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Atreverse, ser audaces y Hacer el bien es apasionante


Atreverse, ser audaces


Muchos padres se preguntan qué es lo más importante en educación. Cuál debe ser la prioridad, cuáles los valores o virtudes para transmitir a los hijos. Es tanta la información de que disponemos, tantas las cosas que tenemos que hacer, tantas las prisas que la mayoría de las veces la respuesta queda en blanco.

Difícilmente podremos plantearnos educar con eficacia y cierta garantía de éxito si no somos capaces de concretar y priorizar. Pienso que cualquier persona sensata antes de lanzarse a una empresa calibra los medios y objetivos y cada cierto tiempo se para a estudiar la situación y tomar las medidas oportunas para garantizar, en la medida de lo posible, el cumplimiento de la misión y los objetivos. Seguramente esa persona sensata acudirá a expertos que la puedan asesorar.

Estas ideas parecen una obviedad en el mundo empresarial y profesional, sin embargo ¿cuántos padres y madres actúan de tal manera en el ámbito de la familia a la hora de vivir bien su matrimonio o la educación de sus hijos?

Para educar correctamente a los hijos hace falta atreverse a hacerlo. Voy más allá, hace falta estar convencido y querer de verdad ser feliz. Lo fundamental para atreverse a educar es creer que es posible y estar dispuesto a intentarlo, junto a ello unas buenas dosis de optimismo, alegría y buen humor.

Hacer el bien es apasionante


Uno de los principales obstáculos para «vender» el bien es no saberlo hacer atractivo. Existe la opinión, bastante generalizada, de que basta con no hacer nada malo para ser bueno. De esta manera lo bueno aparece como algo aburrido o pesado y consiste básicamente en evitar los vicios. Incluso, en ocasiones, la maldad se disimula como debilidad y se hace risa y trivializa el mal.

Ningún ser vivo tiene la capacidad que tiene el hombre de hacer el bien o el mal. El actuar de los animales no puede calificarse moralmente, sus acciones se rigen exclusivamente por el instinto. Los seres humanos poseemos tendencias pero lo que define nuestra humanidad es precisamente la capacidad de elegir actuar en contra de estas cuando nos dañan.

Tanto en la educación de los hijos como en el actuar cotidiano debemos reivindicar la capacidad del ser humano de hacer el bien, así como la felicidad que supone. Lejos de identificar lo bueno con lo aburrido, lo negativo o el dolce far niente, hacer el bien supone una apasionante y positiva tarea.





 

Aníbal Cuevas
La felicidad de andar por casa
Gentileza de Fluvium.org
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