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El superhombre en la literatura:
Crimen y Castigo



Ha habido, señala Ismail Kadaré, y continúa habiendo dos ideas radicalmente contrarias acerca de la literatura. Una, antigua, un tanto ingenua, creía que la literatura, como el resto de las artes, era capaz de producir milagros para el mundo; la otra idea, moderna, por consiguiente en modo alguno ingenua, que la literatura y el arte no sirven a nadie excepto a sí mismas. En estas dos ideas, la verdad y la no verdad se encuentran mezcladas. No obstante yo me inclino a creer en milagros.

La literatura, para bien o para mal, es capaz de cambiar la sociedad y de crear cultura. Algunos autores lo han hecho para bien y otros para mal. Os pongo dos ejemplos: Nietzsche y Dostoievski. Nietzsche nos expone en sus escritos la imagen del superhombre, la persona capaz de generar su propio sistema de valores identificando como bueno todo lo que procede de su genuina voluntad de poder. Pero Nietzsche no inventó demasiadas cosas. Cuando nace Nietzsche, el superhombre estaba en el ambiente. En 1865 había aparecido en la escena literaria rusa Rodian Raskolnikov, decidido a demostrar a hachazos su superhombría. En Crimen y castigo, Dostoievski nos lo presenta como un joven estudiante de Derecho obsesionado por demostrarse a sí mismo que pertenece a una clase de hombres superiores, dueños absolutos de su conducta, por encima de su obligación moral. Raskolnikov elige una definitiva prueba de superioridad: cometer fríamente un asesinato y conceder a esa acción la misma relevancia que se otorga a un estornudo o a un paseo. Dicho y hecho: una vieja usurera y su hermana caen bajo el hacha homicida.

Raskolnikov repite varias veces que tiene la conciencia tranquila, pero lo cierto es que su vida se va tornando desequilibrada, sufre episodios de enajenación mental y acaba confesando voluntariamente y en la cárcel. Sin embargo, su postura no ha cambiado: en ningún momento reconoce la inmoralidad de su doble asesinato. Su posición inamovible parece aproximarle al superhombre que quiere ser. Pero Dostoievski nos desengaña pronto: deja entrever que la conciencia de Raskolnikov estaba tranquila porque estaba estropeada. Tenía la tranquilidad de lo que está muerto o inservible y, por ello, la balanza moral había dejado de sopesar la magnitud moral de los actos.


(publicado el 04.03.2010)


 

Gentileza del blog «Saber esperar»
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