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San Luis Gonzaga


San Luis Gonzaga nació en Castiglione, Italia, en 1568. Fue Luis el mayor de los ocho hijos del matrimonio Ferrante Gonzaga.
De muy niño parecía que su camino iba a ser el de las armas, ya que le encantaba tratar con los soldados y hasta tomar en su mano alguna de las armas que podía. Su padre, el Marqués de Gonzaga, estaba contento pensando en que haría ilustre su apellido y su rango en la carrera militar. Pero otros eran los designios de Dios.
Siendo niño sin saber lo que decía, empezó a repetir palabras groseras que les había oído a los soldados, hasta que su maestro lo corrigió. También, en cierta ocasión, por imprudencia juvenil, hizo estallar un cañón con grave peligro de varios soldados, y hasta llegó a quemarse su rostro. De estos dos pecados lloró y se arrepintió toda la vida.
A los doce años pasaba largas horas ensimismado en la oración y trato divino. Huía siempre que podía de todos los pasatiempos mundanos y de todos los festejos que abundaban en su ambiente y en su misma casa. Cuenta un criado que cuando le llamaban con su título de príncipe y señor, les decía con gran amabilidad: “Servir a Dios es más glorioso que poseer todos los principados de la tierra”.
Su director espiritual le aconsejó tres medios para llegar a ser santo: 1º. Frecuente confesión y comunión. 2º. Mucha devoción a la Santísima Virgen. 3°. Leer vidas de Santos.
Cuando iba a hacer o decir algo importante se preguntaba: “¿De qué sirve esto para la eternidad?” y si no le servía para la eternidad, ni lo hacía ni lo decía.
Una vez en Madrid, arrodillado ante la imagen de Nuestra Señora del Buen Consejo, se siente llamado a ingresar en la Compañía de Jesús. Le pidió permiso a su padre para hacerse religioso, pero él no solo no lo dejó, sino que lo llevó a grandes fiestas y a palacios y juegos para que se le olvidara su deseo de ser sacerdote. Después de varios meses le preguntó si todavía seguía deseando ser sacerdote, y el joven le respondió: “En eso pienso noche y día”. Entonces el papá le permitió ingresar como jesuita y le escribió al General de la Compañía de Jesús cuando nuestro santo joven entró en el noviciado de San Andrés de Roma: “Hago saber a vuestra señoría reverendísima, que le entrego lo que más quiero en este mundo y la mayor esperanza que tenía para la conservación de esta mi casa...”. Luis era heredero del principado de Mantua, pero abdicó a ser príncipe a favor de su hermano, y renunció a todas las grandes herencias que le correspondían con tal de poder hacerse religioso y santo.
En 1581 Luis, que era seminarista y se preparaba para ser sacerdote, se dedicó a cuidar a los enfermos de la peste de tifo negro. Se encontró en la calle a un enfermo gravísimo. Se lo echó al hombro y lo llevó al hospital para que lo atendieran. Pero se le contagió el tifo.
Luis murió el 21 de junio de 1591, a la edad de 23 años. Murió mirando el crucifijo y diciendo “Que alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor”. Estaba presto para el encuentro con el amor digno, “ese mar inmenso, sin riberas y sin fondo” del que hablaba con gozo a su madre en la carta en la que le comunicaba su cercana muerte.
La Santa Iglesia Católica lo ha nombrado Patrono de los Jóvenes. Pidámosle a San Luis Gonzaga que nos ayude a ser penitentes y generosos como él lo fue.


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