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La risa de Dios


El joven quería encontrarse con Dios, y para eso dejó su casa, su familia, sus amigos y dedicó toda su vida a vivir en el convento. Trabajaba en silencio, se sacrificaba, dejó de reír, todo su interés estaba puesto en escuchar a Dios. Cada día cargaba una cruz más grande sobre sus espaldas, una cruz que él mismo se inventaba. No una cruz de madera, sino imaginaria, donde colocaba todos los pecados de los hombres y los suyos propios porque creía que ésa era la forma de acercarse a Dios.

Pasaron los años y el joven, ya hecho hombre, seguía sin alcanzar su objetivo. Entonces, pensó que ya había dedicado una gran parte de su vida a algo que no había conseguido y decidió dejar el convento.

Salió por primera vez después de todos esos años decidido a volver a su hogar. Dejó la cruz que se había inventado en la puerta del convento y comenzó el largo camino de regreso. Atardecía cuando se tiró a descansar debajo de un árbol.

Apareció un peregrino que se sentó junto a él y le ofreció pan, queso y un vaso de vino. ¡Qué bien lo pasaron! Conversaron sin parar, mientras comían, acerca de lo que sucedía en el mundo y los hechos más importantes de los últimos años. ¡Hacía mucho tiempo que el monje no la pasaba tan bien! Una vez que se hizo de noche y el peregrino siguió su camino, el monje recostó la cabeza en su mochila para dormir. Fue en ese momento que le pareció escuchar desde el cielo, una risa. Esas carcajadas resonaban en su corazón con fuerza cada vez mayor y sin saber muy bien por qué, se sentó, y comenzó a rezar dándole gracias a Dios por todo lo que había disfrutado la compañía del peregrino.

Alcanzó en ese momento lo que tanto deseaba, que era encontrarse con Dios porque comprendió que tenía que vivir con alegría y disfrutar todo lo que Dios le regalaba día a día. Por la mañana, regresó al convento, y buscó su cruz, pero la sintió distinta. Desde entonces, comenzó a cantar mientras trabajaba, y a llenar de alegría el convento.

Cuentan que desde pueblos vecinos, cuando la gente estaba muy cansada o con muchos problemas, iba hasta el convento y se sentaba en la puerta para reconfortarse, porque desde ahí, se podía sentir la voz de Dios, o lo que era mejor, su risa.


 


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