Un buen cristiano se distingue por el hecho de que cree en Dios, de que confía; se distingue por el hecho de que conoce a Cristo, de que lo conoce cada vez mejor y presta oídos a él. Conocer significa leer la Biblia, hablar con Cristo, dejarse llamar por él, asemejarse a él. De ese modo, el cristiano se siente cada vez más apremiado a actuar socialmente, a comprometerse por otros como lo hizo Jesús, que curó a los hombres, llamó a sus discípulos, criticó a los poderosos, lanzó advertencias a los ricos y recibió a los extranjeros. Así se llega a ser un hombre que se siente sostenido e impulsado por Dios. En el momento de la muerte –y quiera Dios que así sea-, podrás decir: tú me sostienes, en ti estoy cobijado, tú me aceptas.
¿Qué distingue, según su visión, a un cristiano en la situación actual?
Un cristiano se distingue por su coraje, por el coraje que le viene de la fe. Sabe que Dios lo conduce y lo sostiene. Del mismo modo habla Dios a través de la boca de los otros. Por tanto, vale la pena escuchar también la opinión de otros. Los cristianos no tienen miedo al diálogo, buscan la cooperación con personas de ideas diferentes, con los buscadores y los descontentos. Junto con ellos y en competencia con ellos, los cristianos llevan al mundo luz, orientación, sanación, protección, paz y alegría de vivir. Las necesidades del mundo exigen y promueven la unión de los cristianos en el ecumenismo y en diálogo interreligioso.
¿Cómo ve usted las relaciones interreligiosas? ¿Cuáles son los objetivos de la misma?
El papa Benedicto XVI retomó la iniciativa de su predecesor, el diálogo interreligioso y la oración comunitaria en Asís, en la que han orado juntos no sólo las grandes religiones monoteístas, sino también budistas e hindúes. Fue un valiente movimiento de paz que provino de la hondura de los corazones. En el otoño de 2007, Benedicto XVI retomó el diálogo: representantes de máximo nivel del judaísmo, del Islam y del cristianismo aceptaron la invitación, al igual que el patriarca de Constantinopla y el arzobispo de Canterbury. Fue un encuentro de paz a nivel interreligioso e internacional. Esto es una fuente de esperanza en un mundo beligerante. (…)
Podemos conocer las sendas de la espiritualidad oriental, aunque tal vez no podamos entenderlas. No debemos imitar o mezclar con liviandad diferentes tradiciones. (…)
En última instancia, se trata de la pregunta: ¿quién enseña a nuestros jóvenes la fe? ¿quién les indica el camino hacia la paz, quién hace que su vida tenga claridad, quién los fortalece para el compromiso por la justicia?
Extraído de “Coloquios nocturnos en Jerusalén”
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