VOCACIÓN: SUEÑO DE DIOS
Hay una pregunta que le quema en el alma a todo aquel que cree en Dios: si todo depende de Dios ¿qué importa lo que yo pueda hacer? El es el todopoderoso, el que ya tiene todo previsto de antemano en su proyecto eterno. ¿En qué puede interferir mi actuar tan contingente y provisorio en el tiempo?
Sobre todo, nosotros no sabemos si realmente lo que hacemos colabora con el proyecto de Dios. Y a veces estamos tentados de creer que muchas cosas buenas dependen verdaderamente de nuestras decisiones. La experiencia cotidiana nos confirma en esto.
Y así caminamos. Siempre tironeados entre lo que la claridad de la fe nos propone, y lo que engendra dudas en el caminar de cada día.
Me contaron algo que me gustaría compartir con ustedes.
Un hombre se adentró en el desierto a fin de luchar consigo mismo y de esta manera, poder encontrarse con Dios. La lucha fue larga. Hubo que vencer espejismos: de los de afuera y de los de adentro. Atravesó momentos de miedo al futuro y de nostalgia por el pasado. Días enteros se debatió contra las dudas. ¿Valía realmente la pena toda aquel esfuerzo? ¿No estaría autoengañándose a sí mismo, peleando contra sus propias ilusiones, buscando metas que no existían?
Pero Dios lo acompañaba en su lucha, y siempre encontraba motivos para amanecer. Finalmente, luego de muchos años, y cuando Dios quiso, llegó la paz. Para para él mismo, y para compartir con los otros. Porque simultáneamente comenzaron a lloverle los problemas de todos los demás, que acudían a él con sus dudas y preguntas. Precisamente porque lo veían con paz, no lo dejaban en paz.
Dios le regaló una mirada clara. Lograba ver las cosas con la mirada de Dios. Por eso venían a consultarlo. Le traían sus angustias y sus esperanzas, sus proyectos y sus miedos, y se llevaban una visión de verdad sobre sí mismos. Lograban intuir cuál era su papel en el sueño que Tata Dios tenía para ellos.
Pero no todos quedaban tan convencidos. Y hubo quien quiso ponerlo a prueba. Iría a proponerle una cuestión en la que se sentía dueño de la decisión a tomar, y con ello del futuro de lo que pensaba proponer.
Este personaje atrapó viva a una golondrina. Y con ella en la mano se dirigió a la morada del ermitaño. Al llegar allí escondió la mano en la que tenía atrapada la avecilla. Se la colocó debajo del poncho y oculta detrás de su espalda. Pensaba preguntarle al anciano si aquella golondrina estaba destinada a la vida o a la muerte. En el caso que éste respondiera que el ave viviría, él le aplastaría la cabeza y tirándola a sus pies le mostraría que estaba ya muerta. Y si por acaso respondiera que el ave moriría, entonces él la soltaría para que reemprendiera el vuelo en libertad, demostrando que se había equivocado.
Y así lo hizo. Dirigiéndose al anciano le preguntó:
- Maestro, esta golondrina que tengo en mi mano aquí detrás de mi espalda, ¿está destinada a morir o a seguir viviendo?
El anciano lo miró benévolamente, y sonriendo para sus adentros, se dedicó a continuar escribiendo en el suelo con un palito que tenía en la mano.
El hombre insistió en su pregunta, creyendo que el ermitaño estaba evadiéndose con el silencio. Y finalmente consiguió la respuesta, que llegó acompañada de la misma sonrisa benévola:
- Mirá mi hijo: que la golondrina esté viva, es un milagro de Dios. Que esté muerta, eso depende de vos.
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