Agueda nació en Catania, Sicilia, al sur de Italia, hacia el año
230. Pertenecía a una familia distinguida y su belleza era extraordinaria.
Pero atesoraba mucho mas que todo su fe en Jesucristo. Por amor a Dios, decidió
conservarse siempre virgen y pura.
En tiempos de la persecución del tirano emperador Decio, el gobernador
Quinciano se propone enamorar a Agueda, pero ella le declara que se ha consagrado
a Cristo. El gobernador, indignado, la hace llevar a una casa de mujeres de
mala vida para que desista de su fe, pero nada ni nadie logra hacerla quebrantar
el juramento de virginidad y de pureza que le ha hecho a Dios. Allí,
en esta peligrosa situación, Agueda repetía las palabras del
Salmo 16: "Señor Dios: defiéndeme como a las pupilas de
tus ojos. A la sombra de tus alas escóndeme de los malvados que me
atacan, de los enemigos mortales que asaltan”.
Pasados algunos días vuelve Quinciano ante ella, y le pregunta: “¿Qué
decides? ¿Estás convencida de que lo que tú adoras es
una aberración?”. Ella responde: “Oh, no, Quinciano, cada
día que pasa me doy más cuenta de que estoy en la única
verdad y que Jesucristo es el único que nos puede dar la vida eterna”.
El gobernador toma medidas más severas aún: le manda destrozar
el pecho a machetazos y herir su cuerpo virginal con terribles azotes. Los
torturadores ven que nada pueden hacerle para que ella niegue su fe y amor
a Jesucristo.
Esa misma noche recibe milagrosamente la visita del Apóstol San Pedro,
quien la anima a sufrir por Cristo y la cura de sus heridas. Ella, puesta
de rodillas, pide perdón por sus torturadores tal como Jesús
nos enseña que debemos hacer: “Orad por los que os ultrajan y
os persiguen” Mt. 5, 44, y reza: “... Mándame ir a Ti, Señor,
para que pueda cantar para siempre contigo en la gloria...”
Quinciano, al encontrarla curada al día siguiente, le pregunta: “¿Quién
te ha curado?”; a lo que ella responde: “He sido curada por el poder
de Jesucristo”. El malvado le grita: “¿Cómo te atreves
a nombrar a Cristo, si eso está prohibido?” Y la joven le responde:
“Yo no puedo dejar de hablar de Aquél a quien más fuertemente
amo en mi corazón”.
Entonces el perseguidor la mandó echar sobre llamas y brasas ardientes,
y ella mientras se quemaba iba diciendo en su oración: “Oh Señor,
Creador mío: gracias porque desde la cuna me has protegido siempre.
Gracias porque me has apartado del amor a lo mundano y de lo que es malo y
dañoso. Gracias por la paciencia que me has concedido para sufrir.
Recibe ahora en tus brazos mi alma”. Y diciendo esto, expiró.
Era el 5 de febrero del año 251.
Según la tradición, un año después de su martirio,
ocurrió una erupción del volcán Etna. Los pobladores
del área pidieron a Dios por intercesión de la Santa y la lava
se detuvo milagrosamente.
Desde los antiguos siglos, los cristianos le han tenido una gran devoción
a Santa Águeda. Alrededor del siglo VII, su nombre fue incluído
en el Canon de la Santa Misa.
Pidámosle a Dios que, a ejemplo de la valentía y entereza de
Santa Águeda, nos ayude a serle fiel en medio de las dificultades.
Pidamos también que cure nuestras inclinaciones desordenadas, como
curó las heridas de su Sierva Águeda y le dió fortaleza
para resistir al fuego.