Sacramentos cristianos y Eucaristía
El tesoro más grande que ha recibido el pueblo de Dios, además de la Palabra, son los sacramentos. Los sacramentos son símbolos del misterio salvífico de Cristo, a través de los cuales sentimos la presencia de Dios y experimentamos su amor y acción transformadora.
En el Concilio Vaticano II (el acontecimiento más significativo de la historia de la Iglesia durante el siglo XX y quizá de su segundo milenio) entra el aire fresco del Espíritu en la Iglesia. El desarrollo de un proceso de autoconocimiento y reflexión sobre sí misma, iluminado por el Espíritu Santo, la lleva a autopercibirse como servidora del mundo, al cual se abre. Esta imagen suya de servicio estaba muy deslucida después de varios siglos en que, al menos desde fuera, se veía a la Iglesia más como poder jerárquico que como la humilde servidora que tiene que ser (…).
Las decisiones de los padres conciliares han tenido una importancia clave para el desarrollo de la Iglesia a partir de 1965 (año de clausura del Concilio) y para el tema de los Sacramentos cristianos.
La Reforma litúrgica del Concilio Vaticano II
La Constitución Sacrosanctum Concilium (SC), sobre la sagrada liturgia, es el primer documento aprobado por el Concilio, promulgado el 04 de diciembre de 1963 en la segunda etapa conciliar. SC plantea la principal reforma litúrgica del segundo milenio, cuya finalidad fundamental era:
«Acrecentar de día en día entre los fieles la vida cristiana, adaptar mejor a las necesidades de nuestro tiempo las instituciones que están sujetas a cambio, promover todo aquello que pueda contribuir a la unión de cuantos creen en Jesucristo y fortalecer lo que sirve para invitar a todos los hombres al seno de la Iglesia» (SC 1).
La liturgia es el conjunto de signos sensibles y eficaces de la santificación y del culto de la Iglesia, mientras los sacramentos son símbolos sensibles y eficaces instituidos por Cristo para comunicar la gracia. Una de las aportaciones importantes de la SC es la de rechazar toda oposición y separación entre liturgia y sacramento (…). Todo sacramento requiere una expresión litúrgica y toda liturgia tiene una dimensión sacramental y gravita en torno a un núcleo sacramental.
Misterio Pascual
El Vaticano II cambia «... la interpretación escolástica de sacramento, por (…) la de Misterio. La liturgia vuelve ahora a entenderse como la `celebración de los misterios´ o la celebración del ministerio cristiano, según dicen los mismos textos litúrgicos» (1).
La categoría de Misterio pascual, propia de san Pablo y de los Padres de la Iglesia, constituye una de las recuperaciones más importantes de la teología del siglo XX. Es continuamente mencionada en los documentos del Concilio, especialmente en la Constitución Sacrosanctum Concilium, que la ubica a la base de sus reflexiones sobre la Liturgia.
El misterio, atendiendo a su etimología, es el ámbito de lo impronunciable, aquello que trasciende y supera al hombre. Por lo tanto, no es objeto de conocimiento sino de revelación. En el Nuevo Testamento «misterio» designa el gran secreto de la sabiduría de Dios, del plan divino sobre la historia de los hombres, que sólo puede ser revelado en su Palabra definitiva que es Cristo (2).
El misterio es Dios en sí mismo, inaccesible al hombre, que Él mismo revela por amor y que encuentra su plena realización en Cristo, en el Misterio pascual.
El término misterio, aplicado al sacramento, lo interpreta como la historia salvífica hecha presente, actualizada a través de ciertos signos y gestos de la Iglesia (SC 16), a través de la palabra (SC 7, 24, 33) y el memorial (SC 47, 102, 106).
«Dicho de otro modo: el sacramento, la liturgia, es un acontecimiento salvífico, es la acción de Dios realizada por Cristo en el Espíritu tal como acaece en el aquí y ahora de la Iglesia reunida en asamblea. Es el Misterio pascual. El Padre que realiza su paso por en medio del pueblo y hace pasar a ese pueblo suyo de la situación de pecado y muerte a la de vida y plenitud en Cristo» (3).
(…)«El signo sacramental no es mero signo, ni el memorial es mero memorial, recuerdo subjetivo, ni la palabra es mera palabra, un simple decir o hablar. Estas tres categorías (signo, memoria y palabra) que constituyen como la infraestructura de la realidad sacramental, son recuperadas ahora en su densidad (…). Se recupera el sentido eficaz de la palabra, el valor realista del símbolo y el carácter actualizador del memorial (zakar) veterotestamentario» (4).
Como consecuencia de lo anterior, la constitución litúrgica destaca el carácter de actualización o presencialización que tiene el sacramento; la liturgia y el sacramento reaparecen como el misterio de la Presencia.
Los padres conciliares ven toda la salvación de Dios concentrada en la Pascua, centro de la historia de salvación y en su celebración. Ése es el sentido del misterio. De ese Misterio pascual, -la Pascua y su celebración- surge la Iglesia, la cual aparece como sacramento, como la comunidad de los que celebran esa Pascua.
La Constitución Sacrosanctum Concilium en su apartado 5 presenta la obra de la salvación realizada por Cristo, enviado por el Padre en la plenitud de los tiempos, como mediador entre Dios y los hombres. En él «se realizó plenamente nuestra reconciliación y se nos dio la plenitud del culto divino», mediante «el misterio pascual de su bienaventurada pasión, resurrección de entre los muertos y gloriosa ascensión», y «del costado de Cristo dormido en la cruz nació el admirable sacramento de la Iglesia entera».
En Sacrosanctum Concilium, apartado 6, afirma que la obra de salvación, continuada por la Iglesia, se realiza en la liturgia. Así como el Padre envió a Cristo, éste envía a los apóstoles a predicar la salvación por el Evangelio y a «realizar la obra de salvación que proclamaban mediante el sacrificio y los sacramentos, en torno a los cuales gira toda la vida litúrgica». La Iglesia vive del continuo celebrar el Misterio pascual. «Desde entonces, la Iglesia nunca ha dejado de reunirse para celebrar el Misterio pascual: leyendo cuanto a él se refiere en toda la Escritura (Lc 24, 27), celebrando la Eucaristía, en la cual `se hacen de nuevo presentes la victoria y el triunfo de su muerte´, y dando gracias al mismo tiempo a Dios por el don inefable (2 Co 9, 15) en Cristo Jesús para alabar su gloria (Ef 1, 12) por la fuerza del Espíritu Santo».
En los años posteriores al Concilio, la reflexión ha echado de menos la escasa mención que se hace del Espíritu Santo en los documentos conciliares. Ahora se ha tomado mayor conciencia de que la fuerza que actualiza al signo, al memorial y a la palabra es el Espíritu del Señor. «El Espíritu les recordará todo lo que les he dicho» (Jn 14, 26). Él renueva todas las cosas (Sal 103, 30). Él devuelve a la vida, a la actualidad lo que estaba muerto. Cristo es resucitado por el Espíritu. (Rm 8, 11-12; 1 Pe 3, 18).
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NOTAS
(1) L. Maldonado, «Liturgia, sacramentos y religiosidad popular», Ed. Cristiandad, Madrid, 1985.
(2) Cf. Rm 16, 25-26; Col 1, 25-26; 2,2; Ef 1, 9-10; 3,1-4,9
(3) L. Maldonado, ob. Cit
(4) Ob. Cit