La ruta de la interioridad
¿Se puede hablar de una escuela de contemplación?
PRIMERA PARTE

Este es un interrogante válido y necesario.
Orar es vivir en comunión con Dios Padre.
Es vivir a Dios como Padre y comunicarnos con El desde nuestra propia vida y en los momentos en los que explícitamente nos reservamos para dialogar con El.
Los niños no necesitan ninguna escuela para aprender a hablar con sus padres. Comienzan a entablar un auténtico "diálogo" con quienes les han dado vida. Primeramente lo hacen a través de la mirada y la sonrisa. Después, poco a poco, por medio de palabras balbucientes, "a medio decir". Más adelante hablan. Nadie les enseña, lo van aprendiendo en la vida.
Por ello se cuestiona el hecho de plantear una escuela de oración, y más aún si lo que se pretende es buscar una escuela de contemplación. ¿Tiene sentido hacerlo? ¿No es acaso algo que se va aprendiendo espontáneamente al vivir y expresar la fe, la esperanza y el amor como actitudes esenciales de nuestra relación con Dios? ¿Qué es, pues, lo que justifica una escuela de contemplación?
Empezaremos diciendo que hay muchos cristianos que oran sin saberlo, y que viven la contemplación de modo inconsciente. Su vida de fe es sincera y profunda, su relación con Dios es constante e ininterrumpida. Va más allá de las palabras o del silencio. Viven la oración como un don gratuito del Espíritu Santo. Es algo espontáneo connatural a su vida de fe.
Pero también es cierto que hay cristianos que desconocen la necesidad vital de orar siempre y en todo lugar, o no saben cómo hacerlo, o no lo valoran porque no han tenido la ocasión de explicitar lo que viven en su corazón creyente.
Otros cristianos necesitan encontrar caminos para la expresión de su vida de fe, expresión que nace del hecho de creer y que, a su vez, alimenta la fe, y con ella la esperanza-confianza en Dios y el amor a los hermanos y al mismo Dios Padre.
Por otra parte se desconoce la posibilidad de vivir una vida de profunda contemplación. Es la oración profunda que se traduce en una actitud orante en la propia vida. Es la oración ininterrumpida del alma. Es un don del Espíritu Santo que lleva al creyente a orar desde el silencio que es fuente de comunión interior con el Señor.
Hemos de valorar la oportunidad que tenemos de ofrecer a los que sienten la llamada a la oración unas sendas y pasos seguros para vivirla a fondo, con una disponibilidad total y plena a la acción del Espíritu.