Relativismo y verdad
«¿Se puede ser objetivo?»
Por André Frossard
«Es una pregunta que se formula de vez en cuando a los candidatos a bachiller y que éstos, en general, tienen la prudencia de responder diciendo que si bien la objetividad es deseable, es desgraciadamente imposible.
Inmersos en un mundo cuya profunda naturaleza se nos escapa, tributarios de nuestros sentidos que a veces nos suministran informaciones dudosas , como ya observó Descartes con el ejemplo del palo que parece doblarse cuando se introduce en el agua, o el de las filas de casas que dan la sensación de que se juntan al final de la calle; prisioneros de la estructura de nuestro cerebro y de las categorías de nuestra inteligencia; formados o deformados por el medio ambiente, la educación, las plurales influencias que se ejercen con harta frecuencia, sin que nos demos cuenta, sobre nuestro juicio, a lo que se añade nuestra propensión a pintar las cosas del color que nos conviene y a no ver en ellas más que lo que nos gusta, todo viene a demostrar que la objetividad es un ideal inaccesible o, dicho más prosaicamente, una ilusión más.
En resumen, es tan imposible tener una visión objetiva del mundo como que un pez salga del agua para tomar una vista general del océano.»
Sin embargo, hay peces voladores. Y, ya más en serio, supone mostrarse notablemente objetivo el hecho de reconocer que uno no lo es.
Desde que nos hemos olvidado o renegado de nuestro origen, cometemos tantos errores sobre la inteligencia, que tan pronto sospechamos que deforma lo que contempla como que nos hace creer que conoce las cosas, siendo así que no se conoce más que a sí misma, y cuyo nombre sirve para designar lo mismo el genio de Pascal que la astucia de un político de barrio, la perspicacia del investigador de laboratorio que el talante respondón de la chiquilla mal educada.
Ahora bien, la inteligencia, como todo lo demás, procede del amor, y se puede afirmar de ella lo que san Pablo dijo de la caridad: que es paciente, que es servicial, que no busca su propio interés, que no se complace en ella misma, que es toda para todos, que su gloria depende de la humildad con que se practique. Nacida en nosotros de un deseo de la Palabra, está hecha para dialogar con la luz y ése es el diálogo que pretende reanudar cuando interroga al cielo y a la tierra, a los misterios de la vida, del espacio y del tiempo. Como toda ciencia, posee la objetividad por principio y el desapego de sí por regla, y se puede decir de ella, sin caer en la paradoja, que existe plenamente cuando no existe en absoluto, que es un puro espejo del otro porque ésa es su manera de amar.
No ignora la inteligencia ninguna de las desventajas antes enumeradas y que pueden obstaculizar el ejercicio de su libertad, pero la sorprendente facultad de emergencia que posee le permite descubrirlas y, por ende, superarlas. Sabe que sus débiles sentidos sacan muy pocos elementos del inmenso mar de energía que nos rodea, pero también sabe que le bastan y le sobran para indicarle el camino que conduce a la luz increada, principio y fin de su búsqueda; que no hallará descanso más que en Dios, y no en ninguna otra parte. Conoce igualmente que está encarnada, vinculada. al polvo de que estamos compuestos, que puede sufrir con este cuerpo del que depende, y pasar por las tinieblas cuando él pase por la cruz. Razón de más para no entenebrecerlo ella misma impidiéndole el paso hacia donde se le espera y para no encerrarlo en la lúgubre mazmorra del subjetivismo arrebatándole, al mismo tiempo, la inefable esperanza de eternidad que lleva dentro de sí el ser efímero en que consistimos.
La objetividad es, ciertamente, difícil, como también lo es la contemplación, y el desprendimiento, y la humildad. Pero si alguien os dice que es imposible, podéis estar seguros de que ese alguien nunca será capaz de hacer otra cosa que tejer una red de relaciones entre los objetos, por lo que deambulará sin amor, del mismo modo que la araña despliega sus hilos en un rincón del techo, y a esos tales, ¡dejadlos con sus moscas!
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El autor es comentarista político y articulista de prestigio internacional, miembro de la Academia Francesa. Fue educado en un ateísmo total. Encontró la fe a los veinte años. Cuenta su conversión en “Dios existe, yo me lo encontré” (Gran Premio de Literatura Católica en Francia, 1969, best-seller mundial, editada en español por Rialp).