Seguirlo...

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Jesús, cada vez que aparece la llamada de un apóstol en el Evangelio, es una buena ocasión para acordarme de que yo también debo ser apóstol tuyo.

«ÉL SE LEVANTÓ Y LE SIGUIÓ.»

Hoy me pides que me vuelva a levantar, que salga de ese estado de tibieza -del «ir tirando» o «ir a medias» en el que me quedo cuando descuido la lucha por vivir, por aprovechar el tiempo, por hacer apostolado, por hacer una pequeña mortificación cada día.

Un medio crucial para mantenerme de pie en la lucha, para seguirte y seguirte de cerca, es el examen de conciencia.

«Avanzad siempre, hermanos míos. Examinaos cada día sinceramente, sin vanagloria, sin autocomplacencia, porque nadie hay dentro de ti que te obligue a sonrojarte o a jactarte. Examínate y no te contentes con lo que eres, si quieres llegar a lo que todavía no eres. Porque en cuanto te complaces en ti mismo, allí te detuviste. Si dices ¡basta!, estás perdido» (San Agustín).

Jesús, te acercas a Mateo no por casualidad, sino que ya habías pensado en él mucho antes para llamarle a ser uno de tus apóstoles.

A lo mejor Mateo no había pensado nunca en dejarlo todo por Ti, pero Tú habías pensado en él desde toda la eternidad, porque eres Dios y en Ti no hay pasado o futuro: todo es presente.

Y cuando piensas pedir algo a alguien, le das antes las gracias necesarias para que pueda responder.

Mateo estaba sentado en su mesa de recaudador de impuestos.

No era un trabajo bien considerado por algunos israelitas, porque era colaborar con la dominación romana, pero era un trabajo que proporcionaba una acomodada situación económica.

Se podría decir que Mateo «tenía la vida resuelta».

Mientras la muchedumbre te seguía porque acababas de hacer un milagro, Mateo estaba allí sentado, trabajando.

Y precisamente a él, al que no te estaba siguiendo, le vienes a buscar para llamarle.

Jesús, a lo mejor yo tampoco te seguía muy de cerca.

Pero sí me tomaba en serio mi trabajo, mi estudio.

A lo mejor tenía la vida más o menos «resuelta»: amigos, aficiones, trabajo, familia.

A lo mejor tenía novia o novio.

Y en estas circunstancias, apareces y me pides más: o incluso me pides que lo deje todo y te siga, como a Mateo.

¿Cómo voy a dejar todos esos amores terrenos, esos deseos e ilusiones buenas y nobles?

Jesús, sé que Tú me das la gracia necesaria para responder a lo que me pides.

Sé también que, respondiendo a esa llamada, seré más feliz que siguiendo mis propios intereses.

Ayúdame a responder siempre que sí a lo que me pidas.

 

Por Pablo Cardona - “Una cita con Dios”  - Ediciones Universidad de Navarra. S. A.
Gentileza del Boletín Ideas Claras
www.iglesia.org
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