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La vida como «signo»,
como «sacramento» del amor de Dios
que se nos ha manifestado en Cristo

PRIMERA PARTE




1. El hombre es sacramental

Sacramento es una palabra que viene del latín «sacramentum» y significa «signo», «señal». Sacramento es, pues, algo que nos descubre, nos revela, nos manifiesta otra realidad que, de lo contrario, se nos quedaría oculta.

Por eso, podemos decir que el hombre es sacramental, tiene una estructura sacramental. En el ser humano hay todo un mundo íntimo, invisible, misterioso que se descubre, se desvela, se manifiesta a través del cuerpo. El hombre es miedo, amor, ternura, gozo, tristeza, proyectos, interrogantes, cansancio, debilidad, entusiasmo, pasión, solidaridad, lucha, esperanza...

Es todo un mundo de vida, de interioridad que se revela y se encarna hacia fuera a través de la corporalidad. Nuestro cuerpo es el gran sacramento, el medio de expresión que nos permite manifestarnos y comunicarnos con los demás. Las miradas, los gestos, las palabras, la sonrisa, el beso, los abrazos, los golpes, las manos, el rostro... el cuerpo entero nos permite "sacramentalizar", es decir, expresar y vivir todo lo que hay en nuestro interior. Gracias al cuerpo nos expresamos, nos realizamos, nos comunicamos, nos encontramos con los demás. Podemos decir que el hombre es sacramental, es algo interior, invisible, espiritual, que se expresa y se realiza en y a través de un cuerpo visible, sensible, palpable. El ser humano vive, crece, se realiza de manera sacramental.


2. La necesidad de sacramentalizar la vida

Precisamente, debido a su estructura sacramental, el ser humano siente la necesidad de "sacramentalizar" la vida. Y cuanto más profundamente se vive a sí mismo y más profundamente vive su relación con las personas y con las cosas, más hondamente siente esta necesidad de «sacramentalizar» su vida.

Los antropólogos dicen que el hombre se hace presente en el mundo a tres niveles: En un primer nivel, el ser humano se asoma al mundo como un extraño. Apenas conoce ni entiende nada. El hombre primitivo (o el niño actual) se admira ante las cosas y los fenómenos. Contempla todo con curiosidad, se asombra, teme, adora, venera. Es la primera actitud, la más primitiva y elemental, básica. En un segundo nivel, el hombre va dominando las cosas y los fenómenos. Los analiza, los controla, los trabaja, los domestica, los transforma, los organiza. Es el "homo faber" que desarrolla la ciencia, la técnica, el dominio del cosmos. Hay un tercer nivel, cuando el hombre se acerca a las cosas y a los hechos para darles un valor simbólico. Las cosas ya no son entonces meros objetos para ser contemplados o para ser trabajados y dominados. Se convierten en signos, señales, llamadas. Entonces las cosas y los hechos son portadores de un mensaje, de una vivencia. Adquieren un valor sacramental. Vamos a verlo de manera más concreta:

El hombre sacramentaliza de manera particular algunas cosas: todos los árboles pueden ser recuerdos de experiencias vividas bajo su sombra, pero aquel árbol del caserío tiene algo especial; todas las cocinas pueden ser evocadoras, pero la cocina de la casa donde uno nació guarda algo único.

El hombre sacramentaliza de manera particular algunos hechos: se toman muchas copas, pero es distinta la copa para celebrar un encuentro; se come todos los días, pero es diferente un banquete de bodas, una cena íntima...

El hombre sacramentaliza algunos momentos o fechas particulares: todos los días parecen iguales, pero es diferente el día del aniversario de bodas, el cumpleaños, la fiesta del pueblo, el día de una despedida, de un encuentro. El hombre sacramentaliza también algunas personas de manera muy especial: todas las personas pueden despertar nuestro amor o amistad, pero hay personas únicas: la novia, el abuelo, la madre, el amigo.

Es decir, el hombre no sólo es sacramental sino que va cargando de valor simbólico o sacramental el mundo en que vive. Va sacramentalizando su existencia y todas esas cosas, hechos, momentos, personas se convierten en pequeños o grandes «sacramentos» que evocan, alimentan y acrecientan su existencia.


3. Jesucristo, Sacramento de Dios

Para un creyente, el mundo entero se puede convertir en «sacramento» de Dios. Dios es misterio invisible e insondable, pero está en la raíz misma del mundo y de la vida. Y, por ello mismo, se puede anunciar, sugerir y manifestar a través de hechos, experiencias, fenómenos que nos pueden hablar de El. La creación entera se puede convertir en «señal» de Dios. De manera particular, las personas con su fuerza creadora, su inteligencia, su capacidad de amar, su libertad, su misterio son el mejor signo, la mejor señal que nos puede hablar de Dios.

Pero el cosmos está atravesado por el mal y los seres humanos están tocados por la malicia y el pecado. Para el cristiano, hay un hombre único, verdadero Sacramento de Dios, en el que Dios se nos ha manifestado y revelado como en ningún otro: Jesucristo. Por la Encarnación, el misterio insondable de Dios se nos ha manifestado de manera visible en Jesús. Dios es amor insondable, perdón, acogida, respeto, cariño, preocupación por los seres humanos. Pues bien, ese Dios invisible se nos manifiesta, se «sacramentaliza» en Jesús. En él «reside toda la plenitud de la divinidad corporalmente» (Col 2, 9). En él «se ha hecho visible la bondad de Dios y su amor a los hombres» (Tt 3, 4).

El cuerpo de Jesús, sus gestos, sus palabras, sus abrazos a los niños, su bendición, su perdón, sus curaciones, su acogida, sus manos, su cercanía a los necesitados, su entrega hasta la muerte, todo él es Sacramento de Dios. En Jesucristo se expresa y se hace presente de manera eficaz el amor de Dios a los hombres. Jesucristo es el gran Sacramento de Dios, el primer Sacramento de Dios. Estando Jesús presente no hace falta ningún sacramento. El que se encuentra con ese hombre se encuentra con Dios. El que se pone en contacto con Jesús se pone en contacto con Dios. El que escucha de sus labios el perdón, es perdonado por Dios. El que es curado por Jesús queda sanado por Dios. Los hombres pueden encontrarse con el Dios invisible a través de la humanidad de Jesús que es su gran Sacramento.


4. La Iglesia, sacramento de Jesucristo

Por la resurrección, Jesucristo desaparece del horizonte visible de nuestra vida y queda sustraído del plano visible, sensible en el que nosotros nos movemos. Ya no nos podemos encontrar directamente con el Cuerpo de Jesús. Quedamos, de alguna manera, privados de ese gran Sacramento de Dios que es Jesús.

Pero, incluso después de la muerte y resurrección de Jesús, no se pierde la dimensión sacramental en el encuentro con Dios. Respetando la estructura sacramental del hombre profundamente ligado al cuerpo y al mundo de lo sensible, Dios continúa ahora ofreciéndose de manera sacramental a través de la Iglesia.

La Iglesia es ahora «el Cuerpo de Cristo», la comunidad que le da cuerpo a Jesucristo, la comunidad donde se ofrece Jesucristo a través de gestos visibles, sensibles, captables. En esta comunidad llena de mediocridad, debilidad y pecado se realiza, sin embargo, algo decisivo: la presencia sacramental de Jesucristo. Podemos decir que la Iglesia entera, en su totalidad, es sacramento de Jesucristo. En la Iglesia Cristo se hace presente de manera sacramental en medio de los hombres. Todo en la Iglesia tiene una dimensión sacramental: las personas que formamos esta comunidad, los evangelios que se proclaman entre nosotros, los gestos cristianos que realizamos, el amor a los necesitados, la oración de los creyentes, los ritos sagrados, los símbolos. Todo lo que hacemos y vivimos desde la fe puede sacramentalizar y hacer presente a Jesucristo nuestro Salvador.


5. Los siete sacramentos

Todo en la Iglesia es sacramental, pero hay acciones y gestos donde ese carácter sacramental adquiere una densidad particular. De la misma manera que todo puede ser signo de amor entre los esposos, pero el abrazo conyugal sacramentaliza de manera más eficaz e intensa su amor.

Hasta el siglo XII se empleaba la palabra «sacramento» para designar a muchos gestos y acciones eclesiales. San Agustín cuenta hasta 304 «sacramentos». A partir del siglo XII, se hace un esfuerzo de selección para delimitar los gestos sacramentales más nucleares. Por fin, el Concilio de Trento define los siete sacramentos no de manera arbitraria sino articulándolos en torno a los ejes fundamentales de la vida o los momentos claves de la vida cristiana.

Los sacramentos son, por lo tanto, la concreción y actualización de lo que es la Iglesia: sacramento de Cristo, el cual es, a su vez, Sacramento de Dios. Cuando celebramos o vivimos un sacramento, realizamos un gesto humano al que le damos sentido desde la fe; realizamos ese gesto no de manera privada a nuestro arbitrio, sino de manera eclesial, dentro de la Iglesia sacramento de Jesucristo; y así nos encontramos con Cristo que es el gran Sacramento que nos lleva al encuentro con Dios. Por lo tanto, lo primero es realizar un gesto humano que encierra una fuerza expresiva importante: una comida (Eucaristía), un gesto de perdón (Penitencia), una entrega mutua de dos personas (Matrimonio).

En segundo lugar, ese gesto humano tiene sentido cuando es vivido desde la fe. Los sacramentos suponen fe. Sin la fe, el sacramento no dice nada, no habla nada. Los sacramentos realizados sin fe se convierten en ceremonias vacías, ritos sociales, gestos ridículos.

En tercer lugar, ese gesto vivido desde la fe no es algo individual o privado, ni siquiera de un grupo particular. Cada sacramento es una toma de contacto, una inserción en la Iglesia, un gesto eclesial, pues sólo la gran comunidad eclesial es el sacramento de Jesucristo.

En cuarto lugar, esos sacramentos no son ritos muertos sino gestos de encuentro personal con Cristo que es el gran Sacramento que nos lleva a Dios. Cada sacramento según su modalidad nos pone en contacto con Jesucristo y por medio de él con Dios. Es Cristo el que perdona, Cristo el que alimenta, Cristo el que une en el amor.

(publicado en www.mercaba.org)


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Por José Antonio Pagola
Gentileza de www.encuentra.com
www.iglesia.org


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