Catalina Benincasa nació en Siena, en pleno siglo XIV, en el seno de
una numerosa familia de comerciantes tintoreros. Su vocación estuvo marcada
desde muy temprana edad cuando recibió una visión de Cristo en
su trono de Gloria. Tenías seis años y caminaba junto a uno de
sus hermanos cuando recibió tres veces la bendición del Señor.
Desde ese momento comprendió que Jesús la quería para Si
como su pequeña esposa.
Pero no fue sencillo llevar adelante la llamada. A los doce años Catalina
estaba ya, para las costumbres de la época, en edad de casarse y formar
una familia. Fueron muchos los pretendientes que rechazó y fue por eso
muy mal comprendida por sus padres. Ellos llegaron a pensar que su hija tenía
un problema nervioso: la veían ayunar, rezar con mucha devoción
y hacer sacrificios. Y creían que la mejor manera de que calmar eso sería
un buen matrimonio.
Como vieron que su actitud permanecía e iba en aumento, y luego de rechazar
a uno de los mejores candidatos para ella y toda la familia, su madre la empezó
a tratarla como a una esclava, dejando que se encargara de los trabajos más
humillantes de la casa. Pero, a pesar de su personalidad fuerte, supo mirar
más allá y tratar a todos los suyos como si estuviese sirviendo
a la familia de Nazareth.
A los quince años es aceptada en la Tercera Orden de los Dominicos.
Su vida transcurría la mayor parte del tiempo en su curato, donde vivía
haciendo oración y mortificaciones y ayudando a los mas pobres de su
zona.. A los 18 años recibe el hábito y vive en soledad durante
tres años. Hasta que un día, después de un intenso momento
de oración, recibe una visión que haría un giro total en
su vida. Descubre la vocación dentro de su vocación y comprende
que ya no debe vivir recluida sino que el Señor la quiere para estar
en medio del mundo, fiel a su Esposo, pero con la promesa de una misión
que ni ella podía imaginar. Catalina era una joven de una personalidad
enérgica y dulce, serena y firme. Ella misma definió su personalidad
y llegó a decir " Mi naturaleza es el fuego" Porque su amor
a Cristo y a la Iglesia, a quien amaba como Madre y Maestra, se convirtió
en fuego abrasador que la llevaría a combinar la más profunda
contemplación con la más ferviente acción.
Lo que nos sorprende de esta mujer, frágil de aspecto, hermosa y pequeña,
no es sólo su vivencia sobrenatural: sus visiones, sus arrebatos místicos,
su capacidad de escribir sin haber sido instruida...es algo más simple
que aún reconocemos en nuestro siglo XXI: en ella se veía reflejado
el rostro de Cristo en cada gesto, en cada mirada y en sus palabras. Gracias
a esto, muchas gente se convirtió, muchos se sanaron y muchos descubrieron
la llamada de Dios. Pero, así como tenía un grupo de personas
que la rodeaban y aprendían mucho a su lado, existían muchos en
su ciudad que la difamaban, que la trataban de bruja, de hereje..que querían
hacerla desaparecer.
En sus época, las relaciones del estado y la Iglesia eran muy estrechas.
El Papa se había ido con su corte a Avignon, en el actual territorio
de Francia, pero los romanos reclamaban a su obispo y todos los cristianos a
la Cabeza de la Iglesia. Catalina comprendió que debía hacer algo
para que la Iglesia no renegase más de su misión y de su lugar
en el mundo. Y comenzó un intenso apostolado epistolar, enviando cartas
a las personas más poderosas de su tiempo. Tenía plena convicción
en Jesucristo que debía hacerlo y no dejaba de ser firme en sus afirmaciones.
Hasta llegó a escribirle varias cartas a su Santidad, el Papa Gregorio
XI insistiéndole que deje las comodidades de Avignon y regresara a Roma,
donde más lo necesitaban. Incluso llegó a ir personalmente a la
nueva sede del papado para animar al Santo Padre. Gregorio había hecho
un voto en secreto de volver a Roma pero no tenía el suficiente vigor
como para hacerlo porque las presiones de sus cardenales para que se quedase
allí eran muy grandes. Y cuando ella apareció, vio en Catalina
una gran presencia de Dios y comprendió que Él le estaba hablando
por medio de esa analfabeta italiana. No fue fácil, pero finalmente el
Papa volvió a Roma y supo terminar su papado fiel a Cristo, a pesar de
las incomprensiones que crecieron con el tiempo.
Catalina era incansable. Cada vez su amor crecía más y sus acciones
eran más audaces. Siempre repetía que su intervención en
los ámbitos de la política era simplemente por su madre la Iglesia
que lejos estaba de ella otra ambición. Rezó y siguió trabajando
para la unión de los reinos en que estaba fraccionada Italia por aquellos
días y propuso a varios gobernantes una gran cruzada, pero había
mucho egoísmo y poca voluntad en ellos.
El pilar de su vida de acción y de contemplación había
sido uno sólo y primordial que nos dejó expresado en su libro
de los Diálogos: " Es necesario , por tanto, que la raíz
del árbol , es decir la voluntad, se hunda en el conocimiento de si "
porque era justamente por medio de este conocimiento como el alma se unía
a su Creador y le correspondía en su fidelidad. Con sólo treinta
y tres años , y después de sufrir muchos dolores e incomprensiones,
como digna hija y esposa de su Maestro, muere el 29 de abril de 1380.
En 1461 fue canonizada y en pleno siglo XX, en 1970, fue proclamada Doctora
de la Iglesia. Aunque su vida transcurrió en la Edad Media, su corazón
y su intimidad con Cristo, y María, transpuso la barrera de los siglos
y se nos presenta hoy, en este nuevo siglo, en este mundo cada vez más
pequeño y más olvidado de Dios. Su figura y ejemplo, aunque nos
parezca lejana, debe echar verdaderas luces a nuestro tiempo.
Pidámosle que nos contagie su fervor, su espíritu sin fronteras,
su compromiso verdadero con Iglesia y el Papa y su firmeza en la esperanza que
no defrauda. Pidámosle que nos enseñe a vivir más unidos
a Jesús, en la vocación que Él quiera. Catalina tiene mucho
para mostrarnos. Sobre todo cómo , cuando un hombre "se deja hacer
por Dios", puede llegar a cambiar situaciones mundialmente insostenibles
y convertir corazones aparentemente ciegos y egoístas.