La conversión de San Pablo
Saulo, llamado más tarde Pablo, era natural de Tarso. Era
un hebreo bien formado en la Ley de Moisés con el fariseo
Gamaliel. Ingresó a la severa secta de los fariseos,
convirtiéndose en un perseguidor y enemigo de Cristo. Lo
apasionado de su persecución lo llevó a ofrecerse al
sumo sacerdote, luego de haber tomado parte en la lapidación
del diácono Esteban, para ir a Damasco a arrestar a todos los
judíos que confesaran a Jesús.
Pablo salió a “perseguir a Dios”, y en cambio
Dios se presentó en su camino para invitarlo a entrar en una
vida nueva. Pablo se convierte por la gracia de Dios y por su propio
sí al señor. Dios le cambia completamente sus planes:
lo elige como instrumento para llevar su Palabra a los paganos, y no
precisamente con el requisito previo de su incorporación al
pueblo de Israel y su ritual. El apóstol fue llamado a ser
puente vivo entre la antigua ley de Moisés y la nueva ley de
Cristo.
La Sagrada Biblia, en el capítulo 9 de los Hechos de los
Apóstoles, narra la Conversión de San Pablo:
“Saulo, respirando amenazas de muerte contra los discípulos
del Señor, se presentó al Sumo Sacerdote y le pidió
cartas de recomendación para las sinagogas de los judíos
de Damasco, para que si encontraba algunos seguidores de Cristo, los
pudiera llevar presos y encadenados a Jerusalén.
Y sucedió que yendo de camino, cuando estaba cerca de
Damasco, de repente le rodeó una luz venida del cielo; cayó
en tierra y oyó una voz que le decía: “Saulo,
Saulo, ¿Por qué me persigues?”. El respondió:
¿Quién eres tú Señor? Y oyó que le
decían: “Yo soy Jesús a quien tú
persigues. Pero ahora levántate; entra en la ciudad, y allí
se te dirá lo que tendrás que hacer”
El diálogo entre el Señor y Saulo significó un
cambio total de vida, una conversión, un giro. Saulo queda
ciego, pero por primera vez en su vida, una inmensa luz invade su
corazón. Es la luz de Cristo de la que, desde ahora, dará
testimonio con su personalidad arrebatada y apasionada.
Y continúa el relato de los Hechos de los apóstoles:
Los que lo acompañaban se detuvieron mudos de espanto, pero no
veían a nadie. Saulo se levantó del suelo, y aunque
tenía los ojos abiertos no veía nada. Lo llevaron de la
mano y lo hicieron entrar en Damasco. Pasó tres días
sin comer y sin beber.
Había en Damasco un discípulo llamado Ananías.
El Señor le dijo en una visión: “¡Ananías!”
El respondió: "Aquí estoy Señor" y el
Señor le dijo: "Levántate. Vete a la calle Recta y
pregunta en la casa de Judas por uno de Tarso que se llama Saulo;
mira: él está en oración y está viendo
que un hombre llamado Ananías entra y le coloca las manos
sobre la cabeza y le devuelve la vista.”
Respondió Ananías y dijo: "Señor, he
oído a muchos hablar de ese hombre y de los males que ha
causado a tus seguidores en Jerusalén, y que ha venido aquí
con poderes de los Sumos Sacerdotes para llevar presos a todos los
que creen en tu nombre".
El Señor le respondió: "Vete, pues a éste
lo he elegido como un instrumento para que lleve mi nombre ante los
que no conocen la verdadera religión y ante los gobernantes y
ante los hijos de Israel. Yo le mostraré todo lo que tendrá
que padecer por mi nombre".
Fue Ananías. Entró en la casa. Le colocó sus
manos sobre la cabeza y le dijo: "Hermano Saulo: me ha enviado a
ti el Señor Jesús, el que se te apareció en el
camino por donde venías. Y me ha enviado para que recobres la
vista y seas lleno del Espíritu Santo". Al instante se le
cayeron de los ojos unas como escamas y recobró la vista. Se
levantó y fue bautizado. Tomó alimento y recobró
las fuerzas.
Estuvo algunos días con los discípulos de Damasco y
enseguida se puso a predicar en favor de Jesús, en las
sinagogas o casas de oración, y decía que Jesús
es el Hijo de Dios. Todos los que lo escuchaban quedaban admirados y
decían: ¿No es éste el que en Jerusalén
perseguía tan violentamente a los que invocaban el nombre de
Jesús? Y ¿No lo habían enviado los Sumos
Sacerdotes con cartas de recomendación para que se llevara
presos y encadenados a los que siguen esa religión? "Pero
Saulo seguía predicando y demostraba a muchos que Jesús
es el Mesías, el salvador del mundo".
Saulo se cambió el nombre por el de Pablo. Y en la carta a
los Gálatas él mismo nos relata su conversión:
"Cuando Aquél que me llamó por su gracia me envió
a que lo anunciara entre los que no conocían la verdadera
religión, me fui a Arabia, luego volví a Damasco y
después de tres años subí a Jerusalén
para conocer a Pedro y a Santiago". Las Iglesias de Judea no me
conocían pero decían: "El que antes nos perseguía,
ahora anuncia la buena noticia de la fe, que antes quería
destruir". Y glorificaban a Dios a causa de mí.
Pablo dirá también: "Todo lo que para mi era
ganancia, lo tengo por pérdida comparado con Cristo. Todo lo
tengo por basura con tal de ganar a Cristo. Sólo una cosa me
interesa: olvidando lo que queda atrás y lanzándome a
lo que está delante, corro hacia la meta, hacia el galardón
de Dios, en Cristo Jesús".
Normalmente los llamamientos del Señor son mucho más
sencillos que el de Pablo. Suelen ser como una suave brisa. Pero
todos tenemos nuestro camino de Damasco. A cada uno nos sale al
encuentro el Señor desde el recodo más inesperado del
camino. Él nos espera.
El llamamiento tan espectacular que recibe Pablo no quita valor a
su seguimiento. Pablo podría haberle dicho que no al Señor
como lo hicieron otros personajes que aparecen en el Evangelio, y que
incluso vivieron con Jesús, como el joven rico y Judas
Iscariote. Pablo en cambio se rindió, respondiendo con
docilidad: "¿Qué debo hacer, Señor?"
(Hechos 22, 10).
Pidámosle al Señor, Dios Nuestro, un corazón
dócil como el de Ananías, pronto a decir que sí
a la misión que Dios le encomendaba, a pesar de no
comprenderla.
Pidámosle también al Señor que, muriendo a la
antigua vida de pecado como lo hizo Pablo, podamos llevar su
Evangelio con nuestra vida.
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