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San Juan de Dios (1495-1550)

Fiesta: 8 de marzo

Un alma ardiente del amor de Dios, dedicado a una verdadera “locura de amor” que lo llevó a orientar toda su vida a la ayuda de los enfermos más miserables, por amor a Jesús escondido en ellos.


Juan de Dios nació en Portugal, en el seno de una familia pobre y cristiana. Raptado cuando era aún un niño, fue arrastrado a España, donde empieza una larga trayectoria. En su juventud fue pastor en una estancia. El dueño, que lo apreciaba mucho, le propuso que se casara con su hija, y así quedaría como heredero de aquellas tierras. Pero Juan, en el fondo de su alma, comenzaba a percibir que Dios lo llamaba a algo diferente que aún desconocía, y se marchó de allí. Tenía la certeza de que, llegado el momento preciso, Dios le hablaría.
Juan se unió al ejército donde se hizo fuerte, resistente y sufrido. Allí fue injustamente condenado a muerte por una falsa acusasión de robo. Atravesando la oscura noche que lo llevaría a su desdichado fin, surgió una claridad: era una visión de la Virgen María que le decía: “Confía en mí. Yo te salvaré”. En su alma reinaba la paz, no dudó en que la Virgen lo iba a ayudar. Y así fue, estaba a punto de ser ahorcado, cuando una intervención logró dar un giro a los hechos. Sin duda, la Virgen había hecho su parte, socorriendo a este inocente.
Una vez retirado de la vida militar, se dedicó a ser vendedor ambulante de libros. En cierta ocasión se encontró a un niñito muy pobre que estaba solo y lastimado. Se ofreció bondadosamente a ayudarlo y, cargándolo sobre sus hombros, lo llevó. Juan pensaba “Así querría yo llevar a mi Salvador. Entonces me indicaría el camino que tengo que seguir”, es que Juan deseaba conocer la Voluntad de Dios para obrarla. El niño se descubrió como Jesús y le manifestó “Juan de Dios, Granada será tu cruz”, y desapareció.
Juan no vaciló en dirigirse a Granada. Jesús lo invitaba, como a cada uno de nosotros, a tomar su Cruz. Sin ella no podemos seguirlo. No se nos dice que no tendremos cruz y tribulaciones, sino que tendremos gozo a pesar de ellas. Tendremos el gozo de cargar, tal como lo hizo Jesús y con Su ayuda, la Cruz, que es el triunfo del amor hasta el extremo.
Estando Juan en Granada, vino a predicar el Padre Juan de Ávila. Dios, valiéndose de las palabras de este sacerdote, habló al corazón de Juan. Ahora él comprendía que su vocación consistía en asistir a los más necesitados por amor a Dios. Él sería una llama ardiente que curaría las heridas del Rey crucificado.
Juan, cayendo de rodillas, empezó a gritar: “Misericordia Señor, que soy un pecador”. Es que las tinieblas de su corazón no se habían disipado del todo, pues se sentía indigno e incapaz de cumplir semejante misión.
En un nuevo encuentro con Juan de Ávila, éste le hizo comprender que no hay que valer algo para trabajar en la obra de Dios, Él puede obrar milagros a través de las manos del hombre. Sólo encuentra la paz quien nada espera de sí mismo, y todo lo espera del poder y bondad de Dios.
Juan se pone en marcha: alquila una casa vieja y allí empieza a recibir a cualquier enfermo, mendigo o desamparado que le pida su ayuda. Durante todo el día atiende a cada uno con todo cariño, haciendo de enfermero, cocinero, amigo y hermano. Por las noches sale a la calle pidiendo limosnas para sus pobres, gritando “¡Haced el bien hermanos, para vuestro bien!” Algunas personas de buen corazón le ofrecen lo que pueden.
Cada vez que estaban en apuros extremos, providencialmente se acercaba un corazón generoso y les daba más de lo que habrían pedido. Además aumentaba el número de personas que, movidas por el ejemplo de la caridad de Juan, dejaban todo para ayudarlo en su obra.
Un día se incendió el hospital y Juan de Dios venció su miedo por amor a sus hermanos, entrando por entre las llamas a sacar a los enfermos. Sin embargo, milagrosamente, no sufrió quemaduras.
Otro día bajaban arrastrados por el río enormemente crecido, muchos troncos. Juan los necesitaba para que sus pobres no pasaran tanto frío y los fue a sacar; pero uno de sus compañeros, muy joven, se adentró imprudentemente entre las violentas aguas y se lo llevó la corriente. El santo se lanzó al agua para salvarle la vida, y como el río bajaba casi helado, esto le hizo daño y empezó a sufrir espantosos dolores.
Después de tantos trabajos, ayunos y noches en vela por ayudar a sus enfermos, la salud de Juan de Dios se debilitó totalmente. El hacía todo lo posible para que nadie se diera cuenta de los espantosos dolores que lo atormentaban día y noche, pero al fin no pudo simular más.
Ya gravemente enfermo y en cama, se levantó por última vez para arrodillarse ante un gran Crucifijo y rezar: “Ahora por fin voy a volver a mi patria, después de todas las peregrinaciones de mi vida. Jesús mío, pongo mi alma entre tus manos”. Y allí murió, al pie de la Cruz. Corría el día 8 de marzo de 1550.
Juan de Dios era tan humilde que, siendo un gran santo, despojado de todo, se creía el más indigno pecador. Juan de Dios murió, pero su obra traspasó las fronteras de España y de su tiempo: desde hace más de cuatro siglos y en todos los continentes, la Obra Hospitalaria de San Juan de Dios alberga el sufrimiento humano, ocupándose de la curación del cuerpo y del alma, haciendo el bien a tantos hermanos.

 

Oremos

“Padre de misericordia, que concediste a San Juan de Dios un gran amor y compasión hacia los pobres y los enfermos, haz que también nosotros sirvamos a nuestros hermanos con espíritu de caridad y merezcamos, por ello, ser colocados a tu derecha en el día del retorno de tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén”


Propósito

Aprendamos a ver a Jesús en todo enfermo y necesitado, como Él mismo nos lo enseña: “Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme”. (Mt 25, 35-36) “En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 40).

Pensemos en un familiar que se encuentre enfermo o solo, en un amigo que sufre, en un hijo que necesita que le prestemos atención, en un vecino que pase hambre... en ellos Jesús nos espera ansioso.

 


Bibliografía

- Hünermann, Wilhelm, “El mendigo de Granada – Vida de San Juan de Dios”, Ed. Palabra, Madrid, 1995.

- “Liturgia de las horas para los Fieles”, Ed. Obra nacional de la Buena Prensa, México, 1998.


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