(CONTINUACIÓN)
5. Cuando el mundo se había enfriado, Dios llamó a una mujer visitandina en Paray-le- Monial y le enseñó un corazón, como aquel del árbol, pero éste vivo, y con una llaga ancha y profunda, chorreando sangre y coronado de espinas y en el terminal de la aorta una hoguera llameante. Y a la vista de ese corazón salido de su pecho, le dijo estas palabras: «Mira el corazón que tanto ha amado a los hombres y que a cambio sólo recibe de ellos, ofensas, injurias y pecados. ¿Quieres consolarlo tú?». Estas fueron las palabras del Corazón de Jesús a Santa Margarita María de Alacoque. El Vicario de Cristo encargó a la Compañía de Jesús con el Padre Claudio de Lacolombiere, director espiritual de la Santa, predicar y extender la devoción al Sagrado Corazón.
6. «Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» Mateo 11,25. Como los semitas, sitúa Jesús la fuente de la vida emotiva, afectiva y sentimental en el corazón. Y en el suyo vive la mansedumbre, contraria a la cólera y al frenesí y a la aspereza. Ha querido describir una antítesis entre la persona y actitud de los jefes religiosos de Israel y la suya propia, tan humana y humilde y misericordiosa. Vive también la humildad, contraria igualmente al modo de proceder altanero y soberbio de los fariseos que, se las sabían todas, y que juzgaban al pueblo, no ya como un menor de edad, sino como unos malditos: «Esos malditos que no conocen la ley» (Jn 7,49). Y su magisterio estaba lleno de soberbia, y no buscaba otra cosa que «la vanagloria de su sabiduría unos de otros» (Jn 5,44); de donde nacía el despotismo y las palabras ásperas e iracundas con que trataban a las gentes que no admitían sus mandatos y que iban por otros caminos, como Jesús, a quien odiaban porque no se sometía a sus interpretaciones y a su visión religiosa, que ellos creían infalible. Junto a este defectos pecaban de pormenizadores y minuciosos. «Que no es nada quisquillos mi Dios», decía la Santa de Ávila. «Colaban el mosquito y se tragaban el camello». Era un contrasentido su magisterio: «Están sentados en la cátedra de Moisés, pero no hagáis lo que ellos hacen» (Mt 23,3). Orgullosos y autosatisfechos de su ciencia, su rabinismo secaba el alma, quedaba en obras exteriores, era incapaz de entusiasmar. Por el contrario, aceptando el yugo del Señor, se hace ligera la carga y suave el yugo, porque el evangelio, promovido por el Espíritu Santo, es descanso del alma. Lo duro se ablanda, lo tieso se enternece, el amor todo lo allana. «Donde se ama, no se trabaja y si se trabaja, se ama el trabajo». El Espíritu de Jesús y del Padre lava lo que está manchado, pone paz donde hay guerra, hace humilde al soberbio, en fin llena a la persona del Espíritu de Cristo. Hay personas que piensan ser de Cristo, pero no tienen sus sentimientos de reconciliación y misericordia, amor y dulzura, paciencia y magnanimidad. A los tales, les dice San Pablo: «El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de él» (Rm 8,9).
7. Creo que es oportuno que nos preguntemos, si nuestra práctica religiosa, no ha decaído en el rabinismo, porque entonces tendríamos la explicación de la esterilidad de la comunidad cristiana, sobre todo, en cuanto a vocaciones de consagrados. Me da la impresión de que se ha hecho una religión tan lif, que ha perdido su mordiente y atractivo. Se ha relegado al Espíritu Santo a la sombra. La doctrina del Concilio y las Encíclicas de los Papas, sobre todo de Juan Pablo II, yacen empolvadas en los archivos y la doctrina primorosa, se predica en muy limitados círculos eclesiales. La delicadeza del amor de Cristo, la herida de su costado, las filigranas del amor, están demodés, y a todo lo que se aspira es a tener un neófito más: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que recorréis mares y tierras para hacer un prosélito y, cuando llega a serlo, lo hacéis hijo de la gehena dos veces más que vosotros» (Mt 23,15).
8. No podía ser de otra manera. Si Dios es amor, y Jesús es la encarnación del amor movido por el Espíritu Santo, que es el Amor personal de ambos, que los textos de la liturgia del Corazón de Jesús, no respirasen amor que dilata el corazón, y nos ambienta en el Espíritu y en su Ley de amor, que es la única que nos engrandece, y no las vanidades y los títulos. La dureza no cabe en el amor de Cristo, ni el espíritu de revancha, ni la llamada «placer de dioses», la venganza, la represalia, el desamor, la envidia, el odio, y el espíritu de carne del amor propio y del resentimiento. Claro que hay que luchar porque en nuestro interior hay dos fuerzas antagónicas que guerrean: la de la carne y la del Espíritu, como señala San Pablo: «La carne lucha contra el espíritu, y el espíritu contra la carne...Y las obras de la carne son manifiestas: fornicación, impureza, lujuria, idolatría, hechicería, enemistades, disputas, celos, iras, disensiones, divisiones, herejías, envidias, homicidios, embriagueces y otras cosas semejantes» (Gal 5,17).
7. También la 1ª carta de San Juan, que tras la afirmación maravillosa de «Dios es amor», que se manifestó en enviar a la cruz a su Hijo, y que el que ama es de Dios, y el que no ama, no ha conocido a Dios deduce de ese principio fundamental que nos debemos amar unos a otros. Cuando San Pablo le advierte a su discípulo Timoteo: «No impongas a nadie las manos sin la debida consideración, para no hacerte partícipe de los pecados ajenos» (1 Tim 5,23), se refería a que la predicación de la palabra y el gobierno de las almas necesita madurez, más que años, de experiencia de Cristo y de su amor, y larga labor y asidua del Espíritu Santo. En consonancia con estas experiencias, el P. Garrigou Lagrange aporta este refrán: «Los novicios, parecen santos, y no lo son. Los padres jóvenes, ni lo parecen, ni lo son». Refiriéndose a la visión plena del misterio de Cristo y a la maduración bajo la cción de su Dones y la donación de sus frutos. Y termina San Pablo diciendo en otro lugar: «Que no sea neófito, no sea que dominado por el orgullo venga a caer en la condenación del diablo» (1 Tim 3,5). ¡Cuántos se habrán apartado de la Iglesia por la poca preparación y madurez de los cristianos! ¡Y cuántos no han dado todo el rendimiento a la comunidad eclesial por la escasa humildad de los que se colocaron en primera línea, cuando debieron quedarse en la penumbra de la oración de principiantes, y se colocaron como Nicodemo como maestros de Israel, sirviendo sólo como herreros o devastadores y se metieron a tallistas sin tener preparación ni experiencia para ello, como dice San Juan de la Cruz en su Llama de amor viva!!
8. Y, como colofón de la doctrina del amor, que nos llena de esperanza filial, leemos hoy el salmo 102: «La misericordia del Señor dura siempre, no es voluble, hoy te quiero, ya no te quiero, porque es compasivo y misericordioso». Corazón de Jesús en Vos confío. En tu amor eterno. Amén.
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Por Jesús Marti Ballester - jmarti@ciberia.es
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