Los beatos Luigi y María Beltrame Quattrocchi
Un ejemplo de santidad en el matrimonio
Luigi Beltrame Quattrocchi nació en Catania el 12 de enero de 1880 y
Maria Corsini en Florencia el 24 de junio del año siguiente.
María era profesora y escritora, comprometida en varias asociaciones,
como la Acción Católica Femenina o los Scouts, y apasionada por
la música. Luigi fue un brillante abogado que culminó su carrera
siendo vice-abogado general del Estado italiano.
Se conocieron en Roma cuando Luigi era recién licenciado. Él
descubrió en Maria a una joven alegre, valiente y decidida.
Contrayeron matrimonio en la basílica Santa María la Mayor el
25 de noviembre de 1905, recibiendo así, con docilidad, la gracia matrimonial,
que los llevó a santificarse apoyándose el uno en el otro, y a
acoger con alegría los hermosos frutos de su amor: cuatro hijos, a quienes
cubrieron con todo tipo de afecto y educación, y un hogar alegre, corriente
y generoso, que supo acoger en su casa a muchos refugiados durante la segunda
guerra y organizar grupos de "scouts" con muchachos de los barrios
pobres de Roma durante la postguerra.
La vida matrimonial fue para ellos camino de crecimiento espiritual. De hecho,
antes de casarse, Luigi no vivía su fe cristiana con especial fervor,
aunque era un buen hombre, recto y honesto. Ella, en cambio, ya tenía
una intensa experiencia de fe. A través de la vida matrimonial y con
la decisiva ayuda de un director espiritual, también él se echó
a correr y ambos alcanzaron una profunda vida interior. Siendo una pareja normal,
supieron convertir su trabajo en servicio habitual a los demás y volcaron
todo su cariño en la vida familiar. Los dos esposos -explicó el
Papa durante la homilía de la beatificación- fueron cristianos
convencidos, coherentes y fieles a su propio bautismo; fueron personas de esperanza,
que supieron dar el justo significado de las realidades terrenas, con la mirada
puesta siempre en la eternidad. Hicieron de su familia una auténtica
Iglesia doméstica, abierta a la vida, a la oración, al testimonio
del Evangelio, al apostolado social, a la solidaridad hacia los pobres, a la
amistad.
Estos esposos vivieron a la luz del Evangelio y con gran intensidad humana
el amor conyugal y el servicio a la vida -continua el Santo Padre-. Asumieron
con plena responsabilidad la tarea de colaborar con Dios en la procreación,
dedicándose generosamente a los hijos para educarles, guiarles, orientales,
en el descubrimiento de su designio de amor.
Sus hijos fueron Filippo (Padre Tarcisio) nacido en 1906; Stefania nacida en
1908 y fallecida en 1993; Cesare (Padre Paolino) nacido en 1909; y Enrichetta,
la menor, que nació en 1914.
Stefania y ambos muchachos abrazaron la vida religiosa. Ellos, con más
de noventa años, se encontraban entre los sacerdotes que concelebraron
la Santa Misa de beatificación de sus padres con el Papa Juan Pablo II,
en la misma Iglesia donde, hace casi cien años atrás, Luigi y
Maria se habían casado. La última hija, Enrichetta, se sentaba
entre los peregrinos que llenaron hasta los topes el templo más grande
de la cristiandad.
Sus hijos recuerdan que la vida de sus padres fue sencilla, como la de muchos
matrimonios, pero marcada siempre por el sentido sobrenatural. El aspecto que
caracterizaba nuestra vida familiar -recuerda el hijo mayor- era el clima de
normalidad que nuestros padres habían suscitado en la búsqueda
habitual de valores trascendentes.
Los dos nuevos beatos -agregó el Santo Padre- vivieron una vida ordinaria
de manera extraordinaria. Entre las alegrías y las preocupaciones de
una familia normal, supieron realizar una existencia extraordinariamente rica
de espiritualidad. En el centro, la eucaristía diaria, a la que se añadía
la devoción filial a la Virgen María, invocada con el Rosario
recitado todas las noches, y la referencia a sabios consejos espirituales.
El heroísmo de la pareja se puso a prueba cuando esperaban a Enrichetta,
la última de sus dos hijas, y los médicos diagnosticaron una complicación
gravísima que aconsejaba abortar. Las posibilidades de supervivencia
de la madre eran de un 5 por ciento, pero ambos prefirieron arriesgarse. Enrichetta
nació en 1914 y tiene hoy 87 años.
Ella destaca el cariño que se vivía en su casa: Es obvio pensar
que, en ocasiones, experimentaban divergencias de opinión, pero nosotros,
sus hijos, nunca pudimos constatarlas. Los problemas los resolvían entre
ellos, con diálogo, de modo que una vez concordada la solución,
el clima siguiera siendo sereno.
Su hijo Cesare, de 92 años, quien al abrazar la vida religiosa asumió
el nombre de Paolino, recuerda con estas palabras la figura de sus padres: Si
bien nunca había imaginado que un día serían proclamados
santos por la Iglesia, puedo afirmar sinceramente que siempre percibí
la extraordinaria espiritualidad de mis padres. En casa, siempre se respiró
un clima sobrenatural, sereno, alegre, no beato. Independientemente de la cuestión
que debíamos afrontar, siempre la resolvían diciendo que había
que hacerlo "de tejas para arriba".
Dice también el Santo Padre en la homilía: La riqueza de fe y
amor de los esposos Luis y María Beltrame Quattrocchi es una demostración
viva de lo que el Concilio Vaticano II afirmó acerca de la llamada de
todos los fieles a la santidad, especificando que los cónyuges persiguen
este objetivo "siguiendo su propio camino". Esta precisa indicación
del Concilio se realiza plenamente hoy con la primera beatificación de
una pareja de esposos: practicaron la fidelidad al Evangelio y el heroísmo
de las virtudes a partir de su vivencia como esposos y padres. En su vida, como
en la de tantos otros matrimonios que cumplen cada día sus obligaciones
de padres, se puede contemplar la manifestación sacramental del amor
de Cristo a la Iglesia.
El ejemplo de este matrimonio modelo, habla a todas las familias. Nos confirma
que es posible recorrer el camino hacia la santidad, a la que todos estamos
llamados, en el matrimonio y en la vida familiar.
Sigamos el ejemplo de Luigi y Maria, e invoquemos a su intercesión para
que nos den fuerza en medio de las dificultades, en este momento en que los
valores de la familia se encuentran tan trastocados. Ellos supieron alcanzar
la felicidad en medio de las realidades terrenas, pero con los ojos siempre
puestos en la eternidad. Este camino es posible, hermoso y extraordinariamente
fecundo.