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Tener corazón


Madurez afectiva


(publicado en «Análisis Digital», www.analisisdigital.com, 22-IX-2008)

Según el diccionario, tener corazón equivale a tener ánimo, valor y temple, capacidad de compasión y franqueza, disposición a la magnanimidad, sensibilidad, generosidad. Podría resumirse: capacidad de manifestar el amor.

Pues bien, donde más se manifiesta el amor y el poder del amor de Dios es en la Cruz. Lo ha subrayado Benedicto XVI en la conmemoración de los 150 años de las apariciones de Lourdes. Y si es verdad que «amor con amor se paga», conviene plantearse cómo educar –comenzando por uno mismo– esa respuesta del amor, que implica de modo central los sentimientos y los afectos.

Hoy se habla mucho y se escribe sobre la afectividad, quizá como reacción a épocas anteriores en que estaba de moda –sobre todo entre los varones– disimular los sentimientos. Sin embargo, la afectividad es un aspecto esencial de la espiritualidad de la persona, y por tanto de la vida cristiana y eclesial («capacidad de sentir con la Iglesia»). Precisamente la más importante de las respuestas afectivas es el amor, que representa y sintetiza la madurez de los afectos. Y no olvidemos que en sentido bíblico el «corazón» no señala sólo a los afectos sino a la totalidad de la persona, prueba de la centralidad de esa esfera en la configuración de la personalidad.

En efecto, la profundidad y la plenitud de una persona dependen en gran parte de su capacidad afectiva (capacidad de amar: «tener corazón») y de la cualidad de su vida afectiva. Es decir, de su percepción de valores (lo que considera más o menos bello y valioso) y de su apertura a las necesidades de los demás. De ahí la importancia del arte (la literatura, la poesía, la música, etc.) en la educación.

Dejando aparte las enfermedades de la afectividad y que hay caracteres normales más o menos afectivos, puede decirse que la educación afectiva supone combatir algunas deformaciones.

Primero, las diversas formas de sentimentalismo, cuyas raíces pueden estar en la vanidad o la concupiscencia.

En segundo lugar, las atrofias de la afectividad: el intelectualismo, el pragmatismo y las variantes del voluntarismo (rigidez, estoicismo, etc.), que conducen a una autosupresión de la afectividad, a veces por un ideal religioso mal entendido.

Finalmente, lo que puede llamarse la falta de corazón o la falta de capacidad para los afectos (especialmente la ternura), que puede tener diversas causas: la inmoralidad, sobre todo por el orgullo y la concupiscencia (Caín, don Juan); la influencia de otras pasiones (la codicia, la avaricia, y particularmente el cinismo: desvergüenza en el mal); el esteticismo (quedarse contemplando «la belleza de un incendio» sin ocuparse de los heridos); una mentalidad idealista-totalitaria; la amargura existencial (el «corazón endurecido» por las decepciones).

Para educar la afectividad en una perspectiva cristiana, se pueden señalar tres pasos: superar la dureza de corazón (que nadie sea «indiferente»); purificar lo que aparta de Dios (el pecado); integrar en Cristo todos los valores y afectos.

En el fondo sólo la santidad, que supone buscar la unión cada vez más profunda con Cristo por medio de la contemplación y el hacerse «esclavo» de Dios (como María), libera del peligro de una afectividad desordenada, centrada en uno mismo. Sólo «en Cristo» la afectividad nunca puede ser demasiado intensa. A quien posee un corazón transformado por Cristo se le puede aplicar plenamente la frase de San Agustín: «ama y haz lo que quieras».

Como referencia fundamental para la educación cristiana, señaló Dietrich von Hildebrand: «En el Sagrado Corazón nos enfrentamos con el verdadero núcleo de la Santísima Humanidad de Cristo y, a través de ella, con el auténtico secreto del misterio de la Encarnación». Por eso en el Corazón de Jesús –abierto sobre la Cruz– está la fuente y el centro de la fe, de la esperanza y del amor.

Y en 1982 escribía Joseph Ratzinger: «Ese Corazón llama a nuestro corazón; nos invita a abandonar la vana búsqueda de la propia conservación y a encontrar, en el amor compartido y en la ofrenda de nuestra persona, en él y con él, la plenitud del amor, lo único que es eternidad y lo único que conserva el mundo».

 

Ramiro Pellitero, Instituto Superior de Ciencias Religiosas, Universidad de Navarra
www.iglesia.org

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