Semana Santa
Durante la Semana Santa la Iglesia celebra lo que podemos llamar como la culminación
de la gran obra de salvación de Dios por medio de su hijo Jesucristo
y el inicio de la nueva Alianza entre Dios y la humanidad. Es un tiempo para
buscar y comprender a Jesús: Jesús que ama, que muere, que resucita.
Es una semana de conversión y de oración. Dios se ofrece a quienes
lo buscan.
Domingo de Ramos
El Domingo de Ramos inicia la Semana Santa con el recuerdo de las palmas y
de la pasión, de la entrada de Jesús en Jerusalén. Pero
no una entrada de Jesús como el esperado Rey, sino como humilde ‘servidor’
que vive de la palabra de Dios.
Los Ramos de olivos tienen un significado: en aquel entonces los olivos eran
uno de los tantos símbolos de vida. Los ciudadanos de Jerusalén
ven a Jesús trayendo ‘vida’ al paso por el monte de los Olivos
y buscan ramas para saludarlo.
El domingo de ramos da comienzo a la semana en la que contemplamos el dolor
de Dios. Amor de Dios por nosotros. Este Domingo se lee la pasión en
forma muy solemne y así nos introduce en el espíritu de Semana
Santa
Santo Triduo Pascual
El santo Triduo pascual de la Pasión y Resurrección del Señor
es el punto culminante de todo el año litúrgico, ya que Jesucristo
ha cumplido la obra de la redención de los hombres y de la perfecta glorificación
de Dios: por su misterio pascual, muriendo destruyó nuestra muerte y
resucitando restauró la vida.
Esta centralidad del Triduo pascual en el curso litúrgico ha quedado
plenamente manifestada en la renovación de las celebraciones pascuales
llevada a cabo durante el pontificado de Pío XII en 1951 y 1955 y en
los resultados de la reforma auspiciada por el Concilio Vaticano II.
Durante el Triduo, la Iglesia conmemora los grandes acontecimientos que jalonaron
los últimos días del Señor y nos invita a celebrar los
misterios de nuestra redención. La bienaventurada Pasión y Resurrección
del Señor se hará sacramentalmente presente en los oficios litúrgicos,
de gran belleza, de modo que los fieles puedan renovar su vocación cristiana
en el costado abierto de Jesús, fuente de vida del mundo y de la iglesia.
La expresión Triduo pascual, aplicada a las fiestas anuales de la Pasión
y la Resurrección, es relativamente reciente, pues no se remonta más
allá de los años treinta de nuestro siglo; pero ya a finales del
siglo IV San Ambrosio hablaba de un TriduumSacrum para referirse a las etapas
históricas del misterio pascual de Cristo que, durante tres días
et passus est, et quievit et resurrexit (San Agustín utilizó parecida
expresión – Sacratissimum Triduum- para indicar los tres días
de Cristo crucifixi, sepulti, suscitati.)
La celebración de la pascua del Señor hunde sus raíces
en la comprensión que la Iglesia posee de sí misma. Deslumbrada
por la realidad histórica de la muerte y la resurrección de Cristo,
acontecimiento restaurador del orden establecido por Dios en la Creación,
la primitiva Iglesia advirtió la necesidad de celebrar litúrgicamente
este hecho salvífico por medio de un rito memorial donde, en obediencia
al mandato expreso del Señor, se renovara sacramentalmente su sacrificio.
De este modo, durante los primeros compases de la vida de la Iglesia, la Pascua
del Señor se conmemoraba cíclicamente, a partir de la asamblea
eucarística convocada el primer día de la semana, día de
la resurrección del Señor –dominicus dies- o domingo. Y muy
pronto, apenas en el siglo II, comenzó a reservarse un domingo particular
del año para celebrar este misterio salvífico de Cristo. Llegados
a este punto, el nacimiento del Triduo Pascual era sólo cuestión
de tiempo. La Iglesia comenzaría a revivir los misterios de Cristo de
modo histórico-mimético, hecho que acaeció por primera
vez en Jerusalén donde aún se conservaba la memoria del marco
topográfico de los sucesos de la pasión y glorificación
de Cristo.
De todos modos, en el origen de la celebración pascual, tampoco puede
subestimarse la benéfica influencia de la respuesta dogmática
y litúrgica de la ortodoxia frente a la herejía arriana; reacción
que supuso una atracción de la piedad de los fieles hacia la persona
de Jesús – Hijo de Dios e hijo de María- y hacia sus hechos
históricos.
La celebración del Triduo Pascual no es, por tanto, un simple recuerdo
subjetivo de unos hechos acaecidos en el pasado. Por medio de los ritos pascuales
los fieles revivimos, en el presente siempre continuo de la Iglesia, los misterios
salvíficos de nuestro Señor Jesucristo; participamos de su pasión
y glorificación; accedemos a los tesoros de la redención obtenida
con el precio de su sangre...
No basta, sin embargo, esta donación objetiva de la gracia salvadora:
cada fiel necesita unirse personalmente a Cristo, paciente y glorioso. De aquí
que, como recuerda la Iglesia, durante estos días sea muy conveniente
que cada fiel muera al pecado y renazca a la gracia por medio de la recepción
del sacramento de la Penitencia, de modo que avance en su identificación
con Jesús que, inocente, muere por los pecados de los hombres.
Cada celebración del Triduo presenta una fisonomía particular:
la tarde del Jueves Santo conmemora la institución de la Sagrada Eucaristía;
el viernes se dedica entero a la evocación de la pasión y muerte
de Cristo en la cruz; durante el sábado la Iglesia medita el descanso
de Jesús en el sepulcro; por último, en la Vigilia Pascual, los
fieles reviven la alegría de la resurrección.
La praxis litúrgica actual de la iglesia romana considera que el Triduo
Pascual de la Pasión y Resurrección del Señor comienza
la tarde del Jueves santo con la Misa in Cena Domini, culmina en la Vigilia
de la Pascua y se cierra con las vísperas del Domingo de Resurrección.
El derecho establece que el viernes es día de ayuno y abstinencia. Los
colores litúrgicos son: blanco para el Jueves, Vigilia Pascual y Domingo
de Resurrección y rojo para el viernes Santo. La Vigilia Pascual debe
comenzar después de caída la noche y antes de despuntar el alba.
Jueves Santo
La Misa vespertina in Cena Domini abre el Triduo Pascual de la Pasión
y Resurreción del Señor. La Iglesia de Jerusalén conocía
ya, en el siglo IV, una celebración eucarística conmemorativa
de la Última Cena y de la institución del sacramento del sacrificio
de la cruz. A finales de la misma centuria esta tradición se vivía
también en numerosas Iglesias de Occidente, pero habrá que esperar
hasta el siglo VII para encontrar los primeros testimonios romanos.
La celebración eucarística in Cena Domini conmemora un triple
misterio: la institución de la Sagrada Eucaristía, la institución
del sacerdocio de la Nueva Ley y el amor infinito de Cristo por los hombres
con su mandamiento sobre la caridad fraterna, manifestado con el signo del lavatorio
de pies. Los dos últimos misterios encuentran su fundamento en el sacramento
eucarístico, fuente de todo don y máxima expresión de la
entrega a los demás.
En la última cena Jesús celebraba con sus discípulos la
cena de la Pascua Judía. Ésta fue celebrada por primera vez en
Egipto, en virtud de una orden dada a Moisés por Jehová. El 14
del mes de Nisán Abid, y de acuerdo con el mandato divino, cada familia
hebrea sacrificó un cordero con cuya sangre fueron teñidos el
dintel y las jambas de la puerta de las viviendas. Ésto sucedió
a fin de que el ángel exterminador, que había de dar muerte a
los primogénitos de los egipcios, perdonase a los judíos. Este
milagro, al que siguió el de la separación de las aguas del mar
Rojo, debería conmemorarse anualmente con idéntico sacrificio.
Celebrada por segunda vez en el Sinaí y a la salida del desierto, la
pascua fue desde entonces para los judíos la fiesta religiosa por excelencia,
evocadora de la providencial liberación del pueblo hebreo de su triste
exclavitud bajo los egipcios e impregnada de un profundo significado histórico,
social y familiar. En este contexto Jesús da inicio a una nueva Pascua
e instituye la eucaristía, invitándonos a celebrarla continuamente
en su memoria. La eucaristía será para los cristianos comida de
Nueva Alianza.
La Pascua cristiana, conmemorativa de la Resurreción del Salvador, se
solemnizaba en los albores del cristianismo al mismo tiempo que la Pascua hebrea,
pero ya en el siglo II surgieron contraversias entre los fieles del Asia Menor
y la Iglesia romana acerca de la fecha en que debería celebrarse. El
primer concilio de Nicea resolvió que fuese el domingo siguiente al 14
de Nisán, es decir, el domingo después de la luna llena que sigue
el equinoccio de marzo. La situación de esta fiesta en el calendario
puede variar en 36 días y de ella depende la de las fiestas movibles
de la Iglesia Católica.
Viernes Santo
El Viernes Santo conmemora la Pasión y muerte del Señor.
Dos documentos de venerable antigüedad – Traditio Apostólica
y Didaskalia Apostolorum- testimonian como práctica común entre
los cristianos el gran ayuno del Viernes y Sábado previos a la Vigilia
Pascual. Sin embargo habrá que esperar hasta finales del siglo IV d.
C para encontrar, en Jerusalén, las primeras celebraciones litúgicas
de la pasión del Señor. Se trataba de una jornada dedicada íntegramente
a la oración itinerante: los fieles acudían del cenáculo
–donde se veneraba la columna de la flagelación- y al Gólgota,
donde el obispo presentaba el madero de la cruz. Durante las estaciones se leían
profecías y evangelios de la Pasión, se cantaban salmos y se recitaban
oraciones.
Los testimonios más antiguos de una liturgia del Viernes Santo en Roma
proceden del siglo VII d. C. Manifiestan dos tradiciones distintas y nos han
llegado a través del Sacramentario Gelasiano (oficio presbiteral con
adoración de la cruz, liturgia de la palabra y comunión con los
presanificados) y el Sacramentario Gregoriano (liturgia papal, limitada a lecturas
bíblicas y plegaria universal).
El oficio romano actual, recuperado a partir de la reforma de Pío XII
y Concilio Vaticano II, contiene los tres elementos de la antigua liturgia presbiteral
romana: liturgia de la Palabra –incluye tres lecturas y oración
universal, adoración de la Cruz y comunión.
La teología del Viernes Santo es particularmente rica: durante este día
la Iglesia conmemora la Pasión de su Señor y Esposo, adora su
Cruz, recuerda su nacimiento del costado de Cristo y, por la plegaria universal,
intercede por la salvación del universo.
El Viernes Santo es, para el cristiano, un día de esperanza y confianza
en Dios en medio del dolor: los sufrimientos de Cristo atraen la benevolencia
del Padre al mundo. La Cruz, símbolo del patíbulo y de la ignomna,
es adorada: el instrumento de la humillación se ha convertido en el término
de la gloria. Hoy, el cristiano se encuentra de modo especial con la Cruz: recuerda
así que, para ser fiel discípulo del Maestro, deberá tomar
su cruz de cada día y que sólo ella es la respuesta a las ansias
de salvación y liberación de una humanidad que gime bajo el peso
de los pecados.
El Viernes Santo se reza el vía crucis, que consiste en una serie de
estaciones que recuerdan el Camino de Jesús al calvario deteniéndose
a meditar en cada estación.
Este día no debe ser de llanto ni de luto, sino de amorosa y gozosa contemplación
del sacrificio del que brotó la Salvación. Cristo no es un vencido
sino un vencedor, un sacerdote que consuma su ofrenda que libera y reconcilia.
Por eso nuestra alegría.
Sábado Santo
El sábado santo, denominado Gran Sábado por los cristianos de
Oriente, honra el descanso de Cristo en el sepulcro, su descenso a los infiernos
y su encuentro con cuantos esperaban la apertura de los Cielos. Este día
los cristianos se recogen en silencio y, mediante la oración y el ayuno,
esperan la Resurreción del Señor. Por esta razón, la Iglesia
no conoce reunión litúrgica alguna fuera de la celebración
cotidiana de las Horas.
En los primeros siglos de la historia de la Iglesia el Sábado Santo se
caracterizaba por ser un día de ayuno absoluto, previo a la celebración
de las fiestas pascuales. Pero a partir del siglo XVI, con la anticipación
de la vigilia a la mañana del sábado, el significado litúrgico
del día quedó completamente oscurecido - sábado
de gloria se le denomina popularmente- hasta que las sucesivas reformas
de nuestro siglo han devuelto su originaria significación.
El Sábado Santo debe ser para los fieles un día de intensa oración,
acompañando a Jesús en el silencio del Santo Sepulcro. Parece
que la historia de Cristo ha terminado, que la causa de Dios se ha perdido.
Pero Jesús desciende a los infiernos para librar a los justos de la Antigua
Ley en premio a su vida de fe en las promesas mesiánicas. El cristiano,
unido a los dolores de María, sabe que el silencio de Dios en el mundo
es sólo aparente y se llena de esperanza para la vida futura.
La celebración del sábado por la noche es una Vigilia en honor
del Señor según una antiquísima tradición, de manera
que los fieles tengan encendidas las lámparas como los que aguardan a
su señor cuando vuelva para que, al llegar, los encuentre en vela y los
haga sentar a su mesa.
La Vigilia Pascual
La Vigilia Pascual, la noche santa de la Resurrección del Señor,
es considerada como <> (San Agustín,
Sermo 219). En ella la Iglesia espera velando la Resurreción de Cristo
y la celebra en los sacramentos.
Con la Vigilia Pascual, el Triduo Sacro y todo el año litúgico
alcanzan su centro, el punto donde confluyen las celebraciones anuales de los
misterios de la vida de Cristo.
La celebración litúrgica de la Pascua del Señor se encuentra
en los orígenes mismo del culto cristiano. Desde la generación
apostólica los cristianos conmemoraron semanalmente la resurreción
de Cristo por medio de la asamblea eucarística dominical.
Además, ya desde el siglo II, la Iglesia celebra una fiesta específica
como memoria anual de la Pascua de Cristo, aunque las distintas tradiciones
subrayen uno u otro contenido pascual: Pascual- Pasión (se celebra el
14 de Nisán, según el calendario lunar judío y acentuaba
el hecho histórico de la Cruz) y Pascua- Glorificación que, privilegiando
la resurreción del Señor, se celebra el domingo posterior al 14
de Nisán, día de la Resurreción de Cristo. Esta última
práctica se impuso en la Iglesia desde comienzos del siglo III.
La Vigilia Pascual es el quicio de todo el misterio de la Pasión y Resurreción
de nuestro Señor Jesucristo. Con la Noche Santa culmina el Santo Triduo
e inicia el tiempo pascual: comienza cuando Cristo descansa aún en el
sepulcro y termina en la madrugada del día consagrado a la gloria de
la resurreción del Señor. De aquí su contenido teológico
encierra el misterio de Cristo salvador y del cristiano salvado.
La Vigilia Pascual posee hoy día una estructura litúrgica articulada
a partir de ritos con un hondo carácter simbólico: lucernario
o liturgia de la luz, liturgia de la Palabra, liturgia bautismal y liturgia
eucarística.
La Liturgia de la luz tiene su orígen en el antiguo oficio de <>,
que se celebra cada anochecer con la bendición de las lámparas.
El rito actual simboliza a Cristo luz del mundo que, con su muerte y resurrección,
vence a las tinieblas del pecado. El oficio de lucernario consta, a su vez,
de bendición del fuego, bendición del cirio, procesión
y pregón pascual.
Domingo de Pascua de Resurrección
Toda la fe cristiana se fundamenta en la resurrección. La palabra pascua
quiere decir “paso”, “pasar”. La pascua de Jesús
no es otra cosa que celebrar el paso de Dios en medio nuestro. Celebrar la pascua
no es sólo recordar la Pascua de Jesús, sino decidir si queremos
o no que haya un paso salvador del Señor por nuestras vidas.
La resurrección de Cristo nos llama a la vida. Por el bautismo, la iglesia
nos llama a nuestra vida en Cristo. “Si hemos sido sepultados con él”,
dice Pablo a los Romanos, “también hemos resucitado con él”.
La resurrección de Cristo nos invita a una renovación personal.
Hoy damos gracias a Dios por su amor y por su triunfo sobre el pecado y le pedimos
que siga transformando nuestras vidas en la presencia de su Hijo Resucitado
entre nosotros.