La Transfiguración del Señor
FIESTA: 6 DE AGOSTO
Jesús había anunciado a los suyos
la inminencia de su Pasión y los sufrimientos que había
de padecer a manos de los judíos y de los gentiles. Y los
exhortó a que le siguieran por el camino de la cruz y del
sacrificio (Mt 16, 24 ss). Pocos días después de estos
sucesos, que habían tenido lugar en la región de
Cesarea de Filipo, quiso confortar su fe, pues, -como enseña
Santo Tomás- para que una persona ande rectamente por un
camino es preciso que conozca antes, de algún modo el fin al
que se dirige: “como el arquero no lanza con acierto la saeta
si no mira primero al blanco al que la envía. Y esto es
necesario sobre todo cuando la vía es áspera y difícil
y el camino laborioso... Y por esto fue conveniente que manifestase a
sus discípulos la gloria de su claridad, que es los mismo que
transfigurarse, pues en esta claridad transfigurará a los
suyos” (Sto. Tomás, Suma teológica).
Nuestra vida es un camino hacia el Cielo. Pero
es una vía que pasa a través de la Cruz y del
sacrificio. Hasta el último momento habremos de luchar contra
corriente, y es posible que también llegue a nosotros la
tentación de querer hacer compatible la entrega que nos pide
el Señor con una vida fácil, como la de tantos que
viven con el pensamiento puesto exclusivamente en las cosas
materiales... “¡Pero no es así! El cristianismo no
puede dispensarse de la cruz: la vida cristiana no es posible sin el
peso fuerte y grande del deber... si tratásemos de quitarle
ésto a nuestra vida, nos crearíamos ilusiones y
debilitaríamos el cristianismo; lo habríamos
transformado en una interpretación muelle y cómoda de
la vida” (Pablo VI, Alocución 8-IV-1966). No es esa la
senda que indicó el Señor.
Los discípulos quedarían
profundamente desconcertados al presenciar los hechos de la Pasión.
Por eso, el Señor condujo a tres de ellos, precisamente a los
que debían acompañarle en su agonía de
Getsemaní, a la cima del monte Tabor para que contemplaran su
gloria. Allí se mostró “en la claridad soberana
que quiso fuese visible para estos tres hombres, reflejando lo
espiritual de una manera adecuada a la naturaleza humana. Pues,
rodeados todavía de la carne mortal, era imposible que
pudieran ver ni contemplar aquella inefable e inaccesible visión
de la misma divinidad, que está reservada en la vida eterna
para los limpios de corazón” (San León Magno,
Homilía sobre la transfiguración), la que nos aguarda
si procuramos ser fieles cada día.
También a nosotros quiere el Señor
confortarnos con la esperanza del Cielo que nos aguarda,
especialmente si alguna vez el camino se hace costoso y asoma el
desaliento. Pensar en lo que nos aguarda nos ayudará a ser
fuertes y a perseverar. No dejemos de traer a nuestra memoria el
lugar que nuestro Padre Dios nos tiene preparado y al que nos
encaminamos. Cada día que pasa nos acerca un poco más.
El paso del tiempo para el cristiano no es, en modo alguno, una
tragedia; acorta, por el contrario, el camino que hemos de recorrer
para el abrazo definitivo con Dios: el encuentro tanto tiempo
esperado.
Jesús tomó consigo a Pedro, a
Santiago y a Juan, y los llevó a un monte alto, y se
transfiguró ante ellos , de modo que su rostro se puso
resplandeciente como el sol y sus vestidos blancos como la luz.
En esto se le aparecieron Moisés y Elías hablando con
Él (Mt 17, 1-3). Esta visión produjo en los Apóstoles
una felicidad incontenible; Pedro la expresa con estas palabras:
Señor, ¡qué bien estamos aquí!; si quieres
haré aquí tres tiendas: una para Ti, otra para Moisés
y otra para Elías (Mt 17, 4). Estaba tan contento que ni
siquiera pensaba en sí mismo, ni en Santiago y Juan que le
acompañaban. San Marcos, que recoge la catequesis del mismo
San Pedro, añade que no sabía lo que decía (Mc
9, 6). Todavía estaba hablando cuando una nube resplandeciente
los cubrió con y una voz desde la nube dijo: Éste es mi
Hijo, el Amado, en quien tengo mis complacencias: escuchadle (Mt 17,
5).
El recuerdo de aquellos momentos junto al Señor
en el Tabor fueron sin duda de gran ayuda en tantas circunstancias
difíciles y dolorosas de la vida de los tres discípulos.
San Pedro lo recordará hasta el final de sus días. En
una de sus Cartas, dirigida a los primeros cristianos para
confortarlos en un momento de dura persecución, afirma que
ellos, los Apóstoles, no han dado a conocer a Jesucristo
siguiendo fábulas llenas de ingenio, sino porque hemos sido
testigos oculares de su majestad. En efecto Él fue honrado y
glorificado por Dios Padre, cuando la sublime gloria le dirigió
esta voz: Éste es mi Hijo, el Amado, en quien tengo mis
complacencias. Y esta voz, venida del cielo, la oímos nosotros
estando con Él en el monte santo (2 Pdr 1, 16-18). El Señor,
momentáneamente, dejó entrever su divinidad, y los
discípulos quedaron fuera de sí, llenos de una inmensa
dicha, que llevarían en su alma toda la vida. “La
transfiguración les revela a un Cristo que no se descubría
en la vida de cada día. Está ante ellos como Alguien en
quien se cumple la Alianza Antigua, y, sobre todo, como el Hijo
elegido del Eterno Padre al que es preciso prestar fe absoluta y
obediencia total” (Juan Pablo II, Homilía 27-II-1983),
al que debemos buscar todos los días de nuestra existencia
aquí en la tierra.
¿Qué será el Cielo que nos
espera, donde contemplaremos, si somos fieles, a Cristo glorioso, no
en un instante, sino en una eternidad sin fin?
Todavía estaba hablando, cuando una nube
resplandeciente los cubrió y una voz desde la nube dijo: Éste
es mi Hijo, el Amado, en quien tengo mis complacencias: escuchadle
(Mt 17, 5). ¡Tantas veces le hemos oído en la intimidad
de nuestro corazón!
El misterio que celebramos no sólo fue un
signo y anticipo de la glorificación de Cristo, sino también
de la nuestra, pues, como nos enseña San Pablo, el Espíritu
da testimonio junto con nuestro espíritu de que somos hijos de
Dios. Y si somos hijos también herederos: herederos de Dios,
coherederos de Cristo; con tal que padezcamos con Él, para ser
con Él también glorificados (Rom 8, 16-17). Y añade
el Apóstol: Porque estoy convencido de que los padecimientos
del tiempo presente no son comparables con la gloria futura que se ha
de manifestar en nosotros (Rom 8, 18). Cualquier pequeño o
gran sufrimiento que padezcamos por Cristo nada es si se mide con lo
que nos espera. El Señor bendice con la Cruz, y especialmente
cuando tiene dispuesto conceder bienes muy grandes. Si en alguna
ocasión nos hace gustar con más intensidad su Cruz, es
señal de que nos considera hijos predilectos. Pueden llegar el
dolor físico, humillaciones, fracasos, contradicciones
familiares... No es el momento entonces de quedarnos tristes, sino de
acudir al Señor y experimentar su amor paternal y su consuelo.
Nunca nos faltará su ayuda para convertir esos aparentes males
en grandes bienes para nuestra alma y para toda la Iglesia. “No
se lleva ya una cruz cualquiera, se descubre la Cruz de Cristo, con
el consuelo de que se encarga el Redentor de soportar el peso”
(J. Escrivá de Balaguer, “Amigos de Dios”). Él
es, Amigo inseparable, quien lleva lo duro y lo difícil. Sin
Él cualquier peso nos agobia.
Si nos mantenemos siempre cerca de Jesús,
nada nos hará verdaderamente daño: ni la ruina
económica, ni la cárcel, ni la enfermedad grave...,
mucho menos las pequeñas contradicciones diarias que tienden a
quitarnos la paz si no estamos alerta. El mismo San Pedro lo
recordaba a los primeros cristianos: ¿quién os hará
daño, si no pensáis más que en obrar bien? Pero
si sucede que padecéis algo por amor a la justicia, sois
bienaventurados (1Pdr 3, 13-14).
Pidamos a Nuestra Señora que sepamos
ofrecer con paz el dolor y la fatiga que cada día trae
consigo, con el pensamiento puesto en Jesús, que nos acompaña
en esta vida y que nos espera, glorioso al final del camino. Y cuando
llegue aquella hora en que se cierren mis ojos humanos, abridme
otros, Señor, otros más grandes para contemplar vuestra
faz inmensa. ¡Sea la muerte un mayor nacimiento! (J. Margall,
Canto espiritual), el comienzo de una vida sin fin.
«Aparte, a una alta montaña»
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Extracto del libro “Hablar con Dios”,
de Francisco Fernández-Carvajal
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