La solidaridad
El servicio a Cristo Rey
Se mantenían constantes
en la enseñanza de los apóstoles y en la comunión,
en la fracción del pan y en las oraciones (Hch 2, 42)
El término griego
koinonía (comunión) tiene un amplio significado en el Nuevo Testamento.
En este caso significa la participación en unos mismos bienes materiales,
dando vida a una fraternidad bien tangible. Esta participación se debía
al haberlo dejado todo por seguir a Cristo.
La pobreza está
muy relacionada con el discipulado: es su requisito fundamental. Para vivir
la vida del Señor –amar como Él a los demás- es necesario
el previo desprendimiento de todo: “Aún te falta una cosa: vende
todo cuanto tienes y repártelo entre los pobres, y tendrás un
tesoro en los cielos; luego, ven y sígueme” (Lc 18, 22).
Solidaridad (antigüedad)
En la primitiva Iglesia de Jerusalén los discípulos
vendían libremente todo lo que tenían, lo depositaban a
los pies de los Apóstoles y éstos lo distribuían
entre los hermanos. De este modo no había entre ellos quien
pasase necesidad.
Aquella antigua práctica cristiana ha sido leída
desde la moderna dicotomía entre colectivismo y capitalismo.
Este último ve en la propiedad privada el motor de la
economía; el primero en cambio la percibe como la raíz
de todas las injusticias. Son dos errores: la propiedad privada es
legítima, pero no tiene que ser la única base del
progreso; por otro lado, la negación de la propiedad privada
ha traído los problemas ya de sobra experimentados. Para el
cristiano lo fundamental es la solidaridad. Todo trabajo es un
servicio con su justa remuneración. Esta última no es
necesariamente egoísta.
Parece que este trabajo de los Apóstoles resultó
dificultoso, como lo demuestran otros hechos paralelos (cf. Hch 6,
1-6). Pasó entonces a los mismos discípulos el
discernir en conciencia lo que les correspondía a sí
mismos y lo que destinaban a la Iglesia y a los cristianos
indigentes. Así surgieron las diversas colectas.
Se ha visto el dejarlo todo como algo debido a la fuerte
conciencia escatológica que tenían los apóstoles
(cf. 2 Cor 6, 2; St 5, 2-3). Habrían pensado que como está
por llegar el Señor, no valdría la pena conservar nada.
La exégesis actual no es tan unívoca. Acepta la
interpretación anterior, pero relaciona también el
dejarlo todo con el mandato perenne del Señor: "Vended
vuestros bienes y dad limosna. Haceos bolsas que no se deterioran, un
tesoro inagotable en los cielos, donde no llega el ladrón, ni
la polilla corroe; porque donde esté vuestro tesoro, allí
también estará vuestro corazón" (Lc 12,
33-34; cf Mt 6, 20-21).
Desde el primer momento enseñó Jesús la
relación existente entre el dejarlo todo y el ser discípulo
suyo. No se trata de una mera exigencia externa. Se trata más
bien de un itinerario interior: para poder seguir al Señor en
el sentido de amar como Él, hay que romper con el egoísmo,
desprendiéndose de uno mismo. La pobreza está muy
relacionada con el discipulado: es su requisito fundamental. Para
vivir según la vida del Señor –amar como El a los
demás– es necesario el previo desprendimiento de todo:
"Aún te falta una cosa: vende todo cuanto tienes y
repártelo entre los pobres, y tendrás un tesoro en los
cielos; luego, ven y sígueme" (Lc 18, 22). Hay que
aborrecer la propia alma y asumir el designio del Padre en
Cristo.
Se opone a esta actitud fundamental "el mundo" (o "las
riquezas"), es decir, la tendencia a poner en la tierra la
meta definitiva de los propios anhelos. En el hombre hay una
inclinación casi instintiva a preocuparse por la
felicidad que él mismo puede darse, desinteresándose
por la felicidad que sólo Dios puede dar. Ese afán por
la felicidad de este mundo como si fuera la última proviene de
la codicia de la carne, de la codicia de los ojos y de la jactancia
de las riquezas (cf 1 Jn 2, 16). A Dios se le reconoce entonces el
ser sólo un medio, un instrumento de la propia felicidad
terrena, lo cual es un ultraje.
Servir a Dios o a las riquezas son servicios irreductibles,
incompatibles. Hay que elegir. La insidia de las tres codicias no
termina nunca. Siempre hay que combatirlas con la conversión y
el espíritu de penitencia, con el sacrificio personal,
especialmente con la austeridad y el desprendimiento.
El amor se corrompe seriamente en ese planteamiento egoísta.
Por amor solemos entender el puro bien de uno mismo; no pocas veces
se lo confunde con la búsqueda del mero sentir y el placer
consiguiente (eros en griego, amor concupiscentiae en latín).
En cambio, el amor cristiano es interés por el bien de los
demás (ágape en griego, amor benevolentiae en
latín). De este modo, el cristiano capta las necesidades de
los demás y se pone a su servicio; es útil a los demás.
Y todo ello es fuente de los más profundos y verdaderos
placeres. A este desprendimiento el Señor promete el
ciento por uno en esta vida y la herencia de la vida eterna (cf Mt
19, 29; Mc 10, 29-30; Lc 18, 28-30). Así amó Cristo;
así sirvió el Señor. Quien sirve como Jesús,
en realidad lo sirve a Él; le es útil en su obra
salvadora.
Los apóstoles consideraron una práctica esencial el
acordarse de los pobres. Al subir Pablo a Jerusalén con
Bernabé y Tito, a éste último no lo obligaron a
circuncidarse. En cambio, como recuerda el mismo San Pablo, "sólo
nos pidieron que nos acordáramos de los pobres, cosa que he
procurado cumplir" (Ga 2, 10; cf Rm 15, 25-28; 1 Co 16, 1-4; 2
Co 8-9; Hch 24, 17).
El servicio lleva al señorío, a la dignidad de la
realeza cristiana. El Señor –que es el verdaderamente
grande y el primero en la Iglesia– enseñó
claramente que "el que quiera llegar a ser grande entre
vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el
primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma
manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a
servir y a dar su vida como rescate por muchos" (Mt 20, 26-28).
Es verdad que el Salmo 2, al proclamar el poderío real del
Mesías, había dicho que a los reyes y príncipes
en rebeldía contra Dios y su Ungido, el Hijo de Dios los
habría de machacar con cetro de hierro y los pulverizaría
como vasija de barro (cf. Sal 2, 2.9).
Pero esa destrucción de la soberbia de los grandes tendría
lugar por la humillación del Mesías. Refiere Isaías
que el Dios de Israel dirá a su Siervo, "a aquel cuya
vida es despreciada y es abominado de las gentes, al esclavo de los
dominadores" que "veránlo reyes y se pondrán
en pie, príncipes y se postrarán" (Is 49, 7).
Es fácil dominar sobre los propios súbditos y
seguidores. Lo que es realmente difícil es imponerse a los
rebeldes y enemigos, que es el caso de todos nosotros; todos hemos
sido enemigos de Dios. (Cf. Rom 5, 10; ver 2 Co 5, 18-21). En su
infinita sabiduría Dios ha encontrado el camino: el de su
propia humildad, también infinita. Por eso la Cruz es el trono
del Señor. Desde ella establece el reinado de la humildad.
Solidaridad (actualidad)
Junto con la fe, una de las primeras exigencias para ser discípulo
de Jesús es dejarlo todo y darlo a los pobres. Es un
requerimiento que recae sobre cada cristiano, también sobre
los casados.
En la actualidad, la práctica del desprendimiento presenta
múltiples manifestaciones. Hay quienes –sacerdotes,
consagrados o laicos– lo dejan todo también en sentido
material, como aquellos primeros cristianos de Jerusalén.
En otros casos –y es lo más frecuente– se
practica la forma tradicionalísima de las colectas, ya sean
las habituales (durante la presentación de los dones en la
Misa), o bien las especiales (suscitadas por alguna necesidad
particular). No cabe pensar que las colectas u otras formas de
solidaridad sean maneras necesariamente imperfectas de practicar el
desprendimiento, frente a aquellas otras de sacerdotes, consagrados o
laicos, que lo han dejado todo también en sentido material,
las cuales parecerían formas perfectas. También a
través de las colectas se puede llegar a practicar un
desprendimiento total, como lo demuestra el episodio de la viuda
pobre junto a la sala del Tesoro en el Templo. De ella dijo el Señor:
"ha echado de lo que necesitaba todo cuanto poseía,
de todo lo que tenía para vivir" (Mc 12, 44).
Existen también otras formas de solidaridad que consisten
en el dar del propio tiempo, como por ejemplo el llamado "coser
para los pobres", llevado a cabo por tantas mujeres cristianas.
Recientemente se han desarrollado, ya sea en el ámbito
eclesial como también en el civil, las asociaciones de
voluntariado y de asistencia social. Su labor abarca diversos
sectores, que van desde la educación y la formación
hasta la recolección y distribución de alimentos, ropa
y medicamentos, pasando por el hacer compañía a los
pobres y a los que están solos, la construcción de
viviendas económicas, de dispensarios, de escuelas, etc.
Cada cristiano ha de tener al menos una forma concreta de
practicar el desprendimiento y la solidaridad. No puede considerar
esto como un complemento de sus propias cualidades. Se trata en
realidad de algo primordial, de algo que hace posible la vida
cristiana. La solidaridad no es una última piedra, sino una de
las primeras en la edificación de la propia vida cristiana.
Por eso es que, en el fondo, el mayor beneficiado de esos gestos de
solidaridad es el mismo que los practica.
El cristiano nunca da de lo que le sobra, porque en realidad él
no se siente propietario de nada, aunque lo sea legalmente. El ha
puesto todo a disposición de Jesús, sus bienes muebles
e inmuebles, porque hay que jugarse entero por Cristo. El cristiano
da gracias por todo lo que recibe de Dios y lo usa responsablemente
en bien de los suyos y de los demás.
A menos que esté impedido, el cristiano no puede vivir de
los demás. Es su primera obligación. Tiene el deber de
trabajar para no ser él gravoso a nadie, para poder mantener
dignamente a su familia y para poder ayudar a los que tienen
necesidad.
Las características del verdadero desprendimiento son: no
tener nada como propio, no tener nada superfluo, no quejarse cuando
falta lo necesario (Carta del Beato Josemaría Escrivá
de Balaguer). El hijo de Dios vive con una serena confianza en la
divina providencia; lo dijo Santo Tomás Moro antes de su
martirio: "Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que
El quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor"
(transmitido por Margaret Roper en una carta suya a Alice Alington).
Entonces, el hijo de Dios no tiene miedo a la escasez ni a la falta
de recursos; pide la eficacia económica del propio trabajo y
que no sea probado nunca con la miseria, indigencia extrema el
límite de la sobrevivencia.
El ser pobre es una gracia de Dios (cf Mt 19, 23-26). Sin embargo,
también es un deber personal. En el fondo, toda lucha contra
el propio egoísmo por medio del sacrificio personal, tiene su
eje en la pobreza y el desprendimiento. Todos los gustos que uno se
da a sí mismo cuestan plata. Lo expresa un dicho popular:
"todo gusto es un gasto". Siempre y cuando se entienda que
no todo gusto está movido por el egoísmo. Las buenas
acciones también suelen conllevar el correspondiente placer.
El interés por la austeridad personal lleva a una vida
realmente penitente y sacrificada.
El cristiano está llamado a hacer el bien a todos los
hombres, sin hacer distinciones. Es el signo más
característico de la filiación divina. "Habéis
oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás
a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por
los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre
celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre
justos e injustos" (Mt 5, 43-45).
La santidad cristiana tiene como modelo la perfección del
Padre. Lo dijo el Señor: "sed perfectos como es perfecto
vuestro Padre celestial" (Mt 5, 48). Al decir esto, Jesús
pensaba antes que nada en la apertura del Padre a todos los hombres.
Por eso sus discípulos no pueden limitarse a amar a quienes
los aman y a saludar sólo a sus hermanos, porque esto lo hace
cualquiera (cf Mt 5, 46s.).
La lucha del cristiano por alcanzar la santidad se dirige precisamente a hacer
realidad en su propia vida esta apertura del Padre a todos los hombres. Por
eso es que el combate que todo cristiano debe conducir contra sí mismo
ha de dirigirse a extirpar su egoísmo y su cerrazón.
Solidaridad (sentido)
Nuestro Señor continúa llevando a cabo en el tiempo
su misión salvífica. Insertado en la comunión de
vida eterna con Cristo resucitado, el cristiano participa de su
misión mesiánica.
Uno de los tres aspectos de esa misión es su carácter
de señorío y servicio. Servir es ser de utilidad a los
demás, satisfacer sus necesidades. Parece obvio que esta
actitud de solidaridad puede cuajar solamente en el alma de quien se
olvida de sí mismo. La preocupación y el interés
por uno mismo no dejan ver más que lo propio; hacen al hombre
insensible a las necesidades de los demás. No es extraño
por tanto que el Señor exija a sus discípulos esa
renuncia personal a todo lo propio, el dejarlo todo.
El señorío cristiano no es dominación ni
tiranía. Es sí poderío y capacidad de conquista
de los demás. Pero se trata de aquella fuerza que posee la
humildad, de ser capaz de derribar los muros de la soberbia humana, a
veces macizos e infranqueables. La humildad conquista y cautiva.
Por eso servir es reinar. Cristo reina sobre todo sirviendo.
Contemplando la misma encarnación del Hijo de Dios como
gesto de pobreza y de humildad, San Pablo exclamaba maravillado que
Cristo, "siendo de condición divina, no codició el
ser igual a Dios sino que se despojó de sí mismo
tomando condición de esclavo. Asumiendo semejanza humana y
apareciendo en su porte como hombre, se rebajó a sí
mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de
cruz" (Fil 2, 6-8).
El cristiano sirve con su vida cotidiana. De manera especial, es
importante concebir el propio quehacer laboral como un servicio.
Son múltiples las necesidades del prójimo: de
alimentación y de salud, de educación y de
cultura, de justicia y de concordia, de belleza y entretenimiento,
de seguridad y de defensa, etc. Y con todas estas necesidades están
en relación las diversas profesiones y oficios.
Una persona que se dedicaba a la actividad agroalimentaria decía
una vez: "yo no puedo pensar que todo lo que hago es sacarle el
dinero a los clientes por medios pacíficos; yo no le digo a la
gente que lo único que de ellos me interesa es su plata y que
por lo demás se pueden morir; me preocupa que la leche llegue
a los distribuidores puntualmente porque pienso en todos los chicos
que necesitan alimentarse por la mañana".
Todo trabajo exige la correspondiente remuneración.
Esta no invalida la razón de servicio.
Ya hay trabajos cuyos sacrificios no pueden ser pagados
equitativamente. Un policía que se juega la vida en su
actividad no puede ser compensado adecuadamente. Y lo mismo
podría decirse de tantas profesiones sacrificadas, como las de
médicos y enfermeras, las insalubres y todas aquellas que se
ejercen en horarios fuera de lo normal (ciertas actividades
periodísticas, las custodias nocturnas, la recolección
de desperdicios, etc.).
Sobre todo esa remuneración no es exigida por el solo
egoísmo; se requiere para sostener la propia familia, para
conservar y desarrollar los propios útiles de trabajo, para
mejorar la capacitación profesional, para acrecentar la propia
actividad de servicio.
Hasta ahora la doctrina social de la Iglesia se ha fijado sobre
todo en las relaciones entre patronos y obreros dentro de la misma
empresa. Parece necesario un nuevo desarrollo de esa misma doctrina,
que contemple más bien las relaciones entre la empresa y la
sociedad. Empobrece el sentido de la actividad económica
la afirmación corriente de que lo único capaz de
moverla es el afán de lucro o la llamada presencia en el
mercado. No es esto todo lo que puede pretender el hombre; y mucho
menos el cristiano.
Para poner de relieve la relación entre servicio y
conquista puede servir la experiencia de aquel eximio profesor
universitario.
Confiaba este intelectual a sus colaboradores que sus lecciones
las preparaba olvidándose en primer lugar de su propia
ciencia. Después pensaba en los alumnos que tendrían
más dificultades para entender el tema que se trataba de
explicar. A continuación trataba de imaginar cuál
habría de ser el camino que dichos alumnos deberían
recorrer en su inteligencia para captar el tema. El desarrollo de la
lección consistía precisamente en esta reflexión
que partía de la situación de los últimos. En su
experiencia, éstas habían sido sus lecciones más
brillantes, aquellas que le habían dado fama de sabio y mayor
prestigio entre colegas y estudiantes.
El olvido de uno mismo y de la propia brillantez no es una especie
de mutilación personal. El espíritu de servicio da un
señorío y una autoridad moral que nadie tiene
inconveniente en reconocer, porque no es humillante. Al contrario,
como decía uno de los alumnos de aquel profesor: "la
grandeza de este hombre está en que hace sentir inteligentes a
todos sus alumnos".
Pbro.
Dr. Raúl Lanzetti