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Carta Pascual


I Su corazón, granada dehiscente.
Partimos la granada
y toda la dulzura se derrama
con un sabor de lágrimas
que se vuelve alegría.

¿Cómo saber el corazón de Cristo
si no por esa lanza del soldado?
El que muere está vivo para siempre.

¡Cristo ha resucitado!
Y, verdaderamente, era
y es el Hijo de Dios.

II También nosotros renacimos
en el baño de sangre.

Es El mismo. Es el mismo
que por tres días
se durmió en el sepulcro.

Su cuerpo deslumbrante
atraviesa el cristal de nuestra fe,
con las marcas gloriosas
de los clavos, la ventana del pecho
por donde espiamos al Amor.

III Bebemos de la fuente
que mana vida eterna
Y seremos saciados, si sus ojos
se clavan en los nuestros para siempre.

Aleluya en la Pascua, en la frescura
de la primer mañana.

Lavemos nuestros ojos para verla.

Aleluyas eternas para el Cristo
que sigue vivo y nos convida
a creerlo sin ver, para la dicha.

Y nos regala, con su Pan de Vida
la Paz que no da el mundo

para que seamos Uno
como El con el Padre y el Espíritu
en la luz y el misterio de su Cuerpo.

Edmundo García Caffarena
Pascua de Resurrección 1994
Año Eucarístico Nacional
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