«Maestro, te seguiré dondequiera que vayas»
¡Bienaventurada pobreza, que prodiga riquezas eternas a los que la aman y la abrazan! ¡Santa pobreza! A aquellos que la poseen, y la desean Dios promete, con seguridad, el Reino de los cielos que dan la gloria eterna y la vida bienaventurada. Estimada pobreza, que el Señor Jesucristo se ha dignado preferir a toda otra cosa, él que reinaba y reina en el cielo y en la tierra y «por su palabra todo se ha hecho» (Sal 32, 9). En efecto, dice: «los zorros tienen su madriguera y su nido los pájaros del cielo, pero el Hijo del hombre (es decir, Cristo) no ha encontrado donde reclinar su cabeza». Cuando, en fin, ha dejado reclinar su cabeza [sobre la cruz], ha entregado el espíritu. (Jn 19,30).
Puesto que un tan gran Señor ha querido descender al seno de la Virgen, puesto que ha querido presentarse al mundo despreciado, indigente y pobre, a fin de que los hombres indigentes, pobres y hambrientos de manjar celestial, lleguen a ser ricos en él entrando en posesión del Reino de los cielos, exultad de gozo. Regocijaos con gran felicidad y alegría espiritual. Si preferís el desprecio antes que los honores, y la pobreza antes que las riquezas de este mundo, si no confiáis vuestros tesoros a la tierra sino al cielo, donde «no hay polilla ni carcoma que los roan, ni ladrones que abran boquetes y roben» (Mt 6,20), «vuestra recompensa será grande en el cielo» (Mt 5,12).