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El sí mas grande


Entre la poesía auténtica y la realidad absoluta existe una unión mística. La verdad absoluta es poética. La poesía auténtica es verdadera. No es pues de extrañar que los pasajes de la Biblia en que se expresan las verdades más profundas y grandiosas, sean también los más poéticos. Por eso, las palabras que dice el propio Jesús tienen más relieve que el texto restante, como si estuvieran escritas con letras de oro. Es inevitable que la Verdad personificada sea el más grande de todos los poetas.

Hay sin embargo un pasaje en el Nuevo Testamento en el que una doncella, probablemente no mucho mayor de trece años, pronuncia palabras de la más sencilla y elevada poesía. En toda la literatura universal no existe ninguna escena comparable a ésta en belleza. Los más grandes de entre los pintores han intentado reproducirla una y otra vez.

Fue uno de los momentos de mayor trascendencia en la historia de la humanidad, el instante en que Dios asumió a la humanidad. Envió su ángel a una doncella. En calidad de pretendiente. El ángel cortejó y ella aceptó voluntariamente con humildad.

Fue el gran Sí de la humanidad a Dios, y sólo Dios sabe lo que habría sido de la humanidad sin este sí. Algo de este sí se halla implícito en la aceptación de todas las novias cristianas ante el altar. Algo de este sí está en todas las oraciones humanas. Es la entrega absoluta, la adhesión absoluta, la postura básica ideal del género humano ante Dios.

La primera madre de la humanidad había negado a Dios con su acto de desobediencia. Ahora una nueva Eva había restablecido el honor de todo lo femenino: por medio de un acto de obediencia.

Por medio de esta doncella se creó de nuevo, de forma nunca conocida, la unión entre el mundo divino y el humano. En forma pasiva. ¿Cómo podía ser de otro modo? No existe otro papel para el hombre ante Dios.

Dios es siempre el dador. El hombre siempre el receptor. Y María recibió.


Louis de Wohl
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