Festividad de San Pedro y San Pablo
29 DE JUNIO
Aproximadamente entre el siglo tercero y cuarto la Iglesia de Roma
comenzó a celebrar la solemnidad de San Pedro y San Pablo el
día 29 de Junio.
Es a través del Nuevo Testamento que
podemos conocer la vida de estos dos santos, columnas de la Iglesia
universal. “San Pedro, la "piedra" sobre la que
Cristo fundó su Iglesia; san Pablo, el "instrumento
elegido" para llevar el Evangelio a los gentiles.”[1]
SAN PEDRO

Los Evangelios nos cuentan que Pedro era de Betsaida, casado, pescador de profesión,
seguidor de Juan el Bautista junto con su hermano San Andrés, quien le
presentó a Jesús. Su nombre de nacimiento era Simón, pero
el Señor, durante el primer encuentro, se lo cambiaría por Cefas,
(Kephas; Arameo Kipha, roca), que es traducido como Pedro (Latín, Petrus).
Luego de ese encuentro inicial, Pedro y otros discípulos
permanecieron con Jesús por algún tiempo, acompañándolo
a Galilea, Judea y Jerusalén, para volver por Samaría a
Galilea (Juan, II-IV). Al regreso de este viaje, Pedro retomó
su tarea de pescador para, pronto, abandonarla definitivamente
y seguir a Cristo. "Venid conmigo y os haré pescadores de
hombres", les dijo el Señor y desde entonces Pedro
permaneció junto al “Maestro” .
En todo el Evangelio el apóstol Pedro
siempre se destaca como el primero entre los demás apóstoles.
Cristo acentuó la precedencia de Pedro entre los Doce cuando,
en uno de sus viajes, les preguntó:
"Quién dicen los hombres que es el
Hijo del hombre? Respondieron ellos: Unos, que Juan el Bautista,
otros, que Elías, otros, en fin, Jeremías, o uno de los
profetas. Díceles Jesús: Y vosotros ¿quién
decís que soy yo?. Tomando la palabra Simón Pedro,
dijo: Tú eres el Cristo o Mesías, el Hijo de Dios vivo.
Y Jesús, respondiendo, le dijo: Bienaventurado eres Simón,
hijo de Jonás, porque no te ha revelado eso la carne y sangre
u hombre alguno, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te
digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré
mi iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán
contra ella. Y a ti te daré las llaves del Reino de los
Cielos. Y todo lo que atares sobre la tierra, será también
atado en los cielos; y todo lo que desatares sobre la tierra, será
desatado en los cielos.” (Mateo, XVI, 13-19).
Con estas palabras Pedro fue instalado por
Cristo como Cabeza de los Apóstol.
No obstante su fe firme en Jesús, Pedro
no tenía aún claro conocimiento de la misión y
labor del Salvador. En especial los padecimientos de Cristo,
contradictorios con su concepción mundana del Mesías,
le resultaban inconcebibles, y esto produjo ocasionalmente la aguda
reprobación de Jesús (Mateo, XVI, 21-23).
El carácter indeciso de Pedro, que no
impidió su fidelidad entusiasta a su Maestro, se reveló
claramente durante la Pasión de Cristo. La afirmación
de Pedro, sobre que estaba listo para acompañar a su Maestro a
prisión y muerte, provocó que Cristo predijera que
Pedro lo negaría (Mateo, XXVI, 30-35).
A pesar de su debilidad, su lugar como cabeza de
los Apóstoles fue confirmado más adelante por Jesús,
y su precedencia no fue menos destacada luego de la Resurrección
que antes. Las mujeres que fueron primeras en hallar el sepulcro de
Cristo vacío, recibieron del ángel un recado especial
para Pedro (Marcos, XVI, 7). Sólo a él, de entre los
Apóstoles, se le apareció Cristo en el primer día
luego de la Resurrección (Lucas, XXIV,34).
Cuando se apareció junto al Lago de
Genesaret, Cristo renovó la misión especial de Pedro de
alimentar y defender a su rebaño, después que Pedro
hubo afirmado por tres veces su amor especial por su Maestro
(Juan,XXI,15-17).
Después de la Ascensión, Pedro es
constantemente reconocido como cabeza de la comunidad Cristiana
en Jerusalén. Él toma la iniciativa en la designación
de Matías para que sustituyera a Judas (Hechos, I,
15-26).
Y luego de la venida del Espíritu Santo
en la fiesta de Pentecostés, Pedro imparte, a la cabeza de los
Apóstoles, el primer sermón público para
proclamar la vida, muerte y resurrección de Jesús.
Luego de este acontecimiento Pedro dedicó
su vida a llevar la palabra de Cristo por todo el Medio Oriente hasta
que sus pasos lo llevaron a la Ciudad Eterna: Roma.
En esta ciudad trabajó durante la última
etapa de su vida; y en esa ciudad sufrió el martirio, después
de haber estado encerrado en la cárcel Mamertina, durante el
reinado de Nerón.
Tertuliano, quien murió cerca del año
225, dice que el Apóstol fue crucificado. Y por su parte,
Eusebio nos cuenta que, “por expreso deseo del anciano Pedro,
la cruz fue colocada cabeza abajo”.
SAN PABLO

San Pablo nació en Tarso, en Cilicia (Hechos, XXI, 39), en el seno de
una familia muy ligada a las tradiciones y observancias farisea. Dado que pertenecía
a la tribu de Benjamín, se le dio el nombre de Saúl (o Saulo)
que era común en esta tribu en memoria del primer rey de los judíos.
(Fil., III, 5). En tanto que ciudadano romano también llevaba el nombre
latino de Pablo (Paulo). Para los judíos de aquel tiempo era bastante
usual tener dos nombres, uno hebreo y otro latino o griego entre los que existía
a menudo una cierta consonancia. Fue natural que, al inaugurar su apostolado
entre los gentiles, Pablo usara su nombre romano.
Puesto que todo judío que se respetase había de
enseñar a su hijo un oficio, el joven Saulo aprendió a
hacer tiendas de lona (Hechos, XVIII, 3) o más bien a hacer la
lona de las tiendas. Era aún muy joven cuando fue enviado a
Jerusalén para recibir una buena educación en la
escuela de Gamaliel (Hechos, XXII, 3). La primera vez que aparece en
la Hechos de las Apóstoles es durante el martirio de Esteban,
como el joven que cuidaba las ropas mientras los otros lo apedreaban.
Poco después de este echo, Pablo
emprendió un viaje a la ciudad de Damasco, para continuar con
la persecución contra los cristianos. En el camino experimentó
la revelación que iba a transformar su vida. Jesucristo se le
apareció y tirándolo por suelo le preguntó:
“Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?. Y el
respondió: ¿Quién eres tu Señor? Y el
Señor le dijo: Yo soy Jesús a quien tu persigues(...)
El entonces, temblando y despavorido, dijo: Señor, ¿qué
quieres que haga?. Y el Señor le respondió:
Levántate y entra en la ciudad, donde se te dirá lo que
tienes que hacer” (hechos IX, 4-9). Jesús le pidió
un profundo acto de humildad y Pablo, ciego obedeció al
Señor .
Después de su curación y
bautismo San Pablo aceptó la misión de predicar el
Evangelio de Cristo. Pero, antes de iniciar su apostolado, se apartó
del mundo durante tres años, para meditar y orar.
Desde entonces se llamará con el nombre romano: Pablo.
Su predicación, escritos y fundaciones de iglesias; sus largos
y múltiples viajes por tierra y mar, tan repletos de
aventuras, pueden ser seguidos por cualquiera que lea cuidadosamente
las cartas del Nuevo Testamento. Él mismo nos dice que fue
apedreado, azotado, y su barco destruido tres veces, pasó
hambre y sed, noches sin descanso, peligros y dificultades.
Alrededor del año 56 Pablo se encontraba en Jerusalén
donde su visita al templo causó una gran conmoción; fue
arrestado, tratado brutalmente y encadenado. Por miedo a que los
judíos de Jerusalén lo mataran, lo trasladaron a
Cesarea, donde fue puesto en prisión esperando juicio por
aproximadamente dos años.
Finalmente, Pablo apeló al Emperador, demandando el derecho
legal de todo ciudadano romano de tener su juicio frente él.
Fue entonces colocado bajo la custodia de un centurión, el
cual lo llevó a Roma.
Aparentemente la apelación de Pablo fue
escuchada y el apóstol recuperó su libertad y se
dirigió a Macedonia. Volviendo a Roma, fue una vez más
arrestado.
Después de dos años de permanecer encarcelado sufrió
el martirio al mismo tiempo que el Apóstol Pedro. San Pablo,
por ser un ciudadano romano, no fue crucificado sino degollado.
La Tradición dice que el “Apóstol
de los Gentiles” sufrió su condena en un punto de la Vía
Ostiense llamado Aquae Salviae, cerca del sitio donde hoy se levanta
la basílica de San Pablo Extramuros y donde se venera la tumba
del Apóstol.
ORACIONES A SAN PEDRO Y SAN PABLO
HOMILÍA DE BENEDICTO XVI - 2008
«PEDRO EL PESCADOR»
«PEDRO, EL APÓSTOL»
PEDRO, LA ROCA SOBRE LA QUE CRISTO FUNDÓ LA IGLESIA