Santo Tomás Apóstol
FIESTA: 3 DE JULIO
Santo Tomás es uno de los doce hombres que Jesús eligió
y preparó para la predicación de la Buena Nueva. Tomás
es conocido por su incredulidad y acto de fe consiguiente, ante la noticia de
la Resurrección de Jesús. Hay además, otros dos hechos
específicos que lo caracterizan, también narrados en el santo
evangelio.
El primero de estos sucesos ocurre cuando Jesús se dirige
por última vez a Jerusalén, donde, según lo que
Él mismo les había ido anunciando a sus Apóstoles,
sufriría la Pasión y muerte en Cruz. Los discípulos
sienten temor y le dicen a Jesús: “Los judíos
quieren matarte y ¿vuelves allá?” (Jn 11, 8).
Ellos no podían comprender que Jesús se arriesgase. Lo
amaban y no querían perderlo. Pero no se daban cuenta que
Jesús debía “beber este cáliz” para
completar la obra de la Redención. Como si fuera poco, Tomás
todavía agrega: “Vayamos también nosotros y
muramos con Él” (Jn 11, 16).
En medio del temor, Tomás, viendo que no va a convencer al
Maestro de que se desvíe del camino, exhorta a los demás
a morir con Jesús. Nosotros, los cristianos, también
queremos morir con Cristo. No lo queremos abandonar ni romper nuestra
fidelidad, aún en las dificultades. Pidámosle a Tomás
ayuda para que siga prendido en nuestra alma este deseo.
La segunda intervención de Tomás sucedió
durante la Última Cena. Jesús les dijo a los apóstoles:
“A donde Yo voy, ya sabéis el camino” (Jn 14, 4).
Y Tomás le respondió: “Señor: no sabemos a
donde vas, ¿cómo podemos saber el camino?” (Jn.
14, 5). No comprendían el camino de Jesús. La Cruz es
un misterio de amor demasiado grande para nosotros. Ante el regalo de
la Redención, cualquier explicación es insuficiente.
Tomás se queda exhorto ante este misterio, casi “locura”
del amor de Dios. Y no calla, le presenta a Jesús sus dudas y
su incapacidad de comprender.
Nosotros tampoco comprendemos, nos cuesta entregarnos por amor en
cada momento, como lo hace Jesús. Nos cuesta tomar nuestra
Cruz. A veces, las dificultades o el sentirnos solos o desconsolados
nos ensordecen a este misterio. Nos cuesta creer que, aun en el
dolor, podemos ser felices.
Esta pregunta de Tomás, nos merece tal afirmación
que Jesús hace sobre sí mismo: “Yo soy el Camino,
la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí” (Jn
14, 6).
Cuando no encontremos el sentido a la vida, dejemos que resuenen
en nuestro corazón estas palabras de Jesús. Él
es nuestra respuesta, en Él hayamos el sentido que buscamos.
Jesús no solamente nos indica el camino, si no que nos dice
que Él mismo es el camino, siguiéndolo a Él ya
no andaremos en tinieblas.
El protagonismo de Tomás se encierra aún más
en su duda acerca de Jesús resucitado y su admirable profesión
de fe cuando lo vio.
Nos relata San Juan en el capítulo 20, que la primera vez
que se aparece Jesús resucitado a los Apóstoles, Tomás
no estaba con ellos. Probablemente, se hubiera apartado de los demás
Apóstoles, lleno de temor y desesperanza, después de
la aparente derrota de Jesús en la Cruz. Quizá, bajo
tanta tristeza, quería sufrir solo o intentar olvidar las
promesas.
Los demás Apóstoles, ante la evidencia de tener ante
sí a Jesús, no dudan que resucitó
verdaderamente, tal como se los había anunciado. Ellos van en
busca de Tomás y con alegría le anuncian: “Hemos
visto al Señor” (Jn 20, 24). Pero Tomás no les
cree, le parece demasiado maravillosa la noticia como para ser
real, y les responde: “si no veo en sus manos los agujeros de
los clavos, y si no meto mis dedos en los agujeros sus clavos, y no
meto mi mano en la herida de su constado, no creeré”(Jn
20, 25). Necesita ver y palpar que este Jesús que triunfa
sobre la muerte es el mismo que aquél de la Cruz.
A pesar de su incredulidad, se vuelve a unir al grupo de los doce.
El Señor, respetando nuestra libertad, desea encontrarnos una
y otra vez; y así se hace presente nuevamente y le habla a
Tomás: “Acerca tu dedo: aquí tienes mis manos.
Trae tu mano y métela en la herida de mi costado, y no seas
incrédulo sino creyente” (Jn 20, 27). Tomás al
verlo, desde lo profundo, exclama: “Señor mío y
Dios mío”(Jn 20, 28). Este acto de fe y de amor, de
conversión, es el reconocimiento de Cristo, como Dios y como
su Señor, de Cristo como la luz que prende en medio de la
tinieblas de la incredulidad y desesperanza.
Jesús le dijo: “Has creído porque me has
visto. Dichosos los que creen sin ver” (Jn 20, 29). Nos tendrá
presente a cada uno de nosotros que no podemos ver físicamente
a Jesús; que, como Tomás, también creemos y
dudamos. Su incredulidad fue provechosa para nosotros, ya que fue un
signo de que Jesús resucitó verdaderamente, confirmando
una vez más nuestra fe.
Este encuentro marcó a Tomás, quien se afirmó
en su fe hasta el fin. La Tradición nos dice que Tomás
en los últimos años de su vida estuvo evangelizando en
Persia y en la India, y que allí sufrió el martirio
dando testimonio de su fe en Jesús resucitado.
Desde el siglo VI se celebra el día tres de julio el
traslado de su cuerpo a Edesa.
Petición: “Señor, auméntanos la fe y
enséñanos a convertir nuestro corazón,
repitiendo a diario la respuesta de Tomás: “Señor
mío y Dios mío”.
Mariana Canale
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