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San Luis Orione, el Apóstol de la Caridad

FIESTA: 12 DE MARZO



Sacerdote, fundador de la Pequeña Obra de la Divina Misericordia, quien con su humildad y alegría permanentes nos muestra la felicidad en el afecto y el servicio a nuestros hermanos, para acompañarlos, asentarlos en la unidad y fortalecerlos en el amor a Cristo Crucificado y a la Santísima Virgen María.

Luis Orione nació el 23 de junio de 1872 en Pontecurone (norte de Italia). Ya desde muy joven vislumbró su vocación de sacerdote y a los 13 años ingresó en un convento franciscano. Salió al año y, más tarde, pasó por los salesianos de Turín donde conoció personalmente a Don Bosco del cual fue su discípulo y alumno y obtuvo gran parte de su formación religiosa. Pero comprendió que no era tampoco allí adonde Dios lo llamaba, y de este modo entró a los 17 años al seminario de Tortona donde se formó para ser sacerdote.

«¿A qué cosa habremos de temer nosotros? El Señor está siempre junto a los que le aman, junto a los que desean amarlo y servirlo... »

En esos años de seminario ya se dedicaba a vivir la solidaridad con el prójimo; abrió en Tortona su primer oratorio para la educación cristiana de los jóvenes, y luego, teniendo tan sólo 21 años abrió un colegio para niños pobres.

En 1895 recibió la gracia del sacramento del orden sagrado y junto con ello su labor se fue tornando más fuerte. En poco tiempo abrió casas nuevas en otras diferentes regiones de Italia.

«Es necesario Jesús. Jesús todos los días y no fuera de nosotros, sino en nosotros; y no sólo espiritualmente, sino sacramentalmente.»

Junto con otros clérigos y sacerdotes nació la Pequeña Obra de la Divina Misericordia, formando el primer núcleo de lo que más tarde, en 1903, sería reconocido canónicamente como Congregación religiosa masculina, formada por sacerdotes, ermitaños y hermanos coadjuntores. Éstos se consagran a Dios por los votos de Pobreza, Castidad y Obediencia y Fidelidad especial al Papa, colaborando así «a llevar a los pobres, los pequeños y el pueblo a la Iglesia y al Papa mediante las obras de Caridad.»

«Amemos a la Santa Iglesia con todo nuestro ser y teniendo siempre como nuestras todas las doctrinas suyas y de su Jefe visible, el Papa.»

Veinte años más tarde se fundaría la Congregación de las Pequeñas Hermanas Misioneras de la Caridad, de vida activa, y junto con ella, sus dos ramas: la de las Sacramentinas No Videntes, dedicadas a la vida de oración permanente; y las Contemplativas de Jesús Crucificado, quienes habitan en el silencio y la clausura.

También se formó el Instituto Secular Orionino; y también el Movimiento Laical Orionino, compuesto por mujeres que consagran su vida a Dios pero no formando comunidades religiosas sino que lo hacen desde sus casas.

Pasada la segunda guerra mundial se fueron multiplicando sus obras entre las que se destacaron los Pequeños Cottolengos, dedicados a asistir, cuidar y promover a los discapacitados en un clima de familia, amando y sirviendo a los hombres.

«No saber ver ni amar en el mundo más que las almas de nuestros hermanos... Todas son amadas por Cristo, por todas Cristo ha muerto.»

También promovió la devoción a la Santísima Virgen y con el trabajo manual de sus clérigos construyó dos Santuarios en honor de su nombre en ciudades de Italia.

«Virgen Santísima, a la cual nadie ha recurrido en vano, danos fuerza, danos el querer aquello que Dios quiere de nosotros.»

Su apostolado se fue expandiendo cada vez en más países como Argentina, Uruguay, Inglaterra, Albania. Él mismo realizó dos viajes a América Latina y estuvo en Brasil, Argentina, Uruguay y Chile.

El 12 de marzo de 1940 murió rodeado del afecto de sus hermanos y suspirando:

«¡Jesús, Jesús! Voy».

Este Santo nos enseña que la obra más grande que podemos realizar es ponernos en las manos del Señor, estar bajo su amparo y reconocer humildemente la misión que Él ya ha pensado para cada uno de sus hijos. Como dice el salmo: «todas nuestras empresas, Señor, nos las realizas Tú»; hay que dejar que sea el amor a Dios quien obre en nosotros y nos lleve, como a Don Orione, a unir a los hermanos tanto dentro como fuera de la Iglesia, a reconocer en ellos a Jesús necesitado, y juntos ser llevados a la unión con el Padre Eterno y nuestra Madre la Virgen María.

 

Laura Vaccarezza
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