia.org



Copyright © 1996-2004 Iglesia.org Todos los derechos reservados
www.iglesia.org


Programación:Dimagin Web Development
Diseño Gráfico:Gonzalo Quesada