La resaca
Me ocurrió hace ocho o diez agostos en una localidad de la Sierra de Madrid.
Todas las mañanas, antes de dirigirme al lugar en el que debía celebrar la Santa Misa, daba un largo paseo por el pueblo. Siempre me ha parecido que ese primer contacto con la madrugada es lo mejor del verano. Cuando el sol aún no quema y los pájaros alborotan, todo es más limpio y nítido. Hasta los pocos vecinos que hay en la calle se saludan con cordial complicidad.
Aquel día, sin embargo, había algo sucio en el aire. Lo primero que noté fue el hedor; luego, el estrépito de una máquina. A medida que avanzaba, la fetidez se hacía mayor, y al llegar a la plaza, ya no pude seguir: el pavimento estaba sembrado de toda suerte de inmundicias que incluso ahora me resisto a enumerar: vomitonas, excrementos humanos, preservativos, jeringuillas, botellas rotas…
Un camión de limpieza con una potente aspiradora había empezado a eliminar aquella basura. Había dos empleados con una mascarilla blanca para no contaminarse y un uniforme que recordaba a los que se ven en las centrales nucleares.
Sin embargo me impresionó más la mirada rutinaria de aquellos funcionarios. No había el menor gesto de repugnancia. Hablaban entre ellos de otras cosas, sobre todo del tour.
¿Qué ha pasado aquí? –me atreví a preguntar–.
— Mire dónde pisa –contestó uno–. Es que estamos en fiestas…
Salí de puntillas del basurero y me dirigí a las afueras. En los jardines municipales y en los pequeños parterres había chicos y chicas muy jóvenes durmiendo la mona. No contaré los detalles, que me esforcé en no mirar.
Ya digo: era una localidad de la Sierra, burguesa y tranquila, sin locales nocturnos ni discotecas bacaladeras. Conozco a muchos veraneantes del pueblo, y la mayoría son buenos cristianos. Las misas del domingo se ven bien nutridas, y las fiestas, que terminaban aquel día, están dedicadas a la Santísima Virgen.
Por la tarde estuve en la Iglesia y, al salir, vi a Fede, un tiarrón de veinte años y dos metros de altura, al que conté mi experiencia matutina. Trató de animarme:
Son muy pocos –me dijo–. La mayoría de los chavales no son así…
No, Fede. Son muchos, demasiados. Si esto ocurre aquí, ¿qué pasará en otros sitios?
Fede, que se pagaba la carrera trabajando por las noches como disk-jockey, casi logró convencerme:
El alcohol y las pastillas
En mi mundo también hay tíos muy normales…, como yo –añadió sin el menor pudor–. A veces los traigo a confesar. Lo que pasa es que otros no saben divertirse: necesitan vivir siempre en el límite. La música, cuanto más fuerte mejor, no importa que sea basura. Las bebidas, que te coloquen cuanto antes. Y luego, las pastillas…
No trataré de inventar ahora una conversación, que ya he olvidado. Hablamos del porqué de todo aquello, del sentido de la diversión y de la fiesta; de la tristeza de la resaca.
Supongo que dijimos cosas parecidas a las que ahora pongo sobre el papel: que el hedonismo es, en el fondo, una moral suicida. La búsqueda del placer cada vez más intenso y más urgente, la desesperada obsesión por atrapar cada segundo de la vida y arrancarle hasta la última gota, va creando en jóvenes y viejos una mentalidad paranoide, incapaz de aplacarse, de serenar las ansias de gozar.
Es casi una droga. El toxicómano al menos sabe lo que busca, y quizá es consciente de que aquello que necesita será también lo que acabe por matarle; pero ya no le importa. El hedonista salvaje en cambio padece un síndrome de abstinencia inconcreto y universal. Cualquier placer le vale, pero ninguno le llena porque no lo entiende. No descansa. Y su cuerpo exige experiencias cada día más intensas y más fuertes.
No son todos así
Ya hablamos hace poco de la conexión que existe entre el hedonismo y los espectáculos de sangre y vísceras. Pero como el cuerpo pide marcha, el proceso no termina ahí. Para algunos el placer necesita furia, ruido, incluso la autodestrucción consciente, es decir, la huida histérica de la realidad.
¿Exagero? En todo caso es cierto lo que me dijo Fede: hay muchos que no son así. Los que seguís soportando estos artículos, sabéis que el mejor modo de celebrar una fiesta no es huir, sino fijar los pies en el suelo, para no olvidar lo que se festeja. Sabéis que si la alegría no se comparte, no es alegría. Y que la Virgen Santísima quiere estar en todas las fiestas, como estuvo en Caná, guapísima, elegante, atenta…, y con un vaso de vino en la mano.
Ahora que llega el verano, no la echéis, por favor. La resaca sería terrible.
Enrique Monasterio
Un safari en mi pasillo
Gentileza de Fluvium.org
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